traficantes de tiempo

día a día pueden verse diferentes nuevos servicios, plataformas o apps para tan diferentes usos y propósitos que solo me hacen pensar en el tiempo limitado que un usuario, consumidor o una audiencia pueden tener para siquiera conocer la oferta presentada, ya no digamos dedicarle un poco de atención o probarla. llegar a los early adopters, heavy users, entusiastas o reseñistas (explícitos o no) de cada canal, producto o ventana, es muy importante para cualquier marca.

por ejemplo, hay tantas causas sociales muy relevantes a nivel mundial y de afectación local, que con un mínimo de apoyo o donativos pueden cambiar. sin embargo, son estrategias como el ice bucket challenge las que logran que una audiencia les dedique parte de tiempo que ya dedica de por sí a redes sociales. esto nos dice que el valor o relevancia del producto o mensaje es menos importante que su la mercadotecnia que lo circunda.

lo que debe quedar claro para cualquiera es la regla de oro para la oferta de productos, servicios o contenidos: el tiempo de lo usuarios, consumidores o la audiencia no se crea ni se destruye, solo cambia de canal.

nadie va a gastar más dinero o tiempo del que gasta en tu producto, servicio o contenido. a lo que puedes aspirar es a una participación de ese tiempo o dinero limitado. ya sea que lo consigas del canal, mercado o ventana correspondiente o de otro.

divago, solo divago.

Una bitácora, un lago (nuevamente)

En el sentido más puro del término, esto es, un pequeño espacio de escritura para llevar registro de lecturas, notas, apuntes, ideas, citas, ligas, recortes, divagaciones y delirios.

Y que mejor que nombrarle “adolforismos”, como mi cuenta de twitter, porque en realidad esta es una extensión de ese sistema de publicación, más centrado en la intención que en la extensión. Para textos y formas extensas, incluso podcast, está mi sitio web adolforamirez.com.

Siento que extrañaba este escribir. La verdad es que mi sitio personal, ya sea por la forma de sus contenidos (entre los microensayos, artículos y podcast), o por ser una referencia profesional, dejó de ser un lugar cómodo para llevar una bitácora, breve e informal.

Twitter tiene lo suyo, pero le faltan dos cosas que espero cubrir aquí. La obvia es más libertad en la extensión. La otra es que twitter es un río y a veces requiero de un lago.

Veremos.

La maldición del mono infinito

Escribo esto en un café, directamente en la tableta electrónica. Ya lo he hecho antes, pero es la primera vez que lo hago sin un teclado externo. Escribir en la pantalla, una vez superando algunas cuestiones técnicas es relativamente práctico. Una experiencia distinta. Tal vez la escritura es diferente. Una gran ventaja que no hay que subestimar es la posibilidad de hacerlo sin necesidad de estar en un escritorio. Esto cambia no sólo por cuestiones técnicas y funcionales sino por el contexto que rodea a la escritura y el grado de formalidad de la misma.

Esto es, sentarse en un escritorio, mesa y teclado conlleva cierta formalidad ritual diferente a hacerlo en la tableta. En la tableta me siento mas en contacto directo con el flujo de lo que escribo. En ese sentido no sé si el tono, la voz, el timbre cambian. Como cuando uno escribe en cualquier sistema de mensajería a diferencia de un email o incluso mentalizarse para escribir una carta.

¿Es posible escribir un texto mas largo en este aparato? ¿O en su defecto, mas que la extensión (ya que he escrito cosas largas aquí), contenidos mas intensos, mas desarrollados?

Esto me lleva a otra reflexión. ¿Por qué no publicar inmediatamente entonces, como en los viejos tiempos? Escribía, sentía que algo valía la pena compartirlo aunque no fuera un Shakespeare, y lo publicaba. Los tiempos han cambiado, sin duda. Creo que tal vez nos pusimos demasiado serios con los blogs.

Y con cierta razón: publicar se volvió demasiado fácil en la era de las redes sociales.

Dejamos de jugar a escribir y conversar a distancia para jugar a hacer revistas o columnas o editoriales. El juego cambió de tono.

