Esta regla no tiene excepción. Es la excepción a la regla de excepciones.
Categoría: Español
Pasos de paloma: una vieja manera de hacer viajar al pensamiento
Hegel es el último filósofo sistemático. Es decir, el intento por construir un pensamiento filosófico que contestara todas las preguntas, o al menos orientara el camino para responderlas. Friederich Nietzsche es el primer filósofo que critica todo sistema. De hecho, renuncia él mismo a construir uno. Su filosofía, como la de Platón, comparte territorios con la narrativa, la literatura, la música y la poesía.
Nietzsche va de lo fragmentario a lo aforístico; de la autorreferencia a lo hipertextual; de un ligero cambio de opinión hasta la contradicción absoluta; de un pensamiento pequeño y profundo hasta la “idea más alta”; del apunte al margen de su diario hasta el “libro para todos y para nadie”.
En muy pocos temas y para muy pocos genios, la mera especulación es permisible. Nietzsche es uno de esos genios que se dedicó a uno de esos temas.
El siguiente aforismo lo tengo subrayado en mi ejemplar de Así habló Zaratustra desde la primera vez que lo leí. Todavía suelo darle vueltas y vueltas en mi cabeza. Tal vez es el aforismo el que me da vueltas. Lo cierto es que cada vez que lo leo me revela algo diferente.
En los últimos años he llegado a pensar que en este aforismo se encierra uno de los principios fundamentales de las sociedades organizadas en redes y de la autorreplicación de la información (las memes, Internet):
«Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensamientos que caminan con pasos de paloma dirigen el mundo.»
El traje nuevo del emperador: ¿cuento o falacia?
El cuento “El traje nuevo del emperador” de Hans Christian Andersen ha sido explotado como alegoría política hasta el cansancio. Representa a la autoridad necia y estúpida; al pueblo, gente o sociedad que se deja llevar por lo que dicen los demás; a los políticos, burócratas o líderes que prefieren sostener una mentira antes de ser considerados tontos; a una combinación cruzada entre los sujetos y predicados de los enunciados anteriores.
Su uso como metáfora es sumamente eficaz para exponer una idea (todos conocen la historia), desacreditar a los interlocutores (son idiotas porque ven un traje donde no lo hay), y revelar la gran mentira: el traje nuevo del emperador no existe.
Pero, ¿no será que nos precipitamos en la retórica del discurso sin poner mayor atención al traje nuevo del emperador? ¿Y si Andersen nos ha engañado a todos y el traje realmente existe?
Lamento que un cuento tan bello sea usado de manera tan impune. En la historia original, a todos les da pena admitir que son estúpidos, por eso mienten. La mentira se vuelve colectiva por el efecto “de boca en boca” —como virus en la jerga de la memética— hasta que nadie quiere admitir que no ve la tela mágica. Ganan los sastres estafadores, que por otra parte no querían demostrar nada, sólo buscaban ganar dinero.
Me parece percibir una trampa en la lectura del texto y a la cual le corresponde una trampa equivalente cuando se usa el cuento en el discurso mediático.
“El traje nuevo del emperador” está escrito desde una mirada omnipresente y omnisapiente. El escritor lo ve todo y lo sabe todo. El lector se vuelve cómplice de ello. El lector, en cuanto se da cuenta del engaño, piensa, junto con el narrador, “¡qué estúpidos son todos!”. “¡No se dan cuenta que no existe tal tela!”. Esto es fácil para el lector porque conoce toda la historia.
Si en lugar de una narración tradicional leyéramos la misma historia desde el punto de vista de alguno de los personajes, conociéramos su vida y razones, y nos identificáramos con él antes de llegar al episodio en donde tiene que dar su opinión sobre el traje nuevo de su majestad, tal vez no pensáramos lo mismo. Es más, al final de la historia tal vez nosotros mismos nos sentiríamos idiotas. Reconocimiento imposible bajo la pluma del escritor danés.
En la retórica del discurso, el expositor usa la metáfora del cuento. Dice, sin dar mayor explicación, que hay algo que la mayoría ha tomado como una verdad y en realidad es mentira. Que si ha sucedido de ese modo es porque los estúpidos no quieren aceptar la verdad. Sólo los inteligentes se atreven a decir que el emperador no trae puesto nada encima.
