La miniaturización del rating

El rating está ligado, desde sus orígenes, a la alta tecnología. Primero, con unos audímetros que registraban en un rollo de papel (similar al de las sumadoras) el canal que era sintonizado en el hogar seleccionado. La cinta de papel era recogida cada siete días y cambiada por una nueva. Esta información se validaba y procesaba para así obtener los ya desde entonces famosos ratings.

Originalmente el invento del audímetro servía para monitorear a las audiencias de radio. Sin embargo, el radio se hizo pequeño muy rápido. Mucho más rápido, al menos de lo que se podía empequeñecer el audímetro. Afortunadamente, para cuando esto pasaba la televisión empezaba a hacer su aparición en los hogares norteamericanos y, el pionero de todo esto, un ingeniero llamado Arthur C. Nielsen, se le ocurrió que el sistema para medir audiencias de radio bien podía ser utilizado para medir las de televisión.

Hoy, la misma tecnología que hace posible la televisión ha miniaturizado las pantallas. Y, por otra parte, la radio se quedó con una tarea pendiente: contar con un indicador tan preciso y detallado como el del rating televisivo. The Telecontrol System tiene ya una solución en uso: un pequeño audímetro o people meter del tamaño de un reloj de pulsera. Con este sistema existe un panel activo en Suiza desde el año 2001 y están ya instalando un panel de cerca de 2,000 radioescuchas en Londres. El nombre del dispositivo es Radiocontrol y, a la fecha, es el audímetro más pequeño en funciones del mundo. Hay otros, pero apenas están instalados en muestras y lugares de prueba. El rating electrónico minuto a minuto para radio es ya un hecho.

Mientras tanto, VNU Media Measurement & Information, hace también pruebas desde octubre del año pasado con un audímetro personal pero para medir de manera electrónica otro tipo de audiencia: la audiencia expuesta a la publicidad en exteriores (outdoor advertising), la cual incluye los llamados espectaculares.

Esta área de investigación es totalmente nueva. Un audímetro del tamaño de un localizador (pager) cuya función es la de monitorear la posición de su portador con base al sistema GPS (global position system o sistema de posicionamiento geográfico) para ubicación vía satélite. El recorrido hecho por las personas del panel minuto a minuto es trazado sobre un mapa en donde se ha identificado con anterioridad el lugar donde están los carteles y espectaculares de los cuales se quiere medir la audiencia. El objetivo es establecer cuántas personas estuvieron expuestas a algún anuncio en exteriores, obtener el alcance, la frecuencia, penetración, el rating… La metodología empleada en esta medición aún se mantiene en secreto ya que en este terreno todo está por definirse. El panel piloto ha sido instalado en Johannesburgo, Sudáfrica.

El rating electrónico minuto a minuto para publicidad en exteriores también está a la vuelta de la esquina.

La escritura perdida

Al principio, no pasa de darte cuenta que estás escribiendo poco. Que en lugar de llenar dos o tres páginas de notas e ideas diversas en tu cuaderno de escritura ya nada más escribes un par de líneas. O que los archivos nuevos de texto en la computadora son cada vez más pequeños.

Poco después, al buscarle lugar a la libreta de hojas blancas y pastas negras que te gusta tanto, te percatas de que llevas ya un par de días sin usar tu pluma para redactar algún aforismo o bocetar un ensayo. O bien, te das cuenta que el botón o comando de “Archivo Nuevo” en tu procesador de textos favorito no ha sido usado en las últimas cuarenta y ocho horas.

La primera semana es difícil notarlo, pero la tinta de tu bolígrafo dura más de lo normal. El lapicero o portaminas no necesita recambio. Hasta las notas al margen del libro que estás leyendo son menos frecuentes. No te angustia salir a la calle sin traer algo en que anotar. Te detienes en la cafetería a tomar un café y nada más. De hecho, usas las servilletas de papel únicamente para limpiarte la boca y las manos, no para garabatear algo.

La carpeta de las cartas electrónicas recibidas y pendientes por contestar se empieza a volver bastante grande. Especialmente aquéllas que sabes que ameritan una respuesta más larga, más meditada, más pensada.