Es como cuando de niños nos divertíamos como locos con un balón todo deformado y nada más, para luego ponernos serios con las marcas, los uniformes, la medida oficial del campo, los zapatos con tecnología de punta porque si no ya no juego que el futbol es cosa seria.

Parte del juego, cuando los blogs empezaban, era poder escribir y publicar sin intermediarios, jugar a ser escritores y editores. Soñábamos con un mundo en el que todos tuviéramos un blog y compartiéramos nuestras cosas. Yo mismo animaba a todo mundo a escribir y compartir. Y claro, ahora el deseo de que todos nos convertamos en escritores y editores se ha vuelto una pesadilla.

O quizás no una pesadilla, pero sí un futuro que no consideramos: hay demasiado texto allá afuera.

Es como si el teorema del mono infinito se hubiera hecho realidad. Éste plantea que un mono tecleando aleatoriamente texto en una máquina de escribir, eventualmente produciría un Shakespeare. Por supuesto que para llegar a la gran obra literaria antes tendría que producir muchísima basura. Y he ahí la pesadilla. En la era de las redes sociales el mono infinito somos nosotros, todos en internet produciendo basura esperando que surja un Shakespeare.

Y es que desde el punto de vista de los lectores, aquellos que buscamos algo más que chistes, fotos o videos de perritos y gatitos, encontrar textos significativos entre todo lo que produce el mono se ha vuelto una hazaña.

Y claro que podemos hablar de distribución, curaduría, editores, sistemas de calificación y demás, pero todo ello solo suma al argumento porque esos metadatos o metainformación no son sino mas textos. Hemos puesto a otro mono a revisar lo que produce el primero. Nuevo teorema: un mono reseñando al infinito todo lo que otro mono teclea al infinito tarde o temprano descubrirá un Shakespeare.

De ahí que en el acto de publicar, al menos para algunos como el que escribe, se subraye mas el viejo proverbio árabe de si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor cállate.

O actualizado, si lo que vas a publicar no es más bello que un mundo sin Facebook, mejor no le des click al botón de publicar.

Por eso escribir y publicar en la web se ha vuelto un poco serio: hemos dejado a los jugadores de ocasión en las redes sociales. Tal vez como bloguero o bitacorero (¿cómo les llamábamos?) nunca llegue a escribir un Shakespeare, pero por lo menos siento que tengo que cuidar un poco más lo que publico.

En fin, que casi respondo la pregunta en el planteamiento. Estoy escribiendo un texto suficientemente largo como para publicarlo y compartirlo. Y claro, seguir el camino del mono infinito. Así las cosas.

Las pérdidas de Lázaro y Kisa

Jesús de Nazaret devuelve a la vida a Lázaro diciéndole “¡Lázaro, ven afuera!”. En una primera lectura del evangelio parece una simple historia cuyo objetivo es mostrar la capacidad de hacer milagros del llamado hijo de dios. Revivir a un muerto parece la mejor señal de que este hombre es la palabra, el verbo o el logos, encarnado. En una primera lectura, la resurrección de los muertos es tomada de un modo demasiado literal. Parece la descripción de un hecho y no una mera metáfora.

El misterio sobre este pasaje se acentúa en el hecho de que lo encontramos en el Evangelio más singular del resto, el de Juan. Cómo mero registro, sería extraño que un evento de tal importancia no hubiera sido documentado por el resto de los evangelistas. Juan presenta una narrativa que parece fuera de toda interpretación: la muerte, el sepulcro, la descomposición del cuerpo. Sin embargo, estamos hablando de Juan, el filósofo, que siempre nos sorprende con su narrativa, sus alegorías, y con la posibilidad de múltiples lecturas de sus textos.

Por eso, para un laico al menos, se antoja otra lectura, la de un Lázaro vivo en el sentido biológico del término, pero muerto por no vivir, deprimido. Tal vez incluso la de un hombre que vive entre los muertos: un ser atorado en un duelo no resuelto.

Quien vive en el duelo, no vive. Quien vive cargando con sus muertos vive entre los muertos.

Si la misión de Jesús hubiera sido la de revivir a los muertos en un sentido literal, no solo hubiera dedicado su vida a ello sino su labor continuaría. Pero el mensaje del llamado hijo de dios está más cerca de revivir a los muertos de espíritu.

