El rostro de los otros: marcianos que no lo parecen y americanos que no lo son
2012.07.21
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Estados Unidos amanece de luto otra vez. Y por más que se antoja una reflexión al hecho que lo provoca, dejaremos eso para cuando la distancia de los días permita un análisis más profundo. Sin embargo, hay dos mitos altamente relacionados con el país del norte que vale la pena recordar. Mitos con los que nuestra generación creció, la tuya y la mía, nacidos por ahí de finales de los sesenta y principios de los setenta. Digamos, la generación post sesenta y ocho. Dos mitos con los que crecimos. Hubo muchos otros, pero hoy quiero recordar dos mitos y como han venido a transformarse de modo radical en la época actual.

El primer mito nace de los viajes a la luna y al espacio en general. Nuestra infancia creció con la carrera espacial entre soviéticos y norteamericanos, chimpancés héroes y perritas de muerte dramática, hombres mirando un planeta azul a través de una claraboya y astronautas pisando la luna. Eran días en que la tecnología y los avances científicos no estaban al alcance de la mano, en un teléfono inteligente o una computadora de última generación. Nuestra manera de vivir esos avances era por esas historias. Pero también eran días en que cuando te preguntaban de niño qué ibas a ser de grande, la respuesta de quiero ser astronauta no sonaba tan descabellada. Era algo posible. A nuestra generación le hicieron esa promesa que nunca se cumplió. El progreso, la promesa de lo moderno, el futuro. En esa decepción generacional se fundamenta esto que los estudiosos llamaron post-modernidad: las grandes promesas incumplidas. Pero como dicen, esa es otra historia que dejaremos para otro momento.

Junto con esos viajes a la luna con los que seguiremos soñando, estaba el maravilloso mundo de los marcianos y extraterrestres. ¡Uf, cuántas teorías, cuánta ciencia, real y de ficción sobre los marcianos y extraterrestres! Bradbury me viene a la mente. Pero hoy quiero recordar un momento clave de aquel imaginario de infancia y adolescencia. Mientras soñaba con la posibilidad de que nosotros, los terrícolas, humanos, nos encontráramos con otros seres diferentes a nosotros, con diferentes modos de pensar y diferentes costumbres, mientras soñaba con eso, un día leía el ya clásico libro de Cosmos del finado Carl Sagan, maestro de la divulgación científica moderna. Libro que como saben los de nuestra generación se basaba en una serie documental de televisión. El capítulo en especial que recuerdo se llama “Blues para un planeta rojo” y se dedica a analizar con detalle y prodigio narrativo las posibilidades reales de la vida en Marte. Es en ese capítulo donde un día descubrí una posibilidad nunca antes imaginada ni por mí ni por ningún autor de ciencia ficción. Carl Sagan explica que el clima de Marte permitiría que en algún futuro sembráramos algún tipo de alga en los polos marcianos para que generaran oxígeno y por lo tanto una atmósfera, con el tiempo, habitable para los seres humanos. Con esto, Carl Sagan cierra el capítulo diciendo que de ser así nos enfrentaríamos a un escenario inusual, inesperado, porque después de especular tanto sobre los marcianos, en este caso “los marcianos seríamos nosotros mismos”. ¡Cómo me ha dado vueltas esa frase, esa idea! Algo que entendería después en mis clases de filosofía, o más recientemente, en mis clases como psicoterapeuta: ese al que vemos como otro, no es sino yo mismo; el otro siempre es un otro yo.

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El otro mito de nuestra generación, muy post-sesenta y ocho es el que nos hizo tan anti-yankees por muchos años. En una combinación de diferentes factores que van desde una ideología pseudo socialista-comunista, tanto en nuestros gobernantes de aquella época, como en muchos de nuestros maestros en preparatoria y universidad, hasta un resentimiento antiquísimo por la invasión norteamericana de 1914, o la expropiación petrolera con Lázaro Cárdenas, las presiones macarthystas contra movimientos sociales, y ve tu a saber porque otras tantas razones, lo cierto es que nuestra generación creció con un odio-resentimiento-repudio a todo lo que tenía que ver con los Estados Unidos. Un repudio solo en lo políticamente correcto porque la dependencia, siendo vecinos, siempre fue inevitable.

Pero por ejemplo, hablar inglés era mal visto. Decir términos en inglés en medio de una plática o conversación era de muy mal gusto. Nuestros políticos y gobernantes no hablaban en inglés con los gringos en actos públicos. Y lo curioso es que desde la primaria nos enseñaban inglés porque podía sernos útil, aunque por otro lado, nuestros maestros de historia, civismo o sociología se expresaran tan mal de los americanos.

Y que decir de los viajes a Disneylandia, por un lado tan envidiados por los niños pero por otro tan menospreciados por los adultos. Fíjate que conozco gente de mi generación que hasta la fecha le cuesta trabajo aprender el idioma inglés, por más clases que han tomado. Y el bloqueo del idioma viene de sentir culpa, de sentir que traicionan quién sabe que principios sociales, familiares, educativos o hasta patrióticos si hablan en inglés.

Para nuestra generación, hablar mal de los gringos era lo más común. Contar chistes de gringos era de todas las fiestas. Criticar todo lo que hacían, como vivían, su mundo Disney, su falta de historia, su falta de cultura, su andar siempre fachoso, su hippiesmo, su ignorancia del mundo, su falta de interés por aprender otros idiomas…

Pero en los últimos años el cambio de perspectiva sobre este tema ha sido radical. No solo porque ya el presidente Vicente Fox empezó a hablarle a los norteamericanos en su propio idioma, rompiendo así con la idea de un malinchismo mal entendido, sino porque nuestra relación con el país del norte ha cambiado en lo más íntimo y cercano: en nuestras propias familias. Y esto en todos los niveles socioeconómicos y en todas las regiones del país.

En nuestra época, los sesenta, setenta y todavía un poco de los ochentas, los mexicanos se fueron a trabajar del otro lado del río Bravo. Iban y regresaban. Algunos. Muchos se quedaron. Muchos dejaron una familia allá y regresaron con su otra familia aquí. No todos permanecieron indocumentados. Algunos adquirieron la nacionalidad norteamericana. Y lo más importante, una buena cantidad de mexicanos, nacieron en Estados Unidos, con una doble nacionalidad, la mexicana, por ser hijos de padres mexicanos, y la gringa, por nacer en territorio americano.

Hace poco más de seis años, mi hermana y mi cuñado se mudaron a los Estados Unidos, por una promoción de la empresa en que él trabaja. Hace poco más de un año, mi sobrina nació. Americana y mexicana al mismo tiempo. Sobra decir que si de por sí mi modo de ver a los gringos ha cambiado junto con mi generación, ahora más que nunca. No puedo ya permitir que nadie hable mal de los gringos porque ahora están hablando mal de mi familia, de mi sangre.

Dicen los expertos que para el año 2042, en treinta años, los americanos blancos, los gringos güeritos, serán minoría en su propio país. Ya el día de hoy, nacen más afroamericanos, asiáticos, e hispanos, que blancos. Es decir, si tomamos en cuenta a los niños de un año de edad o menos, los blancos ya son menos.

Y es aquí donde estos dos mitos, los marcianos y los americanos se juntan, porque aquella frase de Carl Sagan con respecto a los habitantes del planeta rojo, me da vueltas en la cabeza cuando pienso en el país de las barras y estrellas: los americanos seremos nosotros. Los americanos, ya somos nosotros, los mexicanos.





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