El amok según Stefan Zweig

En el relato “Amok” de Stefan Zweig, el personaje que narra la historia en primera persona, explica en dos momentos lo que es el amok (y del cual les he platicado en “El espíritu del malvado tigre ante la neuroley”).

Vale la pena leerlo ya que su descripción es superior a la de cualquier manual o enciclopedia. La literatura supera el lenguaje técnico:

«¿Sabe qué es el amok?
—¿Amok?… Creo recordar que se trata de… una especie de embriaguez entre los malayos
—Es más que una embriaguez…, es una locura, una especie de rabia humana…, un ataque de monomanía homicida, insensata, que no se puede comparar con ninguna intoxicación alcohólica… »

Y más adelante:

«Pues bien, el amok…, sí, el amok es esto: un malayo, un hombre cualquiera, sencillo y de buena pasta, bebe su brebaje…, está ahí sentado, abúlico, indiferente, abatido…, igual que yo estaba en mi habitación… y, de repente, se pone en pie de un salto, coge su puñal y sale corriendo a la calle…, corre en línea recta, siempre derecho…, sin saber adonde… Todo cuanto se interpone en su camino, hombre o animal, él lo abate con su kris y el delirio de la sangre lo vuelve aún más furioso… Mientras corre le sale espuma de la boca, aúlla como un loco…, pero sigue corriendo y corriendo, no mira a la derecha ni a la izquierda, corre lanzando gritos agudos, con su ensangrentado puñal, siguiendo siempre esa misma y espantosa línea recta… Las gentes de los poblados saben que ninguna fuerza puede detener al loco homicida…, de modo que, cuando lo ven, previenen a los demás con gritos de: «¡ Amok, amok!», y todo el mundo huye…, pero él corre sin oír, corre sin ver, derriba todo lo que encuentra a su paso…, hasta que lo matan de un tiro como a un perro rabioso o cae él mismo, exhausto, echando espuma por la boca…»

La edición de Acantilado reúne siete relatos bajo el nombre de éste.

El experto que sabía leer las emociones

Dalai Lama y Dr. Paul Ekman

Creo que a todos nos ha dado tentación en algún momento de nuestra vida el poder combinar dos universos, dos mundos aparentemente separados el uno del otro, juntarlos. Por ejemplo, a mi siempre me gustaban esos episodios especiales de caricaturas donde podíamos ver al oso Yogi junto con Don Gato y su pandilla. O por supuesto, Los Súper Amigos o Salón de la justicia, con Supermán al lado de Batman. Y estas combinaciones pueden ser de muy diferentes tipos, ese es el fundamento de la creatividad. A George Lucas le gustaban los westerns con pistolas y los mosqueteros con espadas, y siempre quiso poder tener lo mejor de los dos en una misma película. No a pocos les pareció descabellada tal idea, y bueno, ya saben en que terminó eso, ¿no?
A veces, dan ganas de poner algún personaje de ficción con uno real, por ejemplo. ¿Qué tal poner a platicar a Rambo con Gandhi y ver qué pasa?
Y está la tecnología. Llevar a Julio Verne a una presentación de productos de Apple a ver qué cara pone o que ideas les da.

Algo así ha pasado con los equipos de imagen de  resonancia magnética funcional. Estos aparatos que están revolucionando la manera en que entendemos cómo funciona el cerebro humano. Si el siglo pasado cerró con los grandes descubrimientos en genética y genoma humano, este inicio de siglo es de la neurociencia. Y a muchos les está interesando sacar resonancias magnéticas funcionales al cerebro de Supermán o cualquier superhéroe que se deje.