A estas alturas el expositor ya se ha valido de dos falacias. Por un lado, distrae nuestra atención con aquello de “tonto el que no entienda”, para no dar razones, argumentos o pruebas de la mencionada inexistencia del traje nuevo. No debemos cuestionar esto porque no queremos parecer tontos, ¿verdad? Y por otra parte, el expositor se ha calificado a sí mismo como inteligente porque él si es capaz de ver desnudo al emperador.
De modo que ya son varias las verdades que tenemos que dar por ciertas: el que usa la “metáfora Andersen” es inteligente; el nuevo traje no existe; todos los que digan que sí lo ven, son tontos.
En el cuento, lo que he llamado trampa, es un recurso literario. La retórica del discurso es eso, literaria.
Al usar el cuento como metáfora o alegoría de un hecho político-social, lo que era recurso literario se vuelve una trampa sofística. Es una vil falacia. La retórica de este discurso es política.
Como lector del cuento debería preguntar: ¿y cómo sabe el tal Andersen eso del traje? ¿Estará el autor diciendo la verdad? ¿No será que el estafador es él? ¿No será que me quiere hacer tonto diciéndome que si no estoy de acuerdo con él soy estúpido? ¿Dónde puedo conseguir más datos? ¿Puedo consultar los periódicos de la época en la hemeroteca? ¿Los estafadores mencionados tienen antecedentes? ¿Se envió una muestra de tela al laboratorio?
¡Claro que no acostumbro hacer esas preguntas! Porque es un cuento. Me amargaría la vida si hiciera eso con todos los cuentos que leo.
Pero como lector de un discurso político, noticioso, periodístico o mediático en general si tengo que hacerme esas preguntas. Esos no son cuentos.
La próxima vez que alguien les diga que “tal cosa”, “tal decir”, “fulano de tal”, es como el traje nuevo del emperador, piénsenlo dos veces: tal vez si hay traje y los tontos son los que le creen al que cuenta el cuento.
Bits con olor a viejo
Quienes escribimos, coleccionamos, o de algún modo llevamos registro de nuestras actividades, podemos dividir nuestra vida en etapas de acuerdo a la interfaz o dispositivo que usamos para mantener nuestros registros.
Los aficionados a tomar fotos al menor pretexto, por ejemplo, pueden separar las distintas etapas de su vida cada que cambian el rollo de película de su cámara, permutan de álbum fotográfico porque el que estaban usando ya se llenó, o compran una nueva cámara con un formato de fotos diferente.
Las etapas de un coleccionista son reconocibles por el uso de cajas diferentes, nuevas repisas o vitrinas, la compra de un baúl más grande…
¿Y los que escribimos? Un cambio de cuaderno, diario o libro de anotaciones es determinante para empezar a ver el mundo distinto. Hay quienes incluso preferimos cambiar de formato, color o tamaño para acentuar la mudanza. O bien, como he hecho gran parte de mi vida, nos refugiamos en las hojas sueltas. Si son dados a reciclar, este último recurso es económico y ecológico en la era de las impresoras láser y de inyección de tinta, los errores al imprimir, y el desperdicio de documentación en la oficina y los cursos de capacitación.
También depende de lo que vayamos a escribir en una etapa determinada. Un diario de viaje sería imposible en hojas sueltas. Para acompañar el texto de dibujos o bocetos, la textura del papel cobra vital importancia.
Estoy escribiendo esto en la primera “página” de mi segundo diario personal y de escritura en lo que va del año. Y le he puesto unas comillas a eso de “página” debido a que los diarios a los que me refiero no los escribo ya en papel. De hecho, no tienen propiamente páginas. Son archivos de texto digitales salidos de un procesador de textos. Ustedes están leyendo la versión ya publicada.
(Para los curiosos escribo en formato de texto simple. Llevo años de hacerlo así. He probado varias cosas: un archivo para cada anotación, o uno por día, o por tema, etc. La clasificación se la dejaba a las carpetas. La corrección, edición, y publicación las hago en herramientas más adecuadas para ello. Actualmente uso un programa que me permite tener todas las notas sueltas en un solo archivo. Un “outliner“, pues.)
Abrí un nuevo archivo de texto para el diario debido a que el anterior ya estaba un poco grande y era un poco lento para abrir.
