archivo

La conversión de la palabra “archivo” en el concepto de “archivo” se dio de manera inevitable cuando empecé a leer a Foucault y Deleuze, hace ya un par de décadas. Un archivo no significaba nada especial para mí: era un simple documento o el lugar donde acopiarlo. Con el tiempo, la noción ha cambiado en mi cabeza.

Un archivo es un documento previamente guardado o registrado de alguna manera. Sin esa condición previa de haber sido depositado o enlistado, un documento no puede llegar a ser archivo. Un archivo siempre tiene cierto carácter histórico, oficial o burocrático. Lo que Foucault hace es “abrir” los archivos e investigar el mecanismo con que fueron guardados y enlistados, sin dejarse atraer por la jerarquía, la autoridad o la ilusión de continuidad. Prefiere el archivo a la “obra” o el “libro”. El archivo no tiene autor aún cuando una autoridad lo ha clasificado.

|| 2. Mis archivos, mis adorados archivos. Archivo casi cualquier papel escrito por mí o por otros. Casi todo puede ser potencialmente leído o visto otra vez. Después de pasar en limpio las notas tomadas en una servilleta o en una tarjeta insisto en guardar la servilleta. El hecho se acentúa con la digitalización: siento temor de que un día todas las ideas u ocurrencias que he tenido, mis bocetos o manuscritos, aforismos, enumeraciones, diagramas, sea reducido a un simple (¿y por qué no decirlo: maldito, demoníaco?) cd-rom. Guardo revistas completas de las que disfruté sólo un párrafo, postales que nunca he enviado o enviaré, invitaciones a exposiciones de fotografía, temarios escolares, hojas técnicas, instructivos, tarjetas de presentación… ¡joder!, algún día tengo que hacer algo con todo eso.

|| 3. La primera acepción puede aplicarse perfectamente a la definición computacional de “archivo”. Para que un archivo exista en un sistema operativo y deje de ser un simple documento o conjunto de datos tiene que tener un nombre, una fecha de creación y estar depositado o guardado en la memoria del equipo. Para que un archivo deje de existir en el mundo digital basta con borrarlo del index o índice, así el sistema da por hecho que puede ocupar el espacio físico con un nuevo archivo. Los datos siguen ahí hasta que sean sobrescritos, o mejor dicho, hasta que el orden de los bits sea reacomodado de otra forma. En el mundo digital, los bits no se destruyen, solo se recombinan. En cambio, en el mundo analógico si se quiere que un archivo deje de existir hay que destruirlo, no basta con sacarlo de nuestros listados. Lo mejor en esos casos —según tiene a bien ilustrarnos la literatura y el cine— es quemar completamente el archivo en una chimenea (y esperar a verlo hecho cenizas, cosa que no hacen los villanos, por eso los atrapan).