En serio, se está estudiando el cerebro de personas con capacidades diferentes en múltiples campos, algunos tremendamente específicos. ¿Hay diferencias entre el cerebro de un percusionista y el de un bajista o tecladista? ¿Cómo funciona el lenguaje en el cerebro entre una persona bilingüe de nacimiento y una que se hizo bilingüe de adulto? ¿Cómo construye su mundo una persona con autismo en relación con quien no lo tiene? ¿Qué diferencia hay entre la memoria visual y espacial de un taxista londinense con la de un chofer de autobús en la misma ciudad?
Y por supuesto, no faltó a quien ya se le antojó meter a resonancia magnética funcional el cerebro del Dalai Lama. Y bueno, esto es más difícil que meter el de Supermán, porque el Dalai Lama es Su Santidad el Dalai Lama, y Supermán, aceptémoslo, es un inmigrante ilegal venido a más.

Pero vamos a otro universo y luego les revelo su conexión con este.

¿Recuerdan el experto en mentiras de la serie de televisión «Lie to me»? Era el doctor Cal Lightman, que podía saber cuando una persona estaba mintiendo con solo ver las expresiones de su rostro, expresiones mínimas, casi imperceptibles, e inconcientes, llamadas microexpresiones. Es decir,su teoría dice que cuando una persona responde a una serie de preguntas con la verdad, va a mostrar un comportamiento con su cuerpo, su rostro, y cualquier expresión mínima de su cara. En el momento que responda a una pregunta con una mentira, algo va a cambiar, tal vez un pestañeo diferente, una mueca, un tic, por mínimo que sea. Y eso es lo que el doctor Lightman buscaba detectar en los criminales, terroristas o vendedores de hotdogs tramposos que le mentían.

Pues por si no lo sabían, la teoría principal de esta serie de ficción, no es ficción. De hecho, el personaje del Dr. Cal Lightman está inspirado en el Dr. Paul Ekman, que es el que desarrolló todo este sistema que efectivamente usan muchas de las autoridades judiciales y militares en Estados Unidos. El personaje está inspirado en la persona sólo en lo profesional, claro, y se toma muchas licencias poéticas en la aplicación teórica. Para los interesados en el detalle de las diferencias, Ekman mantuvo un blog con sus comentarios a cada episodio de la serie, y el archivo se mantiene en su página personal.

En el año 2000 Paul Ekman fue invitado a las conferencias que cada dos años realiza el Mind and Life Institute, y de las cuales el Dalai Lama ha sido el anfitrión. Estas conferencias se realizan desde 1987 y reúnen a eminentes budistas tibetanos y maestros de diferentes prácticas contemplativas, con no menos eminentes científicos occidentales. Es un intercambio que tuvo que realizarse en privado durante los primeros encuentros, principalmente por la reticencia de los científicos occidentales. Sin embargo, esta privacidad rindió frutos, ya que permitió que ahora se realicen en su mayor parte, públicamente. La labor del Mind and Life Institute ha sido de alta relevancia en los últimos años y vale la pena darle seguimiento también.

Regresando a nuestra historia, ese año 2000 en Dharamsala, India, era la octava reunión organizada por el Mind and Life Institute y el tema fue Emociones Destructivas. Un escéptico aunque curioso Paul Ekman expuso sobre los estudios de Charles Darwin acerca de las emociones, tema en el que también es experto. La química entre Ekman y el Dalai fue inmediata, según relatarían ambos años después. Y a pesar de que la naturaleza de las reuniones no permitió mayor intercambio de ideas, la semilla de una nueva relación estaba sembrada.

Las investigaciones sobre la manera en que la meditación impacta en el cerebro son muy viejas. Desde el siglo pasado, en la década de los ochenta Herbert Benson estudió cambios fisiológicos en temperatura corporal en meditadores himalayos que precisamente generaban calor con su cuerpo. Tal vez hayan visto documentales en la televisión al respecto. Y el mismo Paul Ekman descubrió como monjes y meditadores experimentados tienen un extraordinario nivel de exactitud para leer emociones en las expresiones faciales, mucho más hábiles, confiables y eficaces que todos los sujetos con los que había experimentado previamente. Mucho mejores tal vez, que los mismos personajes de la serie de televisión “Lie to me”.

