Un ángel en el café de la Calle Doce

No podía dejar de mirarla mientras se desnudaba ahí frente a todos los asiduos al café de la Calle Doce. Todos creo, mirábamos perplejos, como intentando comprender por qué se estaba quitando la ropa. Nadie se lo impedía. Los meseros estaban tan perplejos como el resto. Esperábamos algo. No sé, que mostrara que tenía algún bicho metido entre la ropa o que estaba bromeando o que había una cámara de televisión escondida o por lo menos algún signo de locura demencial que nos diera la tranquilidad de saber qué estaba sucediendo.

Pero esa perplejidad pasó a segundo término cuando empezamos a ver su piel y su cuerpo. Pasamos a la contemplación. Hombres y mujeres por igual ¡Qué belleza! Era como un ángel con dotes eróticas. Ya no importaban las razones, todos sentíamos como si hubiera que aprovechar la oportunidad de ver ese cuerpo porque es de esos fenómenos divinos (como dar a luz un bebé, los eclipses, las puestas de sol o los rompe olas en los despeñaderos al lado del mar) que cuando nos toca (porque literalmente sentimos que nos toca con sus dedos) ver uno hay que guardar silencio y disfrutarlos.

Una vez desnuda, el ángel hizo una ligera pausa, tomó toda su ropa del suelo y hecho a correr hacia afuera del café. Nadie se inmutó. Poco a poco empezamos a hablar y el murmullo del lugar regresó a su estado normal.

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Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros.

Rumiemos este aforismo. La figura o metáfora del laberinto está demasiado trillada, demasiado gastada. El minotauro incluido. ¿Qué es el laberinto? ¿Es una hermosa metáfora de la que olvidamos su referente? La imagen es demasiado sugestiva pero puede ser poco efectiva.

El laberinto es una estructura de conocimiento, compleja, intrincada, de la cual sabemos que está delimitada, su extensión es finita. El ejercicio de recorrer el laberinto consiste en recorrer la estructura, es decir, leer, releer, pensar y repensar los datos, información y conocimientos sostenidos en la estructura. Una estructura de la cual sólo sabemos que es compleja pero no tenemos un mapa.

Suena a una biblioteca. Tal vez por eso la asociación laberinto=biblioteca es tan fácil.

El laberinto, igual que la estructura, se dobla en sí mismo, es decir, un conocimiento está pegado a otro y un pasillo nos conduce de una información a un dato sin que lo sepamos de antemano. El conocimiento es hipertextual. Hay, entonces, una carga aventurera y romántica en recorrer el laberinto o, su analogía, el conocimiento.

Recorrer el laberinto es pensar (y escribir es una forma de pensar, ¿recuerdan?). Sabemos de antemano que hay un minotauro, un monstruo. Esto no quiere decir que no haya una expectativa sobre él y por ende una sorpresa de encontrarlo: no conocemos su rostro.

Es curioso, el laberinto sostiene y es sostenido por el minotauro. Sin minotauro no hay laberinto. Sin laberinto no hay minotauro. Esta característica del dúo laberinto-minotauro no necesariamente forma parte de la metáfora.

Aceptemos entonces cierta dosis de parecido entre el laberinto y el hecho de recorrerlo con el pensar o la escritura, pero ¿y que representa el minotauro en esta esta metáfora? ¿Los demonios, los monstruos del escritor-pensador? ¿Aquello que verdaderamente va a enfrentar? ¿Qué puede ser eso?
Creo que lo que finalmente representa el minotauro no es lo monstruoso, los demonios, o el mal. El minotauro de este aforismo representa lo fantástico. No funciona si al final del laberinto (o del recorrido del laberinto para ser más preciso) nos encontráramos con un hombre malo, demoniaco. Es más, si nos encontráramos con el peor de los villanos, peor que el peor de los minotauros, la metáfora dejaría de funcionar. El minotauro funciona porque representa lo fantástico, lo inesperado, lo impensable. Y no olvidar la carga erótica del minotauro: monstruo al que le entregan vírgenes en sacrificio. El minotauro es entonces un ser fantástico, misterioso y altamente erótico.

