La escritura que piensa

Existe una relación entre el pensamiento y la escritura. No se cual es. No es fácil de dilucidar. Conforme pienso en opciones para definir o delimitar tal relación aparecen excepciones. Por ejemplo:
La escritura como herramienta del pensamiento. Afirmación demasiado general. Casi todo lo humano es herramienta del pensamiento. Ahora bien, si es herramienta del pensamiento, ¿en qué sentido lo es?
La escritura como expresión del pensamiento. Imposible. El pensamiento es demasiado desordenado, afásico, que no hay manera de que quede representado en un texto. Y vaya que si hay intentos. Intentos por lo demás respetables y que trazan un contorno, un borde. Es decir, el pensamiento no es del todo conciente. Hay aspectos del pensamiento que podríamos denominar inconciente que no es posible representar de manera “manifiesta”. Pienso mucho más de lo que puedo escribir.

La escritura como medio de comunicación. Mal, muy mal. Demasiado general. La mayoría de las palabras escritas no las lee nadie. No podemos confundir la publicación de un texto con la escritura del mismo. Los diarios personales, los apuntes para la clase, son ejemplos de escritura sin fin de publicación.

La escritura como medio para recordar. En un principio —históricamente hablando— así era. Sin embargo, en el acto de escribir hay un fenómeno de estructuración en el flujo de ideas (dicho tentativamente). Es decir, no pienso igual si solo pienso que si pienso y escribo. Cuando escribo mientras pienso, pienso diferente. También escribo diferente. ¿En qué radica esa diferencia?
Antes de continuar, retomemos algunos puntos anteriores. Escribimos para recordar, para plasmar una idea que previamente tenemos definida en nuestra mente, para registrar un acontecimiento, etc. Esos son usos de la escritura. En ellos si cabe ver a la escritura como herramienta del pensamiento. Roland Barthes distinguía al escribano del escritor. Los anteriores son ejemplos de escribanía.

Mi interrogante aquí es sobre la escritura ligada al pensamiento (atención, que ni siquiera he formulado una pregunta). Tengo entendido que esta experiencia sobre el acto de escribir no es desconocida para aquellos que se dedican al oficio de escribir pero tampoco para muchos académicos, investigadores, personas que escriben diarios, etc. Sin ser idéntico, a la escritura que me refiero es la del pintor cuando sin saber en que va a terminar lo que está pintando recorre los caminos que tanto su pensamiento como sus trazos le invitan a recorrer. No estoy hablando tampoco del mero dibujo de imitación o técnico. Estoy hablando del dibujo emanado de los bocetos.

El equivalente del boceto para el lenguaje verbal es el manuscrito. Esa escritura, la del manuscrito, es la que se escapa a una delimitación simple y de primera mano (valga la expresión). Actualmente es difícil llamarla “manuscrito” en tanto que con esta palabra no consideramos la computadora u ordenador sino el lápiz o la pluma estilográfica (incluso yo suelo imaginar una pluma de pato en la mano de Leonardo o Cervantes). Por supuesto es una mera convención porque en ambos casos existe una máquina intermedia entre la escritura misma y la mano, ya sea la pluma o lápiz y la computadora.

(Otro ejemplo podría ser la del músico frente a su piano.)
Recordemos o imaginemos este evento: Estamos ante un problema o una idea. Hacemos una aproximación al problema de manera muy general, bajo los ojos de una mirada que explora o escanea los datos e información que tiene enfrente. Después empezamos a “atacar” el problema. Lanzamos varias hipótesis pensando que tal vez la solución es fácil. Nos damos cuenta que no es así, sin embargo visualizamos rutas que podrían llevarnos a un final que aún desconocemos. Si mantenemos la calma nos percatamos que esas rutas nos pueden llevar a rutas nuevas. Este es un momento clave. Nos sentimos rebasados, desbordados. Interrumpimos para poner en papel el conjunto no definido de elementos que tenemos en la cabeza. Diagrama, postulados, mapa mental, texto, póngasele el nombre que se quiera. Aún no resolvemos nada. Prácticamente, este es apenas el inicio: escribimos.

Ésta es la escritura que se escapa fácilmente a una tipología: la del pensamiento que escribe o la de la escritura que piensa.

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El perseguidor

A veces creo que necesito perseguir una idea.

