Y a todo esto, ¿en qué cree el Chavo del Ocho?

Televisa tiene en El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado, y en general los programas de Chespirito, un cheque al portador en puntos de rating. En los últimos años hemos visto como las repeticiones de estos programas han logrado niveles de audiencia muy por encima de lo que cualquiera hubiera esperado. Cuando la parrilla de programación falla en un horario competido, los responsables de mantener el barco a flote simplemente gritan "y ahora, ¿quién podrá defendernos?". Después de recurrir al chipote chillón y las antenitas de vynil, se dan cuenta que lo único que hacía falta era un chanflazo. Después de levantar el rating, la voz del antihéroe mexicano por excelencia se escucha a lo lejos, una y otra vez, en tono de burla pero también de sabiduría irónica: "¡No contaban con mi astucia!".

México ha cambiado mucho en algunas cosas desde que los de mi generación veíamos a Roberto Gómez Bolaños y compañía en la pantalla de nuestra televisión. Sin embargo, ese pequeño microcosmos de la vecindad del chavo, (que no vale medio centavo, pero es linda de verdad) parece estar más vigente que nunca. Y por vecindad me refiero al espacio narrativo tanto del programa de El Chavo como de El Chapulín. Los literatos me van a matar por decir esto, pero Macondo es a García Márquez lo que la vecindad del Chavo es a Gómez Bolaños.

¿Qué hay en estos programas que los hace tan vigentes? Chespirito renunció desde un principio a retratar a través de la comedia a la gran famila mexicana. Por el contrario, todas las familias de la vecindad bien podrían considerarse disfuncionales. No estoy muy seguro, de hecho, que algunas de ellas pudieran ser consideradas "familias" bajo la definición de varios estudios de mercado actuales. Chespirito tampoco intenta, ni por un segundo, subirse al falso tren de un México en camino a la modernidad. El Chapulín no es el único antihéroe de estos cuentos. Lo son, a su manera, todos y cada uno de los personajes de este pequeño universo. Pobreza, marginación, hambre, desamor, soledad… ¿a quién que no sea de piedra no se le ha hecho un nudo en la garganta con alguno de los capítulos del niño sin nombre?

Claro, Gómez Bolaños también retrata el humor y alegría con la que los latinos salimos al paso en los momentos difíciles. Rescata, como pocos (pienso en la Familia Burrón o las canciones de Chava Flores), el habla de la calle, la musicalidad de las frases, el ritmo de las repeticiones, la danza de los movimientos corporales. Y va más allá: recrea la máquina del lenguaje popular, formando sus propias palabras, sus propias expresiones, sus metáforas y metonimias. Después, la realidad ha imitado al arte –como bien apuntara Oscar Wilde– y son las expresiones del Chavo y el Chapulín las que han enriquecido nuestra lengua.

Sin embargo, aún en ese rescate del habla popular hay algo de melodramático, trágico a veces. Si los dichos y refranes son la sabiduría de los pueblos, los personajes de la vecindad fallan en ser sabios: no solo olvidan los refranes sino que los recuerdan equivocadamente. Hasta en eso son antihéroes.

Chespirito logró retratar a los mexicanos tomando apuntes del natural, pero evitando a toda costa usar de modelo los arquetipos que los mismos medios nos estaban intentando vender. ¿No era paradójico que en el mismo lienzo electrónico donde veíamos el mundo sin progreso y futuro de la vecindad apareciera el optimismo socioeconómico hecho noticiario en 24 horas?

Pero hay una gran ausencia en el microcosmos de la vecindad. Una ausencia debida, seguramente, a las circunstancias de una época. A esa parte de México que si ha cambiado, y mucho.

El Chavo del Ocho y el Chapulín Colorado son laicos. O, si se me permite la idea, su mundo es pagano. Dios está ausente en la vecindad.

