El recién nacido

Después de caminar por horas sin haber visto a nadie —porque esa llanura del lado este nunca ha sido habitada— el encontrarse con un bebé dormido, de unos cuantos meses, solo, en medio de la oscuridad del campo a media noche, y que además musitara su nombre, le aterró muchísimo.

Parecía cosa del diablo. Si bien sólo venía equipado con una linterna de petróleo no alcanzaba a ver a nadie en las cercanías. El bebé era muy pequeño —mantenía sus ojos cerrados como los recién nacidos— y no debería poder hablar. Sin embargo, alcanzaba a escuchar claramente que decía su nombre: “Memo… Memo… Memo… “.

Si en ese momento el bebé se hubiera convertido en un chamuco no le hubiera extrañado para nada.

Conocía muy bien la ruta que caminaba. Estaba a un par de horas a pie de la ranchería de San Juan, y le faltaban otras dos horas para llegar a la ex-Hacienda de Milpa Grande. Por eso se había animado a caminarla nuevamente de noche. Nunca había podido dormir mucho, así que pensó que si avanzaba camino podría estar en la ex-Hacienda de madrugada, dormir un rato, y estar temprano para las labores que los patrones le habían encargado.

Nunca pensó que se encontraría con un recién nacido que sabía su nombre.

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