Tomarme mi tiempo, acecharla y emboscarla.

Concentrarme en ella y nada más que en ella.

Al atraparla, deconstruirla, desensamblarla.

Una vez dominada, soltarla.

Verla libre y dejarla irse. 

Se que algún día volveré a ella.

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El paraguas olvidado de Nietzsche

Ni Charles S. Pierce, Jacques Lacan, Ferdinand de Saussure, o Sócrates —por citar sólo algunos— dejaron obras escritas con sus principales ideas plasmadas en ellas. Los últimos tres deben a sus discípulos o estudiantes la recuperación de su pensamiento. El primero a sus manuscritos.

A Sócrates lo conocemos principalmente a partir de los textos de Platón; él no dejó ni una palabra escrita.

Uno de los libros que marca el nacimiento de la semiótica y el post-modernismo, el Curso de lingüística general, debe su nombre al hecho de que es la recopilación crítica de los apuntes de clase de los alumnos de Saussure.

Si bien Lacan nos dejó algunos textos firmados por él, el corpus principal de su planteamiento sobre el inconciente estructurado como lenguaje está en conferencias, clases y programas de radio.

Pierce dejó cientos de páginas escritas con ideas y disertaciones en sus Cuadernos sobre física, lógica, matemáticas, semiótica, de lo cual la mayoría aún no ha sido publicado.

La labor de los hermenéutas a veces es apoteósica. Incluso para aquellos autores que, si bien publicaron en vida, dejaron una gran cantidad de apuntes y fragmentos dispersos. Tal es el caso de Friederich Nietzsche. La exégesis a veces requiere saber distinguir entre las palabras realmente significativas de aquellas que no lo son. El domicilio de casa de un amigo escrito en el borde de la página, por ejemplo. Sin embargo, en el caso de Nietzsche, cuyo estilo recurre tanto a analogías originales y alegorías simbólicas, distinguir lo significativo de lo que no lo es ha sido tan polémico como su propio pensamiento filosófico.

Para alguien que escribió "Nosotros los incomprensibles pues habitamos siempre más cerca del rayo!" en uno de sus libros publicados (La Gaya Ciencia), es prácticamente imposible saber qué quiso decir con esta anotación aislada en sus manuscritos:

«He olvidado mi paraguas»
¿Era una metáfora refiriéndose a una idea importante? ¿Tal vez una imagen tan reveladora como la del eterno retorno o el superhombre? ¿El incipit de una fábula reveladora? ¿Una cita textual de algún libro que estaba leyendo? ¿El primer verso de un poema que finalmente no le gustó?

¿O será que simplemente quiso decir que había olvidado el paraguas?
(Ésta es sólo la punta del iceberg, les recomiendo leer lo que dice Jacques Derrida al respecto.)

La problemática, como se podrán dar cuenta, tiene muchas vertientes. La más simple es si debe incluirse esta frase en una edición de sus Fragmentos Póstumos o no, cosa que creo es muy sencilla de resolver (recuerdo haber leído en una biblioteca de la universidad una edición bilingüe de los Cuadernos de Leonardo da Vinci en la que no sólo se incluye una transcripción de los manuscritos sino facsímiles de los mismos). La problemática que es crucial para la hermenéutica —y por lo tanto para cualquier lector— es con respecto a los alcances y limitaciones de la interpretación del texto (y, finalmente, a toda interpretación de cualquier signo).

Supongamos que la frase “he olvidado mi paraguas” no signifique nada “filosófico”. ¿Qué nos impide pensar lo mismo con respecto a todo el Zaratustra de la obra nietzscheana?
Nietzsche escribió en Ecce Homo una de esas frases que resultan siempre proféticas por atrevidas, aunque en su momento debió haber sonado un tanto pretenciosa:

«Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos. – Antes de hablar de ellos tocaré la cuestión de si han sido comprendidos o incomprendidos. Lo hago con la negligencia que, de algún modo, resulta apropiada, pues no ha llegado aún el tiempo de hacer esa pregunta. Tampoco para mí mismo ha llegado aún el tiempo, algunos nacen póstumamente. – Algún día se sentirá la necesidad de instituciones en que se viva y se enseñe como yo sé vivir y enseñar; tal vez, incluso, se creen entonces también cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra.»
Y efectivamente, poco más de cien años después hay cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra y el resto de su obra. ¿Y que tal si Nietzsche dejó a propósito la frase “he olvidado mi paraguas” inserta en sus manuscritos con el fin de burlarse de todos sus intérpretes, con el fin de hacer de la interpretación de sus textos una tarea inacabable?
El tiempo y la distancia son implacables con los signos y su significado. Quizás todo escrito esté condenado con los años a un destino similar al del paraguas olvidado de Nietzsche.

