Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros.

Rumiemos este aforismo. La figura o metáfora del laberinto está demasiado trillada, demasiado gastada. El minotauro incluido. ¿Qué es el laberinto? ¿Es una hermosa metáfora de la que olvidamos su referente? La imagen es demasiado sugestiva pero puede ser poco efectiva.

El laberinto es una estructura de conocimiento, compleja, intrincada, de la cual sabemos que está delimitada, su extensión es finita. El ejercicio de recorrer el laberinto consiste en recorrer la estructura, es decir, leer, releer, pensar y repensar los datos, información y conocimientos sostenidos en la estructura. Una estructura de la cual sólo sabemos que es compleja pero no tenemos un mapa.

Suena a una biblioteca. Tal vez por eso la asociación laberinto=biblioteca es tan fácil.

El laberinto, igual que la estructura, se dobla en sí mismo, es decir, un conocimiento está pegado a otro y un pasillo nos conduce de una información a un dato sin que lo sepamos de antemano. El conocimiento es hipertextual. Hay, entonces, una carga aventurera y romántica en recorrer el laberinto o, su analogía, el conocimiento.

Recorrer el laberinto es pensar (y escribir es una forma de pensar, ¿recuerdan?). Sabemos de antemano que hay un minotauro, un monstruo. Esto no quiere decir que no haya una expectativa sobre él y por ende una sorpresa de encontrarlo: no conocemos su rostro.

Es curioso, el laberinto sostiene y es sostenido por el minotauro. Sin minotauro no hay laberinto. Sin laberinto no hay minotauro. Esta característica del dúo laberinto-minotauro no necesariamente forma parte de la metáfora.

Aceptemos entonces cierta dosis de parecido entre el laberinto y el hecho de recorrerlo con el pensar o la escritura, pero ¿y que representa el minotauro en esta esta metáfora? ¿Los demonios, los monstruos del escritor-pensador? ¿Aquello que verdaderamente va a enfrentar? ¿Qué puede ser eso? Creo que lo que finalmente representa el minotauro no es lo monstruoso, los demonios, o el mal. El minotauro de este aforismo representa lo fantástico. No funciona si al final del laberinto (o del recorrido del laberinto para ser más preciso) nos encontráramos con un hombre malo, demoniaco. Es más, si nos encontráramos con el peor de los villanos, peor que el peor de los minotauros, la metáfora dejaría de funcionar. El minotauro funciona porque representa lo fantástico, lo inesperado, lo impensable. Y no olvidar la carga erótica del minotauro: monstruo al que le entregan vírgenes en sacrificio. El minotauro es entonces un ser fantástico, misterioso y altamente erótico.

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros (y de las vírgenes sacrificadas que suelen acompañarlos).