Ekman volvió a ver al Dalai Lama en otra de las conferencias de Mind and Life, esta vez en el 2004, en Vancuver, Canadá, pero solo como asistente y no como conferenciante. Sin embargo, escuchar los nuevos puntos de vista sobre emociones por parte del Dalai Lama, generó en Ekman más entusiasmo y un prontuario de temas y preguntas para profundizar sobre la manera en que las emociones nos unen y nos separan, nos hacen mejores personas, pero también nos pueden dañar. No sólo logró hacer llegar esas preguntas al Dalai Lama sino que éste le dio un espacio de tres días para tener un diálogo e intercambiar ideas. Claro, debido a la ocupadísima agenda de su santidad, esta cita se realizó catorce meses después, pero eso no importaba. Varios otros científicos aportaron al prontuario y a los temas, así como varios otros estudiosos tibetanos. El resultado de esas conversaciones está condensado en el libro «Sabiduria Emocional. Una conversacion entre S.S. El Dalai Lama y Paul Ekman».

Más allá de todo ese intercambio de conocimientos e ideas, quiero hacer énfasis en algo mucho más humano y personal. Tiempo atrás, en el 2001, el Dalai Lama conoció de primera mano los equipos de resonancia magnética. Al menos los que había en aquel entonces, porque estos equipos se actualizan y mejoran a la velocidad que Apple saca nuevos modelos de iPhone. Y de hecho, pudo ver el resultado de unas imágenes obtenidas de un meditador experto, ante las que mostró gran interés. Sin embargo, subrayó lo esencial de la aplicación del método en primera persona, en vivir la experiencia fenomenológica de los propios estados cognitivos, emocionales y psicológicos.

Y ahí es adonde quería yo llegar. Y llevarlos a ustedes conmigo, por supuesto. El primer encuentro que les platicaba entre el experto de la mentira, Cal Lightman, digo, Paul Ekman, y el Dalai Lama, que como todo budista es seguidor del Dharma, de la verdad, tuvo un momento fuera de las conferencias, en uno de los recesos. En ese receso, la hija de Ekman, Eve, pudo hacerle una pregunta informal al Dalai Lama, y mientras su santidad le respondía Paul Ekman vivió uno de esos momentos extraordinarios que cambian la vida. Sintió un par de sensaciones físicas, para las cuales no tuvo palabras que las definieran. Una, tal vez podría acercarse a calidez. La segunda es más difícil todavía de explicar. Vio a todos a su alrededor como a distancia. En sus palabras, “como si los estuviera viendo desde el lado opuesto de unos binoculares”. La bondad irradiaba todo a su alrededor. Sea lo que fuere, lo cambió. Hasta su esposa, con quien pasó unos días de vacaciones después de las conferencias, le dijo, sin saber nada de la experiencia específica, “no eres el hombre con el que me casé, es mucho más sencillo ahora estar contigo”.

Y no se malentienda, no fue un milagro por haber estado con el Dalai Lama. Ni el mismo Dalai Lama cree eso. Ekman experimentó, según sus propias palabras, “una conciencia inusual que transformó íntimamente su vida emocional”. Lo cambió de ser un pesimista a un optimista, su impaciencia se fue, su frustración se fue, en los siguientes siete meses no tuvo ataques de ira, incluso se dio cuenta que había tenido ira todas las semanas de su vida desde que tenía dieciocho años y había vivido un pleito muy fuerte con su padre.

Ese día en Dharamsala, el experto en emociones se encontró con una emoción que cambió su vida, y la cual, bajo su visión científica y occidental, sigue siendo un misterio. El experto en mentiras parece haber encontrado una verdad.