El Ojo de Medusa (fragmento)

Fotografía.

Humo de un fuego que consume todas las cosas; sombra de un árbol que ha cambiado; cicatriz de una herida que no recordamos; huella de un Viernes que todavía no nombramos; rostro que no reconocemos; signo afectado por la luz y el tiempo.

Fotografía.

Marca indicial única que refiere un objeto sólo suyo, íntimo, personal, singular. Si la fotografía nombrara, nombraría cada objeto con una nueva palabra. Cada objeto aparecido en la imagen fotográfica es único. Único como cada fotografía. Único como todo oscuro objeto de deseo.

La web existía antes de Internet

Platón sostiene en boca de Sócrates que la escritura provocará el olvido en las almas de quienes aprenden. Ese tema será para Platón, escritor y filósofo, una de las interrogantes que más lo atormentará durante sus últimos años. De hecho, podemos decir que no llegó a una conclusión tajante al respecto. Y si lo hizo, no dejó testimonio por escrito.

«Sócrates: … Pues este descubrimiento [la escritura] provocará el olvido en las almas de quienes aprenden, porque no usarán su memoria y se fiarán de los caracteres escritos externos y no recordarán por ellos mismos. (Platón en Fedro)»

Hoy se me ocurre pensar que tal vez no estaba tan equivocado. Como todos sabemos, después vino la imprenta, y la relación de los seres humanos con la memoria no mejoró mucho.

La gran disyuntiva entre el almacenamiento de información extrasomática (escritura, CD-ROMs, cómics) y la somática (memoria natural) abre un panorama de análisis y reflexión que abarca desde la tradición oral hasta la evolución y sobrevivencia de las civilizaciones, pasando por la poesía, las memex, los dichos populares, y los grandes sistemas educativos. La disyuntiva no es fácil de resolver, y espero que después la podamos abordar.

Antes del uso de la escritura en la vida cotidiana y, por supuesto, mucho antes del nacimiento de la imprenta, los hombres y mujeres usaban su memoria. Se apoyaban en muy diversas artes y técnicas para memorizar discursos de gran extensión. El verso, la musicalización y la repetición, son ejemplo de algunas de estos sistemas. Sin embargo una de las más bellas y efectivas es la de los mapas cognoscitivos (nombre moderno) también conocidos como teatro de las ideas o palacio de la memoria.

La técnica se puede reducir a algo como esto:

  1. Elige un espacio real o crea uno imaginario y visualízalo en tu mente: una casa, un palacio, una galería, un jardín.
  2. Recorre distintas rutas por el espacio elegido mentalmente: cada uno de sus cuartos, recintos, patios…
  3. Asocia a ese espacio los distintos elementos del discurso que tienes que memorizar: se forman lugares-tema.
  4. Recorre nuevamente el espacio virtual que has creado: los lugares-tema.

Esta técnica, ideal para el ya olvidado arte de la oratoria, permite diseñar rutas de recorrido por esos espacios memorizados o mapas cognoscitivos. No es necesario seguir siempre la misma ruta, e incluso es posible la improvisación o la caminata libre: esto evita los discursos o ponencias lineales.

Los estudiantes que se iniciaban en esta técnica usaban como espacios de asociación lugares conocidos, normalmente sus propias residencias. Los maestros de este arte eran capaces de diseñar cual arquitectos grandes palacios donde almacenaban el conjunto de datos, información y conocimientos que acumulaban en su vida.

Me imagino a los maestros de este arte de la memoria llegando a casa después de una larga jornada de trabajo, y a falta de computadora e Internet, entran y recorren estos espacios de información virtuales que su mente ha creado. Navegan una telaraña de información dentro de su propio cerebro por rutas diferentes cada día: la web exisitía antes de Internet.

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