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros (y de las vírgenes sacrificadas que suelen acompañarlos).

Inventario perdido

Hay una digresión dando vueltas sobre sí misma dentro de la caja de zapatos habilitada para las ideas sueltas.

Hay una teoría casi terminada sobre una tarjeta blanca del fichero que perdí una tarde con la mudanza.

Un pensamiento —o su inicio, no recuerdo— está esbozado en una servilleta del viejo restaurante donde comía con mi amigo ahora muerto.

Hay un modelo —algo feo, lo acepto— trazado en esa hoja de papel cebolla que me hizo llorar antes que se la llevara el barrendero.

En no sé que página de la moleskine de hace dos años hay un aforismo sobre lo terrible que es ver de noche a los elefantes del circo.

En el blog —creo que es ahí— hay un soneto que dejé como borrador por falta de métrica.

En el recoveco de mis pudores hay un sueño erótico que nunca será publicado porque no me atreví a registrarlo.

Muy cerca, abajo a la derecha, está un panfleto que tampoco escribí porque mi cabeza no se atrevió a pensarlo.

Un día lleno de intensidades, tuve mil conceptos atados a cada uno de mis respiros, pero un asma repentina los detuvo todos de golpe. Todavía los siento en mis pulmones.

En alguna playa está trazada la ruta de mis reflexiones sobre los marinos sedentarios. Tal vez una ballena suicida ya borró las huellas de mis pasos.

Y por si fuera poco, hay una lista —en algún lado, en alguna parte en donde he estado— con un largo inventario de pérdidas previas a éstas: ¡es tan poco lo escrito y tanto lo pensado!

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Generación zapping, generación copy-paste

El zapping es la acción de cambiar de un canal de televisión a otro con el control remoto. Generalmente el cambio se da rápido y con el fin de explorar la programación de los diferentes canales con que cuente dicho televisor.

O mejor dicho, eso era el zapping. Hoy, el zapping es una cultura y el rasgo esencial que marca una generación.

Ver televisión implica casi necesariamente hacer zapping. Pero hacer zapping no implica ver televisión. Hay quien se sienta frente a la tele con el único objetivo de "zappear". De antemano, este tipo de audiencia sabe que no verá un programa, serie policiaca, noticiario o partido de futbol. No le interesa. Se ha acercado a la caja de cristal con el único fin de ver “que hay en ella”, así, en lo general. Ningún programa en específico.

La tensión nerviosa, el estrés y la ansiedad urbana juegan un papel fundamental en este proceso. Apretar una y otra vez el botón “+”, “siguiente”, “next” o “>” es un acto de liberación, de relajación. Éste acto motor se sincroniza con la psique causando que los ojos también hagan su propio zapping.

Sí, hay un zapping en el cambio de canal y hay otro zapping en el cambio de punto focal. El telespectador zappea de un lado a otro de la pantalla leyendo, explorando la imagen, saltando de un punto a otro.

La relajación se da poco a poco. En un principio los cambios de canal pueden estar en el orden de diez a quince por minuto. Hacia el final puede alcanzar la parsimónica frecuencia de cuatro a nueve por minuto.

(A diferencia del aceleramiento en la frecuencia que tiene el sexo, en el zapping no hay clímax. Esto lo puede hacer muy frustrante.)
La interfaz es el mensaje. La percepción de la interfaz genera conocimiento. Toda interfaz abre posibilidades de estructuración y manejo de información. Aprender a usar una interfaz es volver a la educación infantil: aprender a usar la plastilina o arcilla y descubrir que el mundo puede ser modelado. Recortar, pegar para aprender que el mundo puede ser compuesto. Resolver el rompecabezas y descubrir que el mundo puede ser armado. Enseñarse a dibujar y maravillarse de poder convertir el mundo en trazos de lápiz.

El adolescente aprendió a zappear en la televisión y ahora quiere zappear al mundo.

La manera en que nuestro cerebro aprende a manejar la información con una interfaz hace que el cerebro cambie su manera tradicional de pensar. La interfaz nos presenta la información estructurada. Una vez que la información se va –porque esa información deja de servir– queda la estructura. La mente busca llenar la estructura con nueva información.