El milagro de Jesús se puede entonces interpretar de un modo diferente: ayuda a Lázaro a volver a vivir, a dejar su mundo de muertos, del pasado, del dolor y sufrimiento, para regresar al mundo de los vivos, al presente, al aquí y ahora.

“¡Lázaro, ven afuera!”, expresión usada por Jesús en el Evangelio citado, cobra un significado diferente. Es un llamado a vivir.

Kisa Gotami va a ver al Buda. Ha perdido a su único hijo y ha buscado ayuda con desesperación. Su pena es tan grande que raya ya en la locura. Un anciano le ha dicho que el único que la puede ayudar es el Buda, por eso acude a él. El Buda le dice que antes de traer a su niño de vuelta a la vida, ella debe hallar semillas de mostaza provenientes de una familia sin muertos. Kisa se lanza decidida a conseguir el ingrediente de este extraño hechizo, preguntando casa por casa si la muerte no les ha visitado. La respuesta es contundente: en todo hogar ha habido muertes, cercanas, lejanas, traumáticas, sencillas, pero la muerte forma parte de la vida de cada casa.

Ella regresa con el Buda, liberada de su sufrimiento, para agradecerle la revelación de descubrir que no hay hogar libre de mortalidad, así como el duelo que le acompaña, todos pasamos por eso tarde o temprano, y todos podemos superarlo.

El pasaje tiene una primera lectura, muy sencilla, una intervención psicoterapéutica para resolver un duelo.

Sin embargo, mi maestra y guía en temas budistas, Akashavajri, nos da una lectura diferente de este sutra.

Akashavvajri piensa que el Buda sí le devuelve a la madre afligida a su niño. El Buda le devuelve a su arquetipo del niño, el niño que la mujer perdió cuando su hijo biológico muere. Kisa Gotami recupera la infancia perdida, su niño interior.

Esta lectura de Akahshavajri, si bien un tanto jüngiana, me permitió contemplar la posibilidad de más de una lectura de este pasaje.

Kisa, en medio del duelo, ha dejado de ser quien realmente es. La obsesión por revivir a su hijo la ha poseído. La única imagen, el único recuerdo de su hijo está anclado en la falta de aceptación de su muerte. En la cabeza de Kisa, el recuerdo de su hijo vivo ha sido sustituido por la obsesión de un hijo muerto. Para gozar de la memoria de nuestros seres queridos cuando vivían debemos de dejar de recordarlos en un único evento, el de su muerte.

Tanto para Lázaro como para Kisa, la experiencia es liberadora. El duelo nunca es por la pérdida del otro sino por la pérdida del yo.

El duelo no es un proceso en el que tengo que irme adaptando a que el otro se fue. No es sólo aceptar que el otro se fue, o aprender a vivir sin el otro. El duelo es el proceso de adaptarse al yo que se fue, a aceptar que el yo que era ya no es. El duelo de Kisa consiste en liberarse de ese yo que ya no volverá a ser: madre de su hijo.

Lázaro se ha perdido a sí mismo en el pasado, en el mundo muerto, encerrado. Seguir el llamado, “Lázaro, ven afuera”, es volver a la vida.

El extraterrestre

sleeping-380918_1280A veces los problemas parecen insolucionables y están en el límite de lo tolerable. Los problemas vienen en muy diferentes presentaciones y tamaños, algunos son muy inmediatos para ser resueltos, otros requieren tiempo. Los hay en diferentes ámbitos, familiar, laboral, personal, escolar, social… Los hay tan abstractos como definir matemáticamente el infinito o tan concretos como quitarse un dolor de cabeza.

Uno de los problemas más graves por los que puede pasar cualquier persona es el hambre, el hambre inmediata, la que exige ser resuelta en el instante a riesgo de perder la vida.

Imagina un ser sin capacidad para moverse, ya no digas caminar sino sin poder desplazarse ni un metro. Imagina que tiene algún problema con el idioma por lo que no entiende lo que le dicen y tampoco puede hablar para darse a entender. Digamos que ni siquiera entiende bien a bien dónde encontrar comida o cómo preparársela. Sus manos difícilmente pueden sostener algo y su vista está cercana a la ceguera.

