Creo en la mujer

Creo en la mujer porque es ella la que es el ser humano a secas. Los mitos desconocen lo que la biología y ciencia cuentan: primero mujer, luego costilla, finalmente un hombre. Es un secreto a voces en los laboratorios mas sofisticados: los hombres somos un recurso genético y evolutivo de fines muy precisos. La testosterona nos ha llevado demasiado lejos. Pregúntenle a la luna que conoció nuestro ego.

Maldito sea ese mito y esa Eva creados por quién sabe qué demonio hombre. Es la mujer la perfecta, la que —si dios hay— dios creó a imagen y semejanza. Creo que tal vez dios mismo se hizo mujer para acompañar a ese hombre tan frágil e imperfecto que había malogrado. Es ella la de los orgasmos religiosos y la naturaleza implícita. Es ella la que hizo de una tribu una familia, de cualquier hombre o mujer, un hijo, una hija.

Propongo una nueva religión que la reconozca como nuestra única diosa. Una religión que diga “dios está entre nosotros y es la mujer, la de todos los días”.

Creo en la mujer creadora de todo ser humano sobre la tierra; creo en la fuerza invisible que emana de su ser madre, tierra, y madre tierra; creo en la verdad innegable de su ternura y calor incubador de suspiros y penas; creo en sus orgasmos como la demostración científica de que el cielo existe y se asoma en su respiración suspendida y levitación acérrima; creo en su presencia que todo lo llena y cambia por ella: habitación desnuda, cama y almohada, cuna y parto, campo urbano y calle a medio pasto, corazón partido y pulmón maltrecho, atardeceres por la mañana, velas, barcos y locos, ensueños infantiles y escuelas pasajeras.

Creo en sus curas milagrosas que levantan muertos y duermen niños; creo en su mirada clara que todo lo observa, que todo lo convierte en contemplación y tiempo; creo en sus senos, pequeños, grandes o casi nulos pero siempre llenos de nieve cálida y nubes etéreas; creo en su vientre, origen del mundo, destino de mi vida, bebida de mi boca impía; creo en sus labios que me han dicho lo que no quería, que me han preguntado lo que no sabía, y sin embargo, me han hecho sabio y feliz todos los días.

Sí, mujer, creo en tí y quiero con toda la voluntad que tú misma me has enseñado, que creas tú en tí. Borremos la palabra dios de los diccionarios y dejemos solo diosa, mujer o creadora.

Sólo una religión es posible: eres tú mujer la única creadora de todo ser humano sobre la tierra.

- (Autor: @adolforismos)

Es cuando necesitamos una palabra

Es cuando necesitamos una palabra, un silencio, un pensamiento o una paloma, que nos traigan una tempestad, una nueva dirección en nuestro mundo. Nietzsche lo dice mejor que yo en el famoso Zaratustra: «Las pa­labras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensa­mientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo.»
El lenguaje de las palomas

El perro de Cantor

El amor que se puede llegar a tener por otro ser humano es infinito. A los hijos, por ejemplo, se dice que se les ama infinitamente.

Confundidos, hay quienes se preguntan, con insistencia crítica, recelosa incluso, cómo es posible el uso de la palabra amor por aquellos que amamos a los animales –perros, mascotas.

A veces incluso parece que nos ven como si los amantes de los animales fuéramos traidores a la especie humana, como si nos hubiéramos pasado al bando opuesto de la carrera evolutiva.

En realidad es muy sencillo de explicar. El amor por otro humano –un hijo, por ejemplo– es infinito. El amor por un animal –mi perro, por ejemplo– es sólo el uno por ciento de ese infinito (poniéndonos mezquinos).

El asunto es que el uno por ciento del infinito sigue siendo infinito. Un infinito más grande que el otro, pero infinitos al fin y al cabo.

traficantes de tiempo

día a día pueden verse diferentes nuevos servicios, plataformas o apps para tan diferentes usos y propósitos que solo me hacen pensar en el tiempo limitado que un usuario, consumidor o una audiencia pueden tener para siquiera conocer la oferta presentada, ya no digamos dedicarle un poco de atención o probarla. llegar a los early adopters, heavy users, entusiastas o reseñistas (explícitos o no) de cada canal, producto o ventana, es muy importante para cualquier marca.

por ejemplo, hay tantas causas sociales muy relevantes a nivel mundial y de afectación local, que con un mínimo de apoyo o donativos pueden cambiar. sin embargo, son estrategias como el ice bucket challenge las que logran que una audiencia les dedique parte de tiempo que ya dedica de por sí a redes sociales. esto nos dice que el valor o relevancia del producto o mensaje es menos importante que su la mercadotecnia que lo circunda.

lo que debe quedar claro para cualquiera es la regla de oro para la oferta de productos, servicios o contenidos: el tiempo de lo usuarios, consumidores o la audiencia no se crea ni se destruye, solo cambia de canal.

nadie va a gastar más dinero o tiempo del que gasta en tu producto, servicio o contenido. a lo que puedes aspirar es a una participación de ese tiempo o dinero limitado. ya sea que lo consigas del canal, mercado o ventana correspondiente o de otro.

divago, solo divago.