Hubo una vez un retiro de meditación…

«No hay silencio verdadero
sino el compartido» Cesare Pavese

Hace ya muchos años hubo una vez un retiro de meditación al que asistí. En él, mientras haciamos una meditación en grupo y con los ojos cerrados, recuerdo cuando sentí a alguien respirando en mi cara, muy cerca de mí. Podía sentir y observar su inhalación y su exhalación. Pero seguí meditando. Poco después descubrí, maravillado y curioso, que ese que respiraba tan cerca de mí era en realidad yo mismo. Y entonces seguí observando… me.

(En ese mismo retiro de varios días, terminé por lo menos con la certeza de que ya había aprendido a sentarme correcta y cómodamente para meditar de modo formal y constante.)

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¿El Buda necesitaba psicoterapia?

Como algunos de ustedes saben, uno de los temas que más ha ocupado el tiempo que dedico a investigación en los últimos años es el diálogo entre la experiencia espiritual y la experiencia psicoterapéutica. Es decir, de qué modo la psicoterapia aporta a la espiritualidad y viceversa. Y digo diálogo en donde podría decir diferencia.

Porque hay días en que creo que si bien hay semejanzas entre ambas experiencias cada una tiene sus espacios propios, como bien ha explorado Mark Epstein, autor de  “Going on Being: Life at the Crossroads of Buddhism and Psychotherapy” (y que sería “Seguir siendo: la vida en la encrucijada del Budismo y la Psicoterapia”), y que por cierto, tiene otro libro con un título que define muy bien la experiencia espiritual budista: “Going to Pieces without Falling Apart: A Buddhist Perspective on Wholeness” (que sería algo así como “Haciéndose pedazos sin desmoronarse”).

Los días que estoy de acuerdo con Epstein, creo que la meditación y el budismo (aunque puede ser aplicado a cualquier otra práctica espiritual) se han convertido en la sociedad occidental contemporánea como una opción a la psicoterapia cuando en realidad deberían de verse como complemento. Es común conocer personas ensimismadas en la meditación esperando obtener resultados para trastornos muy específicos que corresponden más al ámbito psicoterapéutico. Y en realidad la experiencia espiritual es mucho más que curación o sanación. A veces, la experiencia espiritual trae consigo la sanación, pero no es condición sine qua non de la misma.

Y bueno, como les decía, hay días que pienso eso, porque en otros días me entra la duda si Jesucristo o el Buda además de su avanzado crecimiento espiritual hubieran necesitado de un poco de psicoterapia, ya saben, para atenderse algunos detalles que la salvación o la iluminación no hayan logrado resolver.

Y no se si la idealización de hombres y mujeres como ellos no nos permita ver que también tenían dolor de muelas, como cualquier ser humano de nuestra época. O que probablemente vivían con alguna pequeña fobia, manía, emoción atorada o duelo no resuelto, como es también normal en homo sapiens moderno.

Y si, ya se, a veces creo que blasfemo y que no hay más que las grandes experiencias espirituales por las que pasaron ellos (y otros más) para realizarse como personas.

Tal vez es al revés, y los psicoterapeutas somos como sacerdotes o monjes pero envueltos en una presentación más acorde con nuestra sociedad consumista, cada vez menos creyente, y con mucho más confianza o fe en la ciencia que en la religión.

Curiosamente el psicoanálisis, primer psicoterapia formal moderna, surge en la época del “dios a muerto”, cuando una persona con algún trastorno iba con un médico y ya no con un sacerdote.

En fin, que como podrán notar, hoy más que anécdota y conocimiento, hay una reflexión. Y es que déjenme les cuento que vengo regresando de estar en un retiro de meditación y silencio durante cuatro días y tres noches y la experiencia fue… bueno ya saben, son de esas cosas a las que uno etiqueta como indescriptibles. Hace ya cinco años de que empecé a meditar de modo más o menos regular. De hecho, este diciembre son cinco años de mi primer retiro de meditación. Los efectos de la meditación, el yoga y los retiros, son una de las principales razones por las cuales inicié mi investigación personal en los temas del cerebro y la mente. Fue tal el cambio desde la primera vez que empecé a meditar y no se diga después del primer retiro, que devoré cuanto libro pude encontrar sobre el tema. De ahí que me clavara, com decimos por acá, en todo lo que tiene que ver con neurociencia, hipnosis, psicoterapia… en fin. Sin ir más lejos, es en esos retiros donde germinó el psicoterapeuta que ahora soy, la persona que ahora soy.