Y tiene hambre. Al grado de que su cuerpo le exige comida inmediatamente. Es su primera y única prioridad. De eso depende su vida. Si pasa más el tiempo, morirá.

Por muy grandes que sean nuestros problemas, pocas veces si no es que casi nunca, tenemos que resolver algo tan grande. No hay deuda, rompimiento amoroso, tarea escolar, conflicto con el jefe, ni la mayoría de las enfermedades, que se comparen con tener que salvarse la vida del hambre.

Sin embargo, este individuo, que parece proveniente de alguna estrella lejana y arrogado al planeta Tierra, extranjero, casi extraterrestre, y sin mucho conocimiento de cómo funcionan las cosas por acá, trae consigo una inteligencia, un saber muy poderoso, capaz de resolver un problema tan grave. Viene como incrustado en su cuerpo, como parte de su hardware. Pero además, cuenta con programas o apps, si bien aparentemente muy sencillas, capaces de atender cosas verdaderamente importantes.

Y lo resuelve. Es un sobreviviente. Ante el problema del hambre que le presenta resistencia, llora, y un ser del que conoce muy poco pero le da una gran sensación de seguridad y protección, le da de comer. Este ser aprende muy rápido, gracias a ese saber con el que cuenta, que cierta forma de llanto le avisa a este ser protector que requiere comida y se la da.

Parte de sus capacidades consisten en poder generar en quien lo observa y escucha una suerte de trance, de fuerte hipnosis. La forma de su cuerpo, su rostro especialmente, sus mínimas expresiones generan oxitocina en quien le ve, provocando ternura, un extraño sentido de maternidad o paternidad y ganas de protegerlo, cuidarlo. Aún el más violento y agresivo de los seres humanos sucumbe y cuando se da cuenta hace todo lo posible por ayudarle.

Un bebé. Eso es este ser poderoso. Sí, un bebé, tan indefenso como parece, tan arrojado al mundo como si fuera un extraterrestre, ha logrado resolver una vez más un problema mucho más grande que la mayoría de los problemas que tenemos a diario.

Tú también fuiste un bebé. Un extraterrestre. Hoy eres un sobreviviente. Pero hace ya algunos años, recién llegado al planeta tierra, resolviste un problema de hambre aún sin poder hablar, entender, caminar o tomar algo con tus manos.

Ahora ya lo sabes y es el momento de confiar más en las capacidades de ese bebé que todavía llevas dentro. Seguro que algo se le ocurrirá. Con todo lo que ha aprendido desde entonces.

Ésta es una película de zombies

Los zombies existen, pero su historia no es contada por los sobrevivientes lúcidos. En esta película de zombies, la trama se cuenta desde el punto de vista de los zombies mismos.

Como en aquella película en que los protagonistas descubren que lo que creían fantasmas son personas vivas y los únicos fantasmas son ellos mismos (no digo cual para evitar “spoilers”), siento decírselos, pero en esta película en la que somos personajes todos los días, nosotros somos los zombies.

Somos los muertos en vida, los muertos vivientes. O mejor, los vivientes muertos, los vivos muertos.

Porque, librémonos del malentendido, la muerte no es meramente a ausencia de vida. Eso es un invento más de nuestra formación dualista. (Y duelista, porque además de crear opuestos, los ponemos a pelearse entre ellos). La muerte solo existe porque previamente hay vida, le sucede.

Y la vida no es un estado opuesto a la muerte. La vida no necesita de la muerte para vivir. Un vivo muere, un muerto no vive.

Para ser, la muerte necesita acabar con la vida. Para vivir, la vida no requiere de la muerte. La vida no busca poseer a la muerte porque sería absurdo. La muerte, en cambio, quiere poseer la vida, alimentarse de ella, comérsela. Para ser más, la vida vive. Para ser más muerte la muerte acaba con la vida. Poco a poco, paso a paso.

La vida no extiende su dominio invadiendo a la muerte. La muerte busca habitar el territorio de la vida. Cuando la muerte habita a un vivo, ese vivo se vuelve un vivo muerto, o un viviente muerto.

La muerte mata, quita, despoja. La vida vive, la vida da, otorga, cede, ofrenda.

