Las gotas de agua pegadas al cristal

Las gotas de agua estaban pegadas al cristal con una firmeza que parecía inamovible. Afuera la lluvia era intensa y la velocidad del vehículo hacía que el paisaje se renovara de súbito, pero por algún fenómeno de aerodinámica e hidráulica que no conocía y difícilmente hubiera podido entender, la superficie de la ventana por la que veía hacia la carretera desde dentro del auto parecía en su propio tiempo y espacio, lejos de la tormenta, los viajes en carro, su mirada curiosa y el movimiento del universo.

“Quisiera ser como esas gotas de agua fijas a la superficie que las sostienen”, pensó.

Al principio, viajar es vivir una aventura cada día. La gente le sigue aún diciendo lo interesante que ha de ser poder vivir viajando. “Pero eso es al principio”, les suele decir, “pero con el paso de los años uno quiere ser como las gotas de agua sobre los cristales laterales de los carros en movimiento los días de lluvia”.

“¿Perdón…?”, le preguntan, sin entender.

“Que después de viajar mucho uno prefiere quedarse en un sólo lugar”, les responde, evitando explicar lo de las gotas de agua.

Era tarde. No faltaba mucho para que el auto en el que viajaba llegara al pueblo siguiente. Dormiría en un pequeño hotel casero en el que había estado hace cerca de diez años, si es que todavía existía.

“Ojalá recorriera uno siempre los mismos sitios”, pensó. “Pero cada vez, cada lugar, es diferente. Ese Heráclito tenía razón: nadie se hospeda dos veces en el mismo hotel”.

Esperaba, sin esperanza alguna, poder volver a ver a la hija de la dueña. Tenía curiosidad por saber qué había sido de ella. La última vez que había estado ahí, ella tendría unos trece años y sólo esa edad y su destino a seguir viajando le impidió enamorase de ella.

Anabel. Ana bella.

Si la veía, iba a ser la tercera vez que se encontraría con ella. La primera, hace poco más de quince años, ella era una niña y él un viajero que había recorrido el país de arriba a abajo y un poco más.

“Aquel día también llovía”, recordaba.

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