No es fácil tomar conciencia de lo que pasa porque hay otra actividad derivada del trabajo diario que engaña a los sentidos. Se llama escribanía, y pude confundirse sin problemas con la escritura. Haces una carta, redactas un memo, corriges un informe, buscas un sinónimo para usar en un instructivo o respondes a un correo electrónico de uno los proveedores. Claro, que ahí no está puesto tu estilo, tu pensamiento, tus ideas más íntimas, tus reflexiones más profundas. Eso no puede ser considerado escritura.

Al mes es demasiado tarde: una día de regreso a casa te das cuenta que llevas más de una semana sin cargar tu cuaderno, sin escribir una sola línea que sea tuya y sin contestar un sólo mensaje en tu buzón de entrada. La falta de práctica epistolar te empieza a causar la desaparición de amigos. Algunos insistieron enviándote algunos emails en repetidas ocasiones, pero aún los más insistentes ya abandonaron la tarea. A estas alturas se verán más sorprendidos de recibir una respuesta que de que les mantengas tu silencio.

¿Publicar? ¡Por favor! Para publicar no basta con escribir. Requieres de leerte, reescribir, releerte y volver a reescribir. ¡Olvídalo! Estás muy, pero muy lejos de lograr todo eso junto.

(Por ejemplo, la última fecha en tú blog es una verdadera vergüenza.)
El momento más duro se da cuando lo sabes, cuando tomas conciencia del terrible padecimiento, cuando dejas de negarlo y tienes que aceptarlo. Ya no escribes. Así de simple.

Y a pesar de intentarlo no atinas en lograr volver a escribir. Antes de abrir el cuaderno encuentras un pretexto nuevo para no hacerlo. Das un clic en “Archivo Nuevo” pero no tecleas nada. El problema es mucho más profundo de lo que pensabas. El dispositivo se ha descompuesto desde el interior de su mecanismo. Sí, es grave y no sabes por donde está la puerta de entrada (¿o salida?).

Esta enfermedad es crónica, progresiva y mortal: se le conoce como la escritura perdida.

¿Reality Shows o Voyeurity Shows?

Es como la adicción a la pornografía. La tolerancia a mirar aumenta con cada nueva imagen vista. El aprendiz de pornógrafo se vuelve maestro y busca nuevos retos. Ya no le satisface lo que antes le atraía tanto. Necesita más imágenes y que cada imagen sea más explícita que la anterior.

Lo único que tienen de nuevo los reality shows es el nombre. Son simples programas de concurso o, si se prefiere, espectáculos deportivos. Son tan reales como un partido de fútbol o una partida de ajedrez. Igual que cualquier juego, en los reality shows se establecen reglas, un objetivo o meta, y un espacio para jugar —ya sea un campo, un tablero, una casa Big Brother o una Academia. Preguntarse si un reality show es real o no es como preguntarse si un juego es real o no. No es real en tanto que las reglas establecidas en un juego normalmente no se aplican en la realidad, y además, el espacio de juego suele ser una mera delimitación virtual. Es real en tanto que las piezas de ajedrez están hechas de madera, el futbolista se rompe una pierna "de carne y hueso", y cuando se ve a alguien dormir en el reality show está durmiendo "de veras".

Un reality show es un programa de concurso llevado al extremo. Ya no le es suficiente al espectador con ver sudar a un experto antes de dar respuesta a las 13 preguntas del 13. O con reírse al ver a un sorprendido transeúnte caer en una broma para Te Caché o Cámara Escondida. El espectador necesita más. Cada vez más. Y para eso está el aparato televisivo y sus hacedores, para darle más.

Lo esencial de los reality shows no es lo "reality", no es lo real, es el voyeurismo. Más que reality shows, son voyeurity shows: el espectáculo radica en el placer de mirar, no en lo que se ve. Si hay diferencia con los programas de concurso y los de cámara escondida es una diferencia cuantitativa, no cualitativa. Diferencia cuyo peso se carga más hacia el público que hacia la pantalla. El mirón, la audiencia, quiere ver más porque cada vez puede ver más. Ya no le es suficiente con una cámara y unas cuántas reglas de juego. En cambio, lo que ve, el contenido, es básicamente lo mismo: un juego que busca provocar situaciones reales a partir de reglas y tableros virtuales.