Si algo no está retratado en ese microcosmos es lo creyente que son los mexicanos y latinoamericanos en general. Ni en el habla ni en los gestos ni en los ritos. No hay bautizos, ni primeras comuniones, ni confesiones, ni falsos juramentos, ni exclamaciones. Faltan incluso los "¡Dios mío!", "¡Jesucristo!", "¡Lo juro por ésta!", etcétera. Abunda, eso sí, el "¡Chanfle!".

Supongo que hubo una restricción explícita al libretista. Eran, hemos dicho, otros tiempos. Sin embargo, es de destacarse como la creatividad toma fuerza con las limitaciones. La ausencia de Dios en la vecindad es casi imperceptible. Cuando he platicado sobre el tema con colegas y amigos, la mayoría se sorprende o incluso intentan buscar inútilmente en los rincones de sus memorias alguna escena que contradiga una afirmación tan blasfema. La habilidad del escritor radica en que casi nadie se percata de esa limitación.

(El laicismo de la vecindad en la pantalla no dependía de Gómez Bolaños. En el disco "Chespirito y sus canciones" hay tres pistas que lo demuestran: "Hermano Francisco", "Óyelo escúchalo" y "Un año más". Las tres cantadas por el Chavo.)

Este tema da para más. Tal vez existan algunas excepciones. Es digno de un estudio a detalle. Merece que se haga una revisión de cada uno los capítulos: 1,250 episodios grabados entre 1970 y 1995. Para aquellos estudiantes universitarios que todavía no saben de qué hacer su tesis profesional ahí tienen una idea. Luego no digan que se les chispoteó.

Divagación y error

Los recursos de los que el pensamiento se aprovecha para mantener su dinámica son varios. Hay dos que llaman particularmente mi atención: la divagación y el error.

El error es viejo conocido de la ciencia. En muchas ocasiones el método experimental usa al error de manera intencionada y sistemática. La divagación es amiga de primeros años de la filosofía y ciencias especulativas (auto referenciales, les llaman ahora; cómo si no bastara la referencia especular de la palabra). Esto no quiere decir que el discurso científico no caiga en la divagación y la filosofía no cometa errores. Son recursos del pensamiento, no de disciplinas específicas de él.

Mientras que el error es un callejón sin salida que detiene nuestro andar; la divagación es un camino alterno, un recorrido adicional y paralelo al viaje.

Cuando el pensamiento se encuentra con el error no hay más que dar marcha atrás, retomar los propios pasos y regresar al punto donde tomamos una disyuntiva por última vez. El error no tiene duración, no conoce el tiempo. Existe en otro plano. Podemos quedarnos a vivir en él, pero no cambiará, será el mismo. Si acaso un error nos llevará a otro: la formación de cadenas y series ante la permanencia en el error, sea por terquedad o falta de reconocimiento del mismo.

La divagación tiene duración, conoce el tiempo, aún cuando mientras estemos en ella nos olvidemos de la hora y las distancias. La divagación se permite profundidades. No es necesario retomar los pasos para volver a donde estábamos. Podríamos dar vueltas y vueltas en una dirección para regresar por otra. Sin quererlo podríamos regresar a otra parte del camino: adelantar pasos o volver al origen. La divagación siempre será laberíntica. En ella no hay la menor intención de encontrar la verdad. Lo que le importa es el caminar mismo, no la meta.

El error aparece sí y sólo sí buscamos encontrar la verdad. Si no buscamos la verdad no reconoceremos los errores. Un error nos indica que hemos tomado el camino incorrecto. Hasta ese momento no lo sabíamos, aunque pudiéramos haberlo supuesto: el error es un aviso, un letrero, un semáforo.

La divagación sabe de antemano que ha desviado el camino, no necesita que se lo digan. A veces la divagación se encuentra del otro lado del letrero que dice “Camino cerrado”. No hay encadenamiento de una divagación a otra. La divagación puede ser tan profunda como la queramos, tan intrincada como lo deseemos.

La divagación si nos puede llevar al error. Un error, también, puede ser motivo para divagar. Pero un error nunca podrá llevarnos, necesariamente, a una divagación. Ésta última puede ser una opción adicional después del error, una decisión más o menos voluntaria del pensamiento, pero nunca una consecuencia intrínseca al error mismo.

