Adios a la familia Kodak; bienvenida la familia Photoshop

Todavía hace cincuenta años o menos, la familia mexicana era una familia nuclear, abuelos, papá, mamá, hijos e hijas, que se iba extendiendo con los matrimonios de estos últimos, y la nueva generación de nietos.

Este paradigma de familia lo podemos ver muy claro más allá de las estadísticas, al revisar el típico cuadro fotográfico en casa de los abuelos, ya sea en alguna mesa o en el álbum familiar.


Pero también lo podemos encontrar en muchos libros. Parte de lo que he estudiado en los últimos años en mi formación como psicoterapeuta, es la descripción de las etapas familiares. Te estoy hablando de libros que se publicaron hace apenas un par de décadas, con base en estudios de por lo menos otro par de décadas. Es decir, estamos leyendo libros sobre la familia que son una fotografía de hace cuarenta o cincuenta años. Una familia que la cultura popular pasó a definir tomando prestado el concepto de una vieja campaña de marketing: la familia Kodak. Es decir, la familia perfecta, cada miembro de la familia en su lugar, guardando su posición y sus funciones. La familia que evolucionaba de ser una pareja heterosexual a ser una familia con hijos, para luego que los hijos se casaran y dejaran a los padres solos, y etcétera, etcétera.

Ahora pensemos en las fotografías de nuestras familias actuales y reflexionemos un poco sobre ellas. ¿Han notado que las fotos colgadas en la pared o puestas en la mesita hay que estarlas cambiando a cada rato? ¿Se han dado cuenta que la foto donde aparecía el marido de la hija la tuvieron que quitar porque ya se divorciaron? ¿O que tuvieron que cortar el retrato familiar de navidad porque Juanito ya cambió otra vez de novia? ¿Quizás incluso hay fotos que todos recuerdan que se tomaron pero que los padres no quisieron imprimir porque les cuesta mucho trabajo aceptar la homosexualidad de uno de sus hijos?
Y por supuesto que siempre estará el Photoshop para estos casos. Y es que la familia actual es muy dinámica, Los hijos que se fueron regresan después de un tiempo, por cuestiones de pareja pero también por cuestiones económicas o para cuidar a los padres, que ahora viven, afortunadamente, hasta los cien años. O los niños, que ya no llegan todos en la misma oleada o se tienen con la misma pareja. Es más común también la adopción.

Y de los variados tipos de familia ya ni hablamos. Como por ejemplo la llamada por los estudiosos de mercados y consumo, familia DINK, que por sus siglas en inglés es "double income no kids". Familias constituidas por una pareja en la que ambos trabajan pero todavía no hay hijos, y cuyo comportamiento ha resultado ser, en términos de consumo, muy diferente al de las demás familias.

Es entonces que en los últimos cincuenta años pasamos del paradigma de la "familia Kodak" al de la "familia Photoshop". Es decir, si en un momento era el cuadro familiar tradicional, padre, madre, hijos, todos como en foto de anuncio de revista, ahora pasamos al de una familia dinámica en la que hay que estar adaptando las fotos familiares, agregando a la foto el recorte de los miembros que no están presentes físicamente en el momento del evento o celebración, o borrando los que han dejando de formar parte de la misma. La familia a dejado de ser una composición estática para pasar a ser un sistema dinámico.

¿Qué tienen en común seres queridos, celebridades y candidatos?

Me encontré con un artículo científico que por primera vez hace un estudio de un tema que puede ser interesante para reflexionar en estos tiempos, y ahora van a ver a que tiempos me refiero.

Richard Harris, psicólogo cognitivo de la Universidad del Estado de Kansas y profesor de psicología, hizo un estudio de nuestra relación con celebridades y figuras públicas, llegando a la conclusión de lo importante que se vuelven éstas en nuestra vida diaria, y por lo tanto, el tipo de reacciones que provocan en nosotros de lo que va pasando en sus vidas.

Pensemos en las reacciones a la boda de una celebridad, o mejor, la muerte de un cantante, actor, escritor… Cualquiera