El todo

Siempre hay un riesgo en tratarlo todo como un todo.

Todo lo que podamos decir del todo es una falacia. Hay algo que no es posible incluir dentro de ese gran conjunto. O por lo menos, existen elementos del conjunto que aparecen cercanos a los bordes. A veces incluso en el borde mismo.

Mientras nos mantenemos en el nivel de las categorías, divisiones, clases, especies, grupos, áreas, no hay problema. En tanto haya una categoría junto a la que intentamos definir, siempre existirá la posibilidad de enviar las excepciones al vecindario de al lado.

El conflicto viene cuando queremos crear una categoría de categorías. O una categoría incategorizable porque se contiene a sí misma. Esto no es posible. No hay tal.

En la teoría de conjuntos (esa que es fácil de recordar por aquello de los diagramitas de Venn), los conjuntos están representados por círculos. Mientras nos movemos en ese nivel de abstracción-representación, no hay mucho conflicto: las reglas se aplican y podemos jugar perfectamente con ellas.

Pero mucho cuidado si alguien pregunta ¿y a qué conjunto pertenecen todos los conjuntos? (Los niños y niñas son geniales para esto: ¿y a qué conjunto pertenece el conjunto al que pertenecen todos los conjuntos? Y así ad infinitum.) Para resolver esto, se estableció el concepto de “universo”. Nótese la carga metafísica en la designación de la palabra. Ya lo decía Roland Barthes en “El grado cero de la escritura”:

«…el lenguaje nunca es inocente: las palabras tienen una memoria segunda que se prolonga misteriosamente en medio de las significaciones nuevas.»

Para representar el universo en el sistema de los diagramas de Venn, se utiliza un rectángulo que normalmente intenta abarcar toda la superficie de representación, o dicho de otro modo, el dispositivo de representación. Pizarrón o pintarrón, rotafolio, cuaderno, libro, etc.

Pero no deja de ser la simple representación de un concepto abstracto, de una entidad matemática. El uso de la palabra “universo” no puede ser tomada literalmente. Es un eufemismo para no decir “conjunto de conjuntos” o “todos los conjuntos”. Los matemáticos lo usan para que los niños dejen de hacer preguntas.

(¿Qué le dijo el filósofo al todo? Vamos por partes. Perdón, un mal chiste.)

Así que cuidado con el todo. No nos sirve. Necesitamos distinguir cada uno de los elementos, crear categorías, clasificar, fragmentar, dispersar, constituir series y series de series, descontinuar, describir, volver a describir, deconstruir, singularizar, diferenciar…

En cuanto alguna de esas categorías se nos presente como totalitaria, hay que volver a desensamblarla. Lo conjuntos no deben permanecer mucho tiempo sin subconjuntos. Es como la física cuántica que no deja de descubrir partículas cada vez más pequeñas. (El niño, la niña, preguntan: ¿y de que están hechas las partículas indivisibles?) Las nuevas unidades deben ser desunificadas.

Sería muy fácil decir que esto debe aplicarse a todo, pero esta idea habrá que desmenuzarla un poco más.

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