Hubo una vez un retiro de meditación…

Estupa en Chintamani

«No hay silencio verdadero sino el compartido» Cesare Pavese
Hace ya muchos años hubo una vez un retiro de meditación al que asistí. En él, mientras haciamos una meditación en grupo y con los ojos cerrados, recuerdo cuando sentí a alguien respirando en mi cara, muy cerca de mí. Podía sentir y observar su inhalación y su exhalación. Pero seguí meditando. Poco después descubrí, maravillado y curioso, que ese que respiraba tan cerca de mí era en realidad yo mismo. Y entonces seguí observando… me.

(En ese mismo retiro de varios días, terminé por lo menos con la certeza de que ya había aprendido a sentarme correcta y cómodamente para meditar de modo formal y constante.) Tiempo después, hubo una vez otro retiro en que mientras daba amor incondicional a todos los seres durante una meditación para cultivar emociones positivas, aterrizó en mi piel un mosquito. Imaginar a “todos los seres” la verdad es que no es tan difícil. Ofrecerles “amor incondicional” en la imaginación, tampoco. Pero cuando un mosquito aterriza en tu piel —un mosquito que es parte de todos esos seres— el amor incondicional se materializa en la realidad de tu cuerpo. Me desconocí al darme cuenta de haber cambiado mis ganas instintivas de aplastar al incauto por el ofrecerle mi sangre incondicionalmente.

(En ese mismo retiro, por cierto, terminé con la certeza de que ahora sí ya sabía como sentarme correctamente para meditar.) Hubo una vez otro retiro, no hace mucho, en que mientras meditaba, quieto e inmóvil, a la intemperie en un bello jardín, me percaté del aire. No con mi mente sino con mi cuerpo. Y hubo un momento, breve pero claro, en que les prometo que el aire atravezó mi cuerpo. Y fui aire. O el aire fue en mí. O se cambió, se transformó… o devino.

(Fue en ese retiro por cierto donde salí con la certeza de saber —esta vez sí— cómo sentarme correctamente a meditar.) Ahora, en este último retiro, mientras en una meditación me percataba del agua —en el ambiente, en mi carne, en el cielo, no con mi mente, sino con mi cuerpo— hubo un momento, breve pero claro, en que les prometo que el agua se desbordó de mi cuerpo. Las lágrimas de gozo se confundieron con el agua que hay, que soy, que somos. Y soy agua, o el agua es en mí, se transforma, cambia… En fin, sólo sé que ahora estoy más aguado.

(Y ahora, al final de los días en este retiro, por fin tengo la certeza de que no tengo idea de cómo sentarme para meditar correctamente.) ¿Qué será del retiro del futuro? ¿Qué será mañana? ¿Qué será hoy? ¿Qué es hoy? ¿Qué es aquí y ahora?