El hombre borroso

Estoy imaginando un mundo que no puedo narrar. Un hombre cuya mente no es decifrable. Puedo describirle en un momento, en un instante, en un corte de tiempo, pero su dinamismo impide fijarlo y entenderlo.

Como intento de descripción fotográfico tendría un retrato que se vería “movido”.

Imagínese, pues, un hombre borroso.

Su entorno parece en menor movimiento. A ratos, tal vez, casi suspendido. Pero al ser un mundo en torno a nuestro personaje, esa detención es muy engañosa. Pura ilusión.

Por limitaciones epistemológicas, la mente busca identificar aquello que permanece, aquello que no contradice al hombre a lo largo del tiempo. Al hombre y a su mundo. Eso de su yo que no deja de ser yo. Le pongo un nombre, le califico. Ese hombre es ahora bueno, malo, listo, torpe, hábil, o lo que vea en él.

Está bien. Sirva ello para poder avanzar en el conocimiento. Sirva, sobre todo como un mecanismo de sobreviviencia en el que mi instinto me obliga a medir el peligro en el otro, determinarlo, almacenar el conocimiento y no perder energía estudiándolo una vez más a cada instante que lo vea.

Esto es, tomé una fotografía de mi personaje en donde sale borroso porque se movió durante el disparo del obturador, con un fondo un poco más claro pero borroso al fin y al cabo, y guardé la impresión en el archivero.

¿Cómo puedo esperar decir que lo conozco si la próxima vez que lo vea uso esa misma fotografía para identificar quien es? Toda identificación, o mejor, todo proceso de identificación es astigmático.