Ser escritura

Quiero ser escritura. No, no quiero escribir, quiero que lo que soy sea escritura.

Mi caminar, por ejemplo, ya es escritura: deja un rastro.

Me encantaría que todo lo que hago dejara algún tipo de registro que finalmente fuera una escritura viviente.

El hombre borroso

Estoy imaginando un mundo que no puedo narrar. Un hombre cuya mente no es decifrable. Puedo describirle en un momento, en un instante, en un corte de tiempo, pero su dinamismo impide fijarlo y entenderlo.

Como intento de descripción fotográfico tendría un retrato que se vería "movido".

Imagínese, pues, un hombre borroso.

Su entorno parece en menor movimiento. A ratos, tal vez, casi suspendido. Pero al ser un mundo en torno a nuestro personaje, esa detención es muy engañosa. Pura ilusión.

Por limitaciones epistemológicas, la mente busca identificar aquello que permanece, aquello que no contradice al hombre a lo largo del tiempo. Al hombre y a su mundo. Eso de su yo que no deja de ser yo. Le pongo un nombre, le califico. Ese hombre es ahora bueno, malo, listo, torpe, hábil, o lo que vea en él.

Está bien. Sirva ello para poder avanzar en el conocimiento. Sirva, sobre todo como un mecanismo de sobreviviencia en el que mi instinto me obliga a medir el peligro en el otro, determinarlo, almacenar el conocimiento y no perder energía estudiándolo una vez más a cada
instante que lo vea.

Esto es, tomé una fotografía de mi personaje en donde sale borroso porque se movió durante el disparo del obturador, con un fondo un poco más claro pero borroso al fin y al cabo, y guardé la impresión en el archivero.

¿Cómo puedo esperar decir que lo conozco si la próxima vez que lo vea uso esa misma fotografía para identificar quien es?
Toda identificación, o mejor, todo proceso de identificación es astigmático.

Mi voz ha cambiado

Mi voz ha cambiado. La he escuchado diferente esta mañana. Creo que las cuerdas vocales a veces se tensan de más, a veces casi se revientan.

Por momentos creo que se oye más profunda, como si hubiera madurado.Pero a ratos es al revés: el niño que dejé de ser regresa a pronunciar un ritornelo.

Lo cierto es que no soy el mismo. Nunca se es es el mismo siempre. El trabajo formal de cuello blanco, los números, reportes y estadísticas, los horarios en punto, la bitácora y moleskine que quedan tan lejos,
esas charlas hasta altas horas que se han perdido. Todo eso daña las cuerdas del instrumento.

Aunque por otra parte, la vida en pareja, ella, los besos de mañana, las risas y pleitos de los diálogos apasionados, sus preguntas atentas, mi neurosis que se transparenta ante su querencia, el amor o como lo llamen, el sentirse más vivo. Todo eso saca de la voz al niño feliz que llevo dentro.

Mi voz ha cambiado. Eso es un hecho.

La última palabra

¿Habrá algo, una frase, una idea, un secreto de infancia, una imagen en el fondo de mi inconciente, que sea lo que quiero decir y no lo he dicho?

¿Habrá algo que una vez escrito me haga dejar de escribir para siempre?

¿El minotauro al final del laberinto?

— ¿Y si mueres sin escribirlo?

Para eso quiero las “máquinas de escribir” y los generadores de texto: ¡qué las computadoras pongan palabras unas con otras en todas, todas las combinaciones posibles hasta que aparezca esa idea o ese secreto que ni siquiera yo conozco!

Si muero antes no lo conoceré pero por lo menos sabré que habrá sido dicho.

*