Uno de los principios fundamentales de la neurociencia moderna es el de la plasticidad cerebral. Esto es, la capacidad del cerebro para cambiar, reestructurarse, establecer nuevas redes neuronales, y por lo tanto, generar nuevos procesos, aprendizajes, conexiones, modos de ver la vida, de vivirla. La frase más famosa para explicar este fenómeno es la atribuida a Donald Hebb, y que siempre me cuesta mucho trabajo traducir ya que en su juego de palabras se pierde su propiedad mnemotécnica: «When neurons fire together, they wire together», que literalmente sería algo así como «cuando las neuronas se encienden juntas, se conectan juntas», pero que habría que parafrasear más bien en «neuronas que una vez se juntan, neuronas que nadie separa» o, perdón por la licencia poética, «neuronas entre las que hubo fuego, neuronas entre las que cenizas quedan» o «neuronas que la sinapsis unió, no las separa el hombre». Perdón por el desvarío, pero la idea es que ahí donde un conjunto de neuronas se activan al mismo tiempo por alguna razón, se establece una red, una conexión, que permanece fija para siempre.

Este es el gran mal y la gran esperanza de todo ser humano. Es la razón por la cual alguien se acerca a psicoterapia y es la herramienta del psicoterapeuta para sanarle. Lo explico.

Un grupo de neuronas “A” se activa cuando escuchamos el ladrido de un perro, lo vemos, estamos cerca de él. Otro grupo de neuronas “B” se activa cuando tengo miedo. Si ambos grupos de neuronas, “A” y “B” se activan al mismo tiempo, se abre una conexión entre ellas. Un espacio en el cerebro que antes era campo traviesa, terreno virgen, ahora ha sido caminado, recorrido por corrientes eléctricas, energía e información de un lado a otro entre “A” y “B”. Al ser recorrido se marca una vereda sobre el terreno. Esa vereda siempre estará ahí. Siempre. Si la percepción del perro y el miedo vuelven a activarse al mismo tiempo (y esto es cada vez más probable porque ya hay camino andado) la vereda se va erosionando, haciendo más ancha, y se puede hacer un camino, una carretera, una autopista.

A eso va alguien con una fobia a los perros a psicoterapia. A intentar borrar un camino por el que su mente siempre viaja por más que el consultante ya no quiera.

Y nuestra labor como psicoterapeutas es la de abrir nuevos caminos. Imposible borrar el que ya está, según nos ha enseñado ya la neurociencia. Pero podemos abrir nuevas veredas, nuevos caminos, nuevas carreteras y nuevas autopistas.

La experiencia espiritual parece ser como si todas, o al menos muchas de esas neuronas se encendieran todas al mismo tiempo y de un solo golpe se abrieran todos los caminos. Por eso a veces dudo que Jesucristo o el Buda hubieran necesitado de psicoterapia.

Pero como les decía, estoy divagando mucho porque vengo llegando de un retiro y siento que todas mis neuronas se encendieron al mismo tiempo mientras estuve allá. Y todavía no se si se encendieron como los foquitos de una bella serie en árbol de Navidad o como el incendio de la Biblioteca de Alejandría. De hecho, todavía no sé que sería mejor, si la serie navideña, muy estética pero un poco inútil para ser sinceros, o el fuego consumiendo la Biblioteca de Alejandría, que finalmente implica volver a empezar, volver a la mente de principiante. Reiniciar. Renacer.