La traducción correcta de reality show sería “espectáculo bajo condiciones reales” y no “espectáculo realista”. De lo contrario se llamaría realistic o realist show. La propuesta es voyeurity show o “espectáculo bajo condiciones voyeuristas”. Voyeurity no está registrado en el diccionario, es invención mía. Alguno podría objetar que todo espectáculo es voyeurista, y con razón. Lo que planteo aquí es que precisamente todo espectáculo también se presenta siempre bajo condiciones reales. ¿Qué tiene más peso en este tipo de espectáculos, las condiciones reales o las condiciones voyeuristas? Yo creo que las voyeuristas.

Algunos analistas, lectores y televidentes en general, han manifestado distintas preocupaciones en torno a la verdad o falsedad de hechos o eventos en los reality shows. De hecho, algunos artículos de prensa creen descubrir el hilo negro señalando alguna "anomalía" o "engaño" en la organización o producción de los mismos.

Entendámonos de una buena vez. Big Brother o La Academia no son documentales. Como espectáculo, su taxonomía es cercana a otro tipo de show que también solemos despreciar los analistas: la lucha libre. Es decir, Big Brother es primo del Santo y Blue Demon (famosos luchadores enmascarados mexicanos), no de George Orwell. La Academia es vecina del cuadrilátero de la Arena México, no de la escuela de Platón.

Roland Barthes, lucha libre y mitologías

Roland Barthes no vivió para ver Big Brother o La Academia. Sin embargo, no creo que le hiciera falta. Esa es la ventaja de un marco teórico sólido. En su libro Mitologías, Barthes nos dejó una serie de reflexiones sobre algunos mitos de la vida cotidiana francesa en la década de los 50. La lucha libre, el strip-tease, la publicidad, son algunos de los temas abordados a partir de distintos materiales como la portada de una revista, un artículo de periódico, un cartel, un noticiario. Revisemos algunos puntos de su lectura sobre la lucha libre y veamos si podemos aplicarlos a nuestro objeto de estudio, particularmente en la polémica sobre la falsedad de este espectáculo televisivo contemporáneo:

Aquellas personas se indignan porque el catch [lucha libre] es un deporte falseado (cosa que, por otra parte, debería liberarlo de su ignominia). Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve. […] se puede apostar por el resultado de un combate de boxeo; en el catch [lucha libre], no tendría ningún sentido.

¿Qué significa, qué representa el espectáculo de la lucha libre? ¿Puede esto aplicarse a Big Brother o a La Academia?:

Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala. Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no.

¿Qué busca el público en la lucha libre? ¿Qué espera la audiencia de Big Brother o La Academia?:

Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. Nadie le pide al catch [lucha libre] más verdad que al teatro. En uno y en otro lo que se espera es la mostración inteligible de situaciones morales que normalmente se mantienen secretas.

Desde esta perspectiva de la semiótica, la aproximación al estudio de ambos espectáculos es en relación a la manera en que los ve-lee-significa-mitifica el público o audiencia. No estoy diciendo que la lucha libre y un reality show sean iguales. Digo que en tanto la producción y puesta en escena, el público o audiencia los ve-lee-significa-mitifica de la misma manera. Al menos esa es la hipótesis.

Tampoco estoy diciendo que los participantes al concurso de Big Brother o La Academia usen "máscaras" o sean actores. Tampoco Barthes afirma que los luchadores engañen al público que los ve. Lo que dice Barthes —y yo me sumo a su decir— es que eso no importa. Parte de la discusión en el caso de los reality shows es el cuestionamiento al qué tanto son influenciados los participantes por la situación límite que viven, por lo que les dijeron antes de empezar el show, la manera en que los seleccionaron, etc. En tanto una deconstrucción del mito, eso no es importante. El mito interesa al semiólogo en tanto sistema de comunicación, y eso incluye tanto al receptor y al mensaje. Si Quetzalcóatl o Zeus no existieron, ¿en que cambia al mito y sus lectores?