Una bitácora, un lago (nuevamente)

En el sentido más puro del término, esto es, un pequeño espacio de escritura para llevar registro de lecturas, notas, apuntes, ideas, citas, ligas, recortes, divagaciones y delirios.

Y que mejor que nombrarle “adolforismos”, como mi cuenta de twitter, porque en realidad esta es una extensión de ese sistema de publicación, más centrado en la intención que en la extensión. Para textos y formas extensas, incluso podcast, está mi sitio web adolforamirez.com.

Siento que extrañaba este escribir. La verdad es que mi sitio personal, ya sea por la forma de sus contenidos (entre los microensayos, artículos y podcast), o por ser una referencia profesional, dejó de ser un lugar cómodo para llevar una bitácora, breve e informal.

Twitter tiene lo suyo, pero le faltan dos cosas que espero cubrir aquí. La obvia es más libertad en la extensión. La otra es que twitter es un río y a veces requiero de un lago.

Veremos.

La maldición del mono infinito

Escribo esto en un café, directamente en la tableta electrónica. Ya lo he hecho antes, pero es la primera vez que lo hago sin un teclado externo. Escribir en la pantalla, una vez superando algunas cuestiones técnicas es relativamente práctico. Una experiencia distinta. Tal vez la escritura es diferente. Una gran ventaja que no hay que subestimar es la posibilidad de hacerlo sin necesidad de estar en un escritorio. Esto cambia no sólo por cuestiones técnicas y funcionales sino por el contexto que rodea a la escritura y el grado de formalidad de la misma.

Esto es, sentarse en un escritorio, mesa y teclado conlleva cierta formalidad ritual diferente a hacerlo en la tableta. En la tableta me siento mas en contacto directo con el flujo de lo que escribo. En ese sentido no sé si el tono, la voz, el timbre cambian. Como cuando uno escribe en cualquier sistema de mensajería a diferencia de un email o incluso mentalizarse para escribir una carta.

¿Es posible escribir un texto mas largo en este aparato? ¿O en su defecto, mas que la extensión (ya que he escrito cosas largas aquí), contenidos mas intensos, mas desarrollados?

Esto me lleva a otra reflexión. ¿Por qué no publicar inmediatamente entonces, como en los viejos tiempos? Escribía, sentía que algo valía la pena compartirlo aunque no fuera un Shakespeare, y lo publicaba. Los tiempos han cambiado, sin duda. Creo que tal vez nos pusimos demasiado serios con los blogs.

Y con cierta razón: publicar se volvió demasiado fácil en la era de las redes sociales.

Dejamos de jugar a escribir y conversar a distancia para jugar a hacer revistas o columnas o editoriales. El juego cambió de tono.

Es como cuando de niños nos divertíamos como locos con un balón todo deformado y nada más, para luego ponernos serios con las marcas, los uniformes, la medida oficial del campo, los zapatos con tecnología de punta porque si no ya no juego que el futbol es cosa seria.

Parte del juego, cuando los blogs empezaban, era poder escribir y publicar sin intermediarios, jugar a ser escritores y editores. Soñábamos con un mundo en el que todos tuviéramos un blog y compartiéramos nuestras cosas. Yo mismo animaba a todo mundo a escribir y compartir. Y claro, ahora el deseo de que todos nos convertamos en escritores y editores se ha vuelto una pesadilla.

O quizás no una pesadilla, pero sí un futuro que no consideramos: hay demasiado texto allá afuera.

Es como si el teorema del mono infinito se hubiera hecho realidad. Éste plantea que un mono tecleando aleatoriamente texto en una máquina de escribir, eventualmente produciría un Shakespeare. Por supuesto que para llegar a la gran obra literaria antes tendría que producir muchísima basura. Y he ahí la pesadilla. En la era de las redes sociales el mono infinito somos nosotros, todos en internet produciendo basura esperando que surja un Shakespeare.

Y es que desde el punto de vista de los lectores, aquellos que buscamos algo más que chistes, fotos o videos de perritos y gatitos, encontrar textos significativos entre todo lo que produce el mono se ha vuelto una hazaña.

Y claro que podemos hablar de distribución, curaduría, editores, sistemas de calificación y demás, pero todo ello solo suma al argumento porque esos metadatos o metainformación no son sino mas textos. Hemos puesto a otro mono a revisar lo que produce el primero. Nuevo teorema: un mono reseñando al infinito todo lo que otro mono teclea al infinito tarde o temprano descubrirá un Shakespeare.

De ahí que en el acto de publicar, al menos para algunos como el que escribe, se subraye mas el viejo proverbio árabe de si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor cállate.

O actualizado, si lo que vas a publicar no es más bello que un mundo sin Facebook, mejor no le des click al botón de publicar.

Por eso escribir y publicar en la web se ha vuelto un poco serio: hemos dejado a los jugadores de ocasión en las redes sociales. Tal vez como bloguero o bitacorero (¿cómo les llamábamos?) nunca llegue a escribir un Shakespeare, pero por lo menos siento que tengo que cuidar un poco más lo que publico.

En fin, que casi respondo la pregunta en el planteamiento. Estoy escribiendo un texto suficientemente largo como para publicarlo y compartirlo. Y claro, seguir el camino del mono infinito. Así las cosas.