Somos muertos en vida cuando hemos dejado de dar, de ofrendar. La muerte nos habita como parásito cuando nos hace menos vivos, nos chupa, se alimenta de nuestros dones, virtudes, acciones, evita nuestra expansión, el vivir más.

En esta película de zombies, el gran giro de la trama no será cuando nos demos cuenta que nosotros mismos somos los zombies, sino al percatarnos que no hay nadie intentando exterminarnos o salvarnos.

Nosotros los zombies no somos contagiosos, por otra parte. El parásito o virus que nos hace zombies vive en nosotros, nace con nosotros. Somos nosotros mismos quienes tenemos el poder de acabar con el parásito, y despertar del sueño, de esa muerte que nos carcome, nos acaba poco a poco, nos come día a día.

La mejor precuela de esta película de zombies es The Matrix. En ella es claro que ya somos zombies. Es cuestión de despertarnos del engaño, de la ilusión, del delirio. Vivir.

O Trainspotting, la crónica de la vida zombie narrada por un zombie. El zombie en la peor de las situaciones, en el peor de los sufrimientos. El zombie que sabe que es zombie y no puede dejar de serlo. (A cualquiera se le antoja drogarse si es capaz de percatarse de eso.)

O Lázaro, el del Evangelio, el zombie encerrado, envidioso, que cree que no tiene más que dar, y al que Jesús lo llama a salir, a dar, convivir, vivir.

Let’s wake up, zombie friends!

Balada por una escritura moribunda

Y por otra parte, contrario a la facilidad de las redes sociales, creo que publicar un blog se ha vuelto muy complejo. Me refiero a publicar tu propio blog, no usar el servicio o plataforma de alguien más, que se vuelve lo mismo que publicar en Youtube o Twitter. Es cierto que los actuales sistemas de publicación, con los que uno es dueño y señor real del proceso, se han vuelto muy eficientes y cada día cuentan con más características. Y por supuesto que tener una mejor administración de un sitio y mejores herramientas de presentación es algo con lo que soñaba uno como bloguero cuando todo esto iniciaba hace más de diez años. Pero como todo, esto tiene su lado negativo.

Un ejemplo es la presentación. Antes solo teníamos HTML y plantillas muy elementales. Todo bloguero soñaba con tener un diseño propio. Algunos preferíamos detenernos mas en tipografías y legibilidad, otros sucumbían a los colores e imágenes. Ahora, con la plantilla más básica del sistema de publicación más común se obtienen resultados altamente profesionales y sitios dinámicos y no estáticos, que para quienes entendemos la diferencia facilita tremendamente las cosas.

Pero la verdad, hace tiempo que quedó tan bonito mi sitio web, donde está mi blog, que se empezó a convertir en una responsabilidad. Ha dejado de ser un cuaderno de notas, un diario o bitácora de apuntes diarios para ser un espacio de publicación con textos más acabados.

Escribe uno diferente en un cuaderno escolar de papel barato que en una moleskine de alto precio.

Esto implica que cuando pienso en publicar pienso en algo que valga la pena, tema relevante, cuidar el contenido, revisar dos o tres veces la ortografía y gramática, pensar en los lectores, sus reacciones.

Cuando los blogs empezaron tenías una sola página en la que ibas acumulando notas. Si acaso, algún sistema muy elemental y básico para hacer páginas por separado. El soporte de una base de datos tras bambalinas llego después.

De hecho, tenía una categoría en mi blog llamada divagaciones y delirios, donde canalizaba todo lo que carecía de seriedad y tenía mas de juego. Estaba otra categoría, los microensayos, para ponerme mas serio, pero no mucho, porque es imposible ponerse serio en la brevedad. Con perdón de Twitter.

Claro, paseando por Facebook mi estándar de seriedad y juego se tiene que ajustar al encontrarme con fotos de gatos haciendo gracias y la cantidad de me gusta que reciben.