Jean Baudrillard: “Nuestra realidad se ha vuelto experimental”

En Dust Breeding, Jean Baudrillard —filósofo francés famoso por inspirar la película The Matrix— aplica algunos de los conceptos que caracterizan su discurso filosófico a un reality show exhibido en Francia. Podemos decir que Baudrillard parte de cuatro ejes fundamentales.

Primero. "Nuestra realidad se ha vuelto experimental". La cultura occidental vive una época que tiende a simularlo todo, a hacer del experimento una cultura. Es decir, a cultivar lo experimental. Los reality shows nacen del "qué pasa si… ", del aislamiento del objeto a estudiar, del cambio de variables, etc. Se crean espacios para ser vistos, comentados, opinados…

Segundo. Como Disneylandia, el reality show da la ilusión de un mundo real. Mientras Disneylandia es el espejo del mundo de "afuera", Big Brother o La Academia son el espejo del mundo de "adentro". Hay un placer en ver al otro, ese otro que no es más que otro yo. (Y no olvidemos que el otro del otro soy yo: no hay voyeurismo sin narcisismo.)

Tercero. ¿Voyeurismo pornográfico?, se pregunta Baudrillard. "Lo que la gente desea profundamente es un espectáculo de banalidad". En medio de tantas cosas que contar, en medio de tanta violencia que relatar, los medios están descubriendo la vida cotidiana. La gente está fascinada y horrorizada al mismo tiempo con la indiferencia del "nada que decir" o el "nada que hacer" o (en el caso mexicano) del vacío de significado en la muletilla "güey".

Cuarto. La audiencia es cómplice porque es juez o verdugo. La audiencia tiene el control y el poder. La audiencia es envuelta en este ejercicio de transferencia. Es decir, el voto otorga cierta interactividad a la audiencia. Ya sea para afirmar "así somos" o "así no somos". La audiencia es Big Brother o es el sinodal del examen profesional. Ya sea que levante el teléfono y marque, ya sea que simplemente espere a ver el resultado "para ver lo que la gente vota".

Voyeurómetro: ¿otra definición para el rating?

En ambos casos, en el de Big Brother y La Academia, hablamos de nuevas marcas de rating para las dos principales televisoras del país, y en general, de dos fenómenos televisivos que han mantenido la atención de la audiencia. Igual sucedió con los buenos tiempos de decenas de programas de concursos (me vienen a la mente Sube, Pelayo, Sube o Juguemos a Cantar), la cámara escondida de Ciudadano In Fraganti, los clásicos Chivas-Guadalajara, algunas peleas de box y luchas del Santo.

Los reality shows hubieran sido intolerables para el público mirón en ese entonces. Ahora ya no le es suficiente con ellos y requiere segundas partes más radicales. El voyeurismo va en aumento y el rating parece ser un excelente instrumento para medirlo.

Referencias:

Mitologías de Roland Barthes lo encuentran editado por Siglo XXI. El artículo se llama «El mundo del catch».

Dust breeding de Jean Baudrillard está traducido al inglés y publicado en Ctheory.net. La traducción de las citas entre comillas es mía.

archivo

La conversión de la palabra “archivo” en el concepto de “archivo” se dio de manera inevitable cuando empecé a leer a Foucault y Deleuze, hace ya un par de décadas. Un archivo no significaba nada especial para mí: era un simple documento o el lugar donde acopiarlo. Con el tiempo, la noción ha cambiado en mi cabeza.

Un archivo es un documento previamente guardado o registrado de alguna manera. Sin esa condición previa de haber sido depositado o enlistado, un documento no puede llegar a ser archivo. Un archivo siempre tiene cierto carácter histórico, oficial o burocrático. Lo que Foucault hace es “abrir” los archivos e investigar el mecanismo con que fueron guardados y enlistados, sin dejarse atraer por la jerarquía, la autoridad o la ilusión de continuidad. Prefiere el archivo a la “obra” o el “libro”. El archivo no tiene autor aún cuando una autoridad lo ha clasificado.

