La maldición del mono infinito

Escribo esto en un café, directamente en la tableta electrónica. Ya lo he hecho antes, pero es la primera vez que lo hago sin un teclado externo. Escribir en la pantalla, una vez superando algunas cuestiones técnicas es relativamente práctico. Una experiencia distinta. Tal vez la escritura es diferente. Una gran ventaja que no hay que subestimar es la posibilidad de hacerlo sin necesidad de estar en un escritorio. Esto cambia no sólo por cuestiones técnicas y funcionales sino por el contexto que rodea a la escritura y el grado de formalidad de la misma.

Esto es, sentarse en un escritorio, mesa y teclado conlleva cierta formalidad ritual diferente a hacerlo en la tableta. En la tableta me siento mas en contacto directo con el flujo de lo que escribo. En ese sentido no sé si el tono, la voz, el timbre cambian. Como cuando uno escribe en cualquier sistema de mensajería a diferencia de un email o incluso mentalizarse para escribir una carta.

¿Es posible escribir un texto mas largo en este aparato? ¿O en su defecto, mas que la extensión (ya que he escrito cosas largas aquí), contenidos mas intensos, mas desarrollados?

Esto me lleva a otra reflexión. ¿Por qué no publicar inmediatamente entonces, como en los viejos tiempos? Escribía, sentía que algo valía la pena compartirlo aunque no fuera un Shakespeare, y lo publicaba. Los tiempos han cambiado, sin duda. Creo que tal vez nos pusimos demasiado serios con los blogs.

Y con cierta razón: publicar se volvió demasiado fácil en la era de las redes sociales.

Dejamos de jugar a escribir y conversar a distancia para jugar a hacer revistas o columnas o editoriales. El juego cambió de tono.

Es como cuando de niños nos divertíamos como locos con un balón todo deformado y nada más, para luego ponernos serios con las marcas, los uniformes, la medida oficial del campo, los zapatos con tecnología de punta porque si no ya no juego que el futbol es cosa seria.

Parte del juego, cuando los blogs empezaban, era poder escribir y publicar sin intermediarios, jugar a ser escritores y editores. Soñábamos con un mundo en el que todos tuviéramos un blog y compartiéramos nuestras cosas. Yo mismo animaba a todo mundo a escribir y compartir. Y claro, ahora el deseo de que todos nos convertamos en escritores y editores se ha vuelto una pesadilla.

O quizás no una pesadilla, pero sí un futuro que no consideramos: hay demasiado texto allá afuera.

Es como si el teorema del mono infinito se hubiera hecho realidad. Éste plantea que un mono tecleando aleatoriamente texto en una máquina de escribir, eventualmente produciría un Shakespeare. Por supuesto que para llegar a la gran obra literaria antes tendría que producir muchísima basura. Y he ahí la pesadilla. En la era de las redes sociales el mono infinito somos nosotros, todos en internet produciendo basura esperando que surja un Shakespeare.

Y es que desde el punto de vista de los lectores, aquellos que buscamos algo más que chistes, fotos o videos de perritos y gatitos, encontrar textos significativos entre todo lo que produce el mono se ha vuelto una hazaña.

Y claro que podemos hablar de distribución, curaduría, editores, sistemas de calificación y demás, pero todo ello solo suma al argumento porque esos metadatos o metainformación no son sino mas textos. Hemos puesto a otro mono a revisar lo que produce el primero. Nuevo teorema: un mono reseñando al infinito todo lo que otro mono teclea al infinito tarde o temprano descubrirá un Shakespeare.

De ahí que en el acto de publicar, al menos para algunos como el que escribe, se subraye mas el viejo proverbio árabe de si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor cállate.

O actualizado, si lo que vas a publicar no es más bello que un mundo sin Facebook, mejor no le des click al botón de publicar.

Por eso escribir y publicar en la web se ha vuelto un poco serio: hemos dejado a los jugadores de ocasión en las redes sociales. Tal vez como bloguero o bitacorero (¿cómo les llamábamos?) nunca llegue a escribir un Shakespeare, pero por lo menos siento que tengo que cuidar un poco más lo que publico.

En fin, que casi respondo la pregunta en el planteamiento. Estoy escribiendo un texto suficientemente largo como para publicarlo y compartirlo. Y claro, seguir el camino del mono infinito. Así las cosas.