Creo que esa informalidad de antaño también permitía un contacto más directo con la escritura y más confianza para escribir. Y bueno, Google todavía no indexaba todo. O al menos no estábamos conscientes de lo que iba a representar esa indexación. Publicar sobre un tema significa ahora dejar una lápida con nuestras palabras que algún día alguien va a leer, y seguramente citar totalmente fuera de contexto. Me gustaba más ver a los blogs como periódicos murales o tablero de avisos. Ahora se han convertido en pequeñas enciclopedias o noticiarios que rápidamente se vuelven hemerotecas.

Y no me niego a lo actual. Hay una gran cantidad de blogs que sigo y que me informan, o bien, posts o entradas con los que me encuentro cuando estoy buscando algo y son una buena referencia y demás. Pero por ejemplo, con todo lo polémico que puede ser, extraño lo que alt1040.com era, con un Eduardo Arcos escribiendo con su propia voz. Ahora no solo alt1040.com sino todo Hipertextual (conjunto de blogs derivados del original) se ha convertido en una revista, plataforma de contenidos, o como sea que se le llame ahora. Para seguir a alguien de manera más informal está Twitter (que de todos modos los blogueros usamos para promover o dar a conocer nuestros posts), y supongo que Facebook. Pero Facebook y yo no somos amigos.

En el otro extremo estaba el recién extinto librodenotas.com que si bien exploró la generación de contenidos propios y no solamente la reseña y comentario de lo que se publicaba en otros sitios, terminó por desaparecer en buena medida por el tiempo y carga de trabajo que se había vuelto para sus creadores. Los entiendo perfectamente si parte de las razones es que todo esto se volvió complicado.

Mientras alt1040.com (que inició con otro nombre que ahora no recuerdo) se adaptó al cambio y no solo ha logrado sobrevivir sino expandirse y volverse una empresa, está muy lejos de ser un blog como lo entendíamos originalmente.

Librodenotas.com se logró mantener un poco mas fiel a sus orígenes, pero el costo ha sido su cierre editorial.

En fin, ideas sueltas. Mientras escribo esto tengo mis dudas si publicarlo o no. Hace diez años no lo hubiera dudado. Seguramente lo hubiera publicado por partes, casi al mismo ritmo en que lo iba escribiendo. Hoy lo reviso y espero a tener algo mas desarrollado.

Extraño los blogs.

El maestro

En la mesa de al lado del café que frecuento, un hombre de mediana edad se queja del trato tan humano que algunas personas le dan a sus mascotas sin darse cuenta que son sólo unos animales. Luego insiste que hay quien incluso deja que el hocico de su perro se acerque a los alimentos, o peor, dejan que el animal les de una lamida en la cara a modo de saludo, con el riesgo de que les pase sus gérmenes.

Escuchándolo, recuerdo a un antiguo vecino, profesor, que cada que saludaba a mi perro cuando nos encontrábamos por las mañanas me decía que los perros eran muy lindos pero el sólo hecho de pensar en tener que limpiar sus excrementos lo hacía desistir de tener uno algún día.

Dereck Dereck

Los entiendo a los dos, al de la mesa de al lado y al vecino profesor, porque yo pensaba así. O bueno, creía que pensaba así, porque ahora se que más bien no era sensible a ciertas emociones y comunicación con los animales. Mi consciente luego se armaba una buena justificación fundamentada en cuestiones sanitarias.

Es difícil de explicar. Un día te tiras cansado a dormir después de una larga jornada de trabajo y cuando te das cuenta, entre sueños, descubres que tu perro se ha venido a dormir contigo y está usando tu brazo como almohada, con todo y su baba escurriendo sobre él. También duerme de cansancio. Y enconces te das cuenta que este ser vivo, este mamífero como lo eres tú, ha roto con los principios más elementales de la teoría de la evolución y selección naturales, porque más allá de su instinto de sobrevivencia elemental, confía plenamente en tí para quedarse profundamente dormido, sin protección alguna más que la de tu brazo y compañía. Después de algo así, ¿quién puede ser capaz de despertarlo y correrlo de su cama porque te babea el brazo? Yo no.

El vigilante. El vigilante (Dereck)

Porque cuando eres capaz de sentir y reconocer las emociones que resuenan entre otros seres vivos y tú mismo, automáticamente se descarta cualquier argumento racional o lógico, cualquier búsqueda de una justificación.