Bueno, no muy lento, pero de esa manera aprovecho para hacer un respaldo general, imprimir el archivo completo para leerlo con calma, empezar de nuevo…
Bueno, lo acepto, la verdad es que cambiar de archivo es como cambiar de cuaderno. Siento como si hubiera “llenado las hojas” del anterior y ahora estoy listo para enfrentar el abismo de “decenas de hojas” en blanco…
¡Para soportar una carga de nostalgia has ido tan lejos! ¡Con la bodega llena de añoranzas vuelves de tus expediciones!
Si, es cierto. Tal vez sea mera nostalgia. Pero es que cuando reviso los cuadernos viejos hasta la caligrafía cambia entre ellos, sin mencionar el color de la tinta, el tipo de pluma (bolígrafo, estilógrafo, fuente), o el olor a viejo del papel.
¿Será visible algún día la pátina entre estas páginas, entre estos que no son sino simples unos y ceros?
Las ballenas no escriben (ni necesitan de Internet)
Las ballenas no escriben. Son, junto con los hombres y los delfines, los seres más inteligentes sobre el planeta Tierra. ¿Cómo pueden vivir sin escritura? ¿La necesitan? ¿Se están perdiendo de algo? ¿Qué diferencias hay en su vida cotidiana comparándola con la del ser humano? ¿Cómo sería el ser humano sin escritura? ¿Llevaría una vida parecida a la de las ballenas? ¿Pueden las ballenas enseñarnos algo de la vida sin escritura?
Ante la falta de escritura el ser humano ha recurrido a la tradición oral. Ya sea tanto en la prehistoria (pre-escritura) como en la época actual. En la tradición oral se confía el resguardo de la memoria de hombres y mujeres, de pueblos y culturas. Hay varias formas. Se me ocurren por el momento dos.
La primera es teatral. El conocimiento se transmite de generación en generación a través de cantos, odas, baladas, poemas. El principio es muy sencillo: la métrica, el ritmo y la música ayudan a recordar. Su espacio es la fiesta, la plaza, el teatro, el rito colectivo.
La segunda forma es lírica. Su paradigma es la relación maestro-discípulo, pero hay otras. Padre e hijo, madre e hija, artesano-aprendiz, etc. El conocimiento se transmite de primera mano. O, mejor dicho, de primera voz. En el taller, en la práctica, en la repetición, con observaciones y correcciones, etc.
Ante la falta de escritura las ballenas han recurrido a la tradición oral. Siendo el único recurso para mantener la memoria de la especie, las formas que esta tradición oral ha tomado son sumamente complejas.
Las ballenas cantan. No. Más que un canto, interpretan sinfonías. Piezas musicales con múltiples registros, temas, variaciones y estructuras. De ese modo se comunican entre sí. De ese modo se conservan los secretos más guardados bajo la profundidad del océano.
Se han descubierto patrones comunes entre el canto de distintas ballenas, manadas, e incluso, entre generaciones de ellas.
Quiero pensar que la madre ballena le canta a su ballenato la canción de cuna que alguna vez le cantaron a ella. Que a veces varias ballenas se reúnen e improvisan composiciones a ritmo de jazz sobre algunos temas clásicos. O que existe una oda para describir el viaje hacia el sur por el Pacífico cuando el invierno llega a Alaska. Tal vez, en las noches de viaje, las ballenas de mayor edad le cuentan a las jóvenes la leyenda sobre los seres, aparentemente inteligentes y con cierto gusto por la música, que habitan en la extensa superficie de la tierra, al otro lado de la orilla de la playa.
El sonido se transmite mucho mejor en el agua. Es posible “escuchar” el canto de una ballena que se encuentra a cientos de kilómetros de distancia. Una manada escucha una tonada proveniente de muy lejos y la replica para hacerla llegar todavía más lejos. Cada ballena, cada manada, es a la vez emisora, receptora y transmisora de toda la información contenida en ese canto. El mar está lleno de pequeñas vibraciones con su sabiduría.
Las ballenas, por lo tanto, no necesitan Internet.
Tal vez si tenemos mucho que aprender de las ballenas. Y además, tal vez somos los seres humanos los que nos estamos perdiendo de algo.