|| 2. Mis archivos, mis adorados archivos. Archivo casi cualquier papel escrito por mí o por otros. Casi todo puede ser potencialmente leído o visto otra vez. Después de pasar en limpio las notas tomadas en una servilleta o en una tarjeta insisto en guardar la servilleta. El hecho se acentúa con la digitalización: siento temor de que un día todas las ideas u ocurrencias que he tenido, mis bocetos o manuscritos, aforismos, enumeraciones, diagramas, sea reducido a un simple (¿y por qué no decirlo: maldito, demoníaco?) cd-rom. Guardo revistas completas de las que disfruté sólo un párrafo, postales que nunca he enviado o enviaré, invitaciones a exposiciones de fotografía, temarios escolares, hojas técnicas, instructivos, tarjetas de presentación… ¡joder!, algún día tengo que hacer algo con todo eso.

|| 3. La primera acepción puede aplicarse perfectamente a la definición computacional de “archivo”. Para que un archivo exista en un sistema operativo y deje de ser un simple documento o conjunto de datos tiene que tener un nombre, una fecha de creación y estar depositado o guardado en la memoria del equipo. Para que un archivo deje de existir en el mundo digital basta con borrarlo del index o índice, así el sistema da por hecho que puede ocupar el espacio físico con un nuevo archivo. Los datos siguen ahí hasta que sean sobrescritos, o mejor dicho, hasta que el orden de los bits sea reacomodado de otra forma. En el mundo digital, los bits no se destruyen, solo se recombinan. En cambio, en el mundo analógico si se quiere que un archivo deje de existir hay que destruirlo, no basta con sacarlo de nuestros listados. Lo mejor en esos casos —según tiene a bien ilustrarnos la literatura y el cine— es quemar completamente el archivo en una chimenea (y esperar a verlo hecho cenizas, cosa que no hacen los villanos, por eso los atrapan).

¿Cómo se empieza a escribir en un bello cuaderno en blanco?

¿Cómo se empieza a escribir en un bello cuaderno en blanco? Esta pregunta me ha intrigado desde los orígenes. No porque me preocupara de niño, sino porque desde la infancia era capaz de percibir los muy diferentes puntos de vista que mis maestros de primaria tenían al respecto.

Algunos de esos maestros nos pedían que antes de escribir cualquier cosa en las páginas en blanco, le pusiéramos márgenes a todas y cada una de las hojas. El dichoso margen consistía en una línea roja recta a lo largo de la página y trazada a unos cuantos centímetros de su parte interior. Había maestros exigentes en cuanto a la cantidad exacta de milímetros a los que tenía que estar marcada tal raya.

Otros nos pedían que pusiéramos nuestro nombre completo en todas y cada una de las hojas. Los menos nos pedían que las numeráramos. Unos defendían a capa y espada que la primera página debería contener siempre el nombre, grupo o salón, grado o clase, y nombre de la materia. (Nunca tuve un profesor que quisiera agregar su propio nombre a mis apuntes. Espero que la neurosis por los derechos de autor no haya llegado a tanto.)
Llegó la preparatoria o bachillerato y con ella las hojas sueltas hicieron su aparición en mi vida. Carpetas, engargolados, folders, fueron los soportes de la educación. Uno que otro cuaderno, pero en realidad muchas hojas sueltas.

Siempre he preferido el tamaño media carta o A5. En México se le conoce como tamaño esquela o forma francesa, dependiendo si el encuadernado de las hojas es por lo largo o corto de las mismas. Como sea, se me hace ideal para la mayoría de los pupitres, mesas de trabajo, notas en autobús y, lo más importante, escribir en los cafés.

Ahora, lejos —en tiempo y espacio— de las clases y las escuelas pero todavía cercano al ejercicio de la escritura, sigo preguntándome ¿cómo empezar a escribir en un cuaderno en blanco? ¿Debería respetar a mis maestros de educación básica y no olvidar poner mi nombre, tal vez mi dirección y teléfono? ¿Correo electrónico, maybe? ¿Empezarlo con un manifiesto, una dedicatoria, una introducción? ¿Debo hacer algo con todas y cada una de las hojas? ¿Numerarlas, etiquetarlas, rayarlas para ponerles margen, firmarlas por si algún día llego a ser famoso?

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