Divagar no significa ser irracional. Se puede divagar racionalmente sin que la divagación pierda su esencia. Aunque claro, también se puede divagar irracionalmente.

El error, en cambio, solo puede darse dentro de un marco racional y lógico. Este marco racional puede no ser muy estricto, como tampoco lo serán sus errores y sus verdades, pero es requerido un mínimo de reglas y estructura para poder dar lugar al reconocimiento del error.

Todo lo anterior es un buen ejemplo de una divagación. Solo que ahora no recuerdo por qué empecé a pensar y escribir esto. Eso me hace reflexionar que tal vez debería agregar que la divagación puede (¿requiere?) terminar con un corte rápido y repentino que nos devuelva al pensamiento, al yo, al ego, a la conciencia, de lo contrario no es divagación sino locura permanente. ¿O no?
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Subrayar

¿Qué extraña costumbre es esa de subrayar los libros?
En el museo de la escritura debemos incluir un espacio dedicado al libro más antiguo que se haya subrayado. Tal libro, ¿será un manuscrito dominico, una Biblia de Gutemberg, un pasquín erótico?
¿Por qué subrayar? ¿No basta con una pequeña indicación, un asterisco al margen? ¿Es necesario el rito de pasar el lápiz por debajo de cada letra, como si fuéramos a olvidar a alguna?
¿Sería adecuado establecer algunos cánones? De entrada yo mandaría eliminar de toda biblioteca los plumones o marcadores fosforescentes. Lápiz, únicamente. Para algo más usemos tarjetas y escribamos en ellas.

Para encontrar el mito, es necesario buscar el origen. ¿Quién habrá sido el primero en subrayar un texto? Si mi inútil erudición no me falla creo que los egipcios encerraban en un óvalo los nombres propios. ¿Se podría considerar esto una forma de subrayado?
Habrá que seguir reflexionando al respecto.

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De lexias, mecanografías y palimpsestos

Lexia. Antes era la hoja de papel en blanco. Ahora es la pantalla en blanco. Incluso, a veces, es sólo un fragmento de esa pantalla.

Negro, blanco, cuadriculado o rayado, el espacio de lectura/escritura requiere de bordes que detengan a la mirada de nuestro pensamiento de empezar una lectura/escritura sin fin.

Una hoja de papel sin bordes, un monitor sin marco: leer o escribir ahí sería sinónimo de muerte.

Mecanografía. Antes era la tinta. Ahora son los pixeles. A veces esos pixeles se vuelven tinta. Pero ya no son una vez sino múltiples veces: el original a desaparecido.

Toda escritura es mecanográfica: hasta la pluma del ganso es una máquina. (O los dedos de la mano, si se les usa con cuidado.)
Otras lexias. Antes eran los pies de página o la bibliografía de referencia. Ahora son los hipervínculos.

Palimpsesto. Antes los borrones, tachaduras y correcciones quedaban registrados. Ahora desaparecen como si nunca hubieran existido. El camino que nos trajo aquí no existe porque hemos perdido el rastro que dejaron nuestros pasos.

Tú, lector, no sabrás nunca cómo llegue a estas palabras. Yo, escritor, acabaré olvidándolo.

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La termita

Descubrí una maldita termita alojada en una taza de madera que alguien me regaló y usaba de portalápices. El insecto la estaba devorando con gusto y yo no me había dado cuenta.

La he matado, por supuesto. Ahora tendré que revisar papeles y muebles de madera; estar atento a la posibilidad de que una de sus consanguíneas siga por ahí dando lata; poner insecticidas o trampas para termitas (¿qué se usa en estos casos?). Tengo dos paredes de librero que pueden ser un agasajo para estos animalillos. Además, entre lo archivado están manuscritos invaluables para mí y deliciosos para ellas.

Ahora nos preocupamos por los virus informáticos, pero estos seres no son muy diferentes. Por lo menos me provocan la misma sensación: ver hechas polvo las palabras que leo y escribo.

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