Las pérdidas de Lázaro y Kisa
2014.10.05
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Jesús de Nazaret devuelve a la vida a Lázaro diciéndole “¡Lázaro, ven afuera!”. En una primera lectura del evangelio parece una simple historia cuyo objetivo es mostrar la capacidad de hacer milagros del llamado hijo de dios. Revivir a un muerto parece la mejor señal de que este hombre es la palabra, el verbo o el logos, encarnado. En una primera lectura, la resurrección de los muertos es tomada de un modo demasiado literal. Parece la descripción de un hecho y no una mera metáfora.

El misterio sobre este pasaje se acentúa en el hecho de que lo encontramos en el Evangelio más singular del resto, el de Juan. Cómo mero registro, sería extraño que un evento de tal importancia no hubiera sido documentado por el resto de los evangelistas. Juan presenta una narrativa que parece fuera de toda interpretación: la muerte, el sepulcro, la descomposición del cuerpo. Sin embargo, estamos hablando de Juan, el filósofo, que siempre nos sorprende con su narrativa, sus alegorías, y con la posibilidad de múltiples lecturas de sus textos.

Por eso, para un laico al menos, se antoja otra lectura, la de un Lázaro vivo en el sentido biológico del término, pero muerto por no vivir, deprimido. Tal vez incluso la de un hombre que vive entre los muertos: un ser atorado en un duelo no resuelto.

Quien vive en el duelo, no vive. Quien vive cargando con sus muertos vive entre los muertos.

Si la misión de Jesús hubiera sido la de revivir a los muertos en un sentido literal, no solo hubiera dedicado su vida a ello sino su labor continuaría. Pero el mensaje del llamado hijo de dios está más cerca de revivir a los muertos de espíritu.

El milagro de Jesús se puede entonces interpretar de un modo diferente: ayuda a Lázaro a volver a vivir, a dejar su mundo de muertos, del pasado, del dolor y sufrimiento, para regresar al mundo de los vivos, al presente, al aquí y ahora.

“¡Lázaro, ven afuera!”, expresión usada por Jesús en el Evangelio citado, cobra un significado diferente. Es un llamado a vivir.

Kisa Gotami va a ver al Buda. Ha perdido a su único hijo y ha buscado ayuda con desesperación. Su pena es tan grande que raya ya en la locura. Un anciano le ha dicho que el único que la puede ayudar es el Buda, por eso acude a él. El Buda le dice que antes de traer a su niño de vuelta a la vida, ella debe hallar semillas de mostaza provenientes de una familia sin muertos. Kisa se lanza decidida a conseguir el ingrediente de este extraño hechizo, preguntando casa por casa si la muerte no les ha visitado. La respuesta es contundente: en todo hogar ha habido muertes, cercanas, lejanas, traumáticas, sencillas, pero la muerte forma parte de la vida de cada casa.

Ella regresa con el Buda, liberada de su sufrimiento, para agradecerle la revelación de descubrir que no hay hogar libre de mortalidad, así como el duelo que le acompaña, todos pasamos por eso tarde o temprano, y todos podemos superarlo.

El pasaje tiene una primera lectura, muy sencilla, una intervención psicoterapéutica para resolver un duelo.

Sin embargo, mi maestra y guía en temas budistas, Akashavajri, nos da una lectura diferente de este sutra.

Akashavvajri piensa que el Buda sí le devuelve a la madre afligida a su niño. El Buda le devuelve a su arquetipo del niño, el niño que la mujer perdió cuando su hijo biológico muere. Kisa Gotami recupera la infancia perdida, su niño interior.

Esta lectura de Akahshavajri, si bien un tanto jüngiana, me permitió contemplar la posibilidad de más de una lectura de este pasaje.

Kisa, en medio del duelo, ha dejado de ser quien realmente es. La obsesión por revivir a su hijo la ha poseído. La única imagen, el único recuerdo de su hijo está anclado en la falta de aceptación de su muerte. En la cabeza de Kisa, el recuerdo de su hijo vivo ha sido sustituido por la obsesión de un hijo muerto. Para gozar de la memoria de nuestros seres queridos cuando vivían debemos de dejar de recordarlos en un único evento, el de su muerte.

Tanto para Lázaro como para Kisa, la experiencia es liberadora. El duelo nunca es por la pérdida del otro sino por la pérdida del yo.

El duelo no es un proceso en el que tengo que irme adaptando a que el otro se fue. No es sólo aceptar que el otro se fue, o aprender a vivir sin el otro. El duelo es el proceso de adaptarse al yo que se fue, a aceptar que el yo que era ya no es. El duelo de Kisa consiste en liberarse de ese yo que ya no volverá a ser: madre de su hijo.

Lázaro se ha perdido a sí mismo en el pasado, en el mundo muerto, encerrado. Seguir el llamado, “Lázaro, ven afuera”, es volver a la vida.





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