La generación del zapping se acostumbró a zappear. Busca zappear en la realidad. Dominada la tele, aplica el zapping a todo. Zappea de un comic o tebeo a otro tan pronto el personaje de uno comienza a no gustarle; zappea entre libros porque lo nuevo ya no es Entrevista con el Vampiro sino El Código Da Vinci; zappea entre novias o novios, lo importante es conocer gente; zappea entre música, bandas de rock y géneros, como la programación de MTV; zappean sus intereses y ayer quiere irse de aventura fuera del país y mañana prefiere seguir en casa de los padres; la moda es el zapping del consumo: ropa, zapatos, accesorios, inutilidades…
El zappeador ha aprendido que cuando algo no le gusta hay que cambiar. Basta un botón y lo que está ante sus ojos desaparece.

Gran parte de la información presentada a través de los medios de comunicación masivos tradicionales (radio, televisión, cine, diarios, revistas) ya ha hecho propias las maneras de percibir y conocer de esta generación del zapping cultivada desde los ochenta. Los programas de televisión, por ejemplo, intentan hacer el zapping dentro del mismo programa, saltando de una información a otra, cambiando de conductores o personajes cada minuto, haciendo llorar antes de un comercial y provocando risas al regreso. Intentan ser muchos programas en uno solo para satisfacer la necesidad de cambio en las nuevas generaciones.

Decíamos de jóvenes que “cambiábamos de canal” cuando una plática dejaba de hablar de futbol y empezaba a comentar la nueva película.

Pero hoy aparece una nueva generación por un nuevo fenómeno de comunicación masiva y la interfaz que la presenta. Es la generación del “click and drag” o “click y arrastrar”, del “copy and paste” o copiar y pegar, del “undo” o deshacer, de “windows” o ventanas, de los “links” o ligas, de los emoticones, del “zoom in/out”, del reiniciar, recargar, de la memoria RAM, del disco duro, Google…
Dice un joven con respecto a otro que cuando habla parece divagar demasiado y no llegar a nada: “a este tipo se le degrada el sistema; a veces me dan ganas de darle un Control+Alt+Supr para reiniciarlo”.

Nos cuenta otro joven después de cometer un error irreparable sobre la hoja de papel: “al meter la pata quise darle “undo” o deshacer pero me dí cuenta que con el papel y las tijeras no se puede”. (Esto lo he escuchado por terceras personas sobre embarazos no deseados pero me resisto a creerlo.)
Uno mas cuenta: “cuando vi que había una puerta al fondo del pasillo me dieron ganas de darle click para que se abriera y ver que había adentro pero no se pudo y tuve que hacerlo directamente con mis manos”.

Algunos medios masivos tradicionales comienzan a adaptarse a los requerimientos de la nueva generación.

Unos dan opción a la versión digital, anuncian su página web “donde podrá encontrar más información al respecto” (diarios, periódicos); otros crean rutas y patrones similares a un viaje virtual de inmersión similar a un juego de Playstation o Xbox (en ello empieza a aparecer una nueva crónica periodística que vale la pena analizar con detalle); fragmentan los contenidos y buscan hacer módulos o unidades autocontenidas, léxicas, que pueda uno ver o leer sin necesidad de tener demasiados antecedentes (escenas dentro de series de televisión que puede uno disfrutar sin saber nada sobre el programa, secuencias dentro de películas que son como cortometrajes dentro del largometraje); hacen mil y un referencias a mil y un fuentes informativas de mil y un maneras (Los Simpson y su interminable red de relaciones con otras series, películas o con ellos mismos); programas “multitask” o multitarea en los que dos o tres eventos pasan de modo simultáneo (en los deportes esto empieza aunque los realities ya lo dominan).

El receptor del mensaje de la interfaz es también su mejor emisor. La generación del zapping es la que está ahora haciendo radio, cine y tele. La generación del copy-paste empieza a ocupar los escaños de producción, dirección y creación.

Empezamos a vivir la era de los nuevos zapperos: la generación del los copypasteros, linkeadores, googleadores…