Lo mismo le pasa a muchos que son padres por primera vez. Antes de tener un bebé se sorprendían de lo que es capaz de hacer una mamá o un papá, cambiar pañales, limpiar vómitos, despertarse en la madrugada. Pero una vez que la paternidad y la maternidad se viven, esos cuestionamientos desaparecen. Simplemente cambias el pañal, limpias el vómito, te despiertas en la madrugada.

Pero un bebé es un ser humano, argumentaran algunos. Y es cierto, pero también es un animal, igual que todos nosotros. Los cerebros de las diferentes especies de mamíferos superiores tienen realmente muy pocas diferencias entre ellos. El nuestro incluido, por supuesto.

No solo vemos el sufrimiento, la felicidad, tristeza, cansancio o entusiasmo del otro, lo sentimos como si fuera propio. Esa capacidad de compasión, de sentir con el otro, forma parte de nosotros como un mecanismo de sobrevivencia de la familia por encima del individuo, pero sobre todo, de la tribu, la ciudad, la especie y la vida misma, por encima del individuo.

Y sí, yo tampoco entendía el grado de convivencia que se puede llegar a tener con una mascota, hasta que tuve una. Igual que un padre no se cuestiona de las implicaciones sanitarias de cambiar un pañal, el dueño de una mascota tampoco lo hace cuando hay que limpiar su excremento.

Y claro, cada quien lo vive diferente. Estamos hablando de capacidades y sensibilidades, y en eso hay tantas variaciones como personas. En mi caso, mucho antes de tener un perro de mascota, descubrí el mayor cambio a nivel personal gracias a un perro en la calle.

Fue hace ya algunos años, después de haber estado en algún retiro de meditación y yoga. De hecho, fue después de por lo menos un par de retiros y algunos meses de practicar meditación y yoga por primera vez de modo sistemático en mi vida.

Parecía una tarde como cualquier otra. Estaba en la calle, sobre la banqueta o acera, afuera de una tienda, cerca de donde vivía, esperando a quien me acompañaba. Me sentía bien no solo porque mi situación personal, laboral y de pareja iban de maravilla, sino porque sentía que de alguna manera los nuevos hábitos me estaban ajustando bien. Sin embargo, esa percepción puede ser muy subjetiva y a veces engañosa. Nos sugestionamos y el bienestar, si bien sano y productivo, es muy general y superficial.

A veces, es necesario que la realidad misma nos sorprenda para darnos cuenta de las transformaciones más profundas.

Al estar ahí parado en la calle, derrepente sentí algo que tocaba mi mano. En lugar de reaccionar de modo inmediato como seguramente lo hubiera hecho antes, alejando mi mano de cualquier contacto hasta no saber qué era, simplemente miré. Un perro estaba oliendo mi mano. Y otra vez, en lugar de hacerme a un lado, seguí quieto, tranquilo, como si nada. El perro habrá sentido la calma porque me empezó a lamer.

La loba, le dicen. Lobo noble, me nombraron. Y compartimos cansancio y soledad también. La Loba, le dicen

Fue entonces cuando verdaderamente sentí que algo faltaba en mi vida. Que toda esa meditación y yoga, se habían llevado algo con lo que había vivido siempre: me percaté que ya no tenía miedo. Y bien dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y yo ese día descubrí que había tenido miedo toda mi vida.

Me vinieron a la mente todas las veces que me había encontrado con un perro, los momentos de tensión en mis brazos, el aceleramiento de mi respiración, mis justificaciones para no acercarme plenamente a ellos, mis cuidados para acariciarlos, en suma, ese miedo sutil y oculto.

Esa tarde, ese perro fue mi maestro. Me enseñó que la meditación y el yoga no solo me estaban haciendo sentir bien, como si saliera del spa o de un masaje relajante, sino que un cambio profundo, una transformación a nivel cerebral, se había dado en mí, incluso más allá de lo esperado por mí, y por lo tanto, de ahí la sorpresa y asombro.

Fue por esos días que decidí darle continuidad al cambio y hacerme psicoterapeuta. Y sí, también ahora soy de los que deja que mi mascota me de una lamida en la cara cuando nos saludamos. Sólo espero no ser yo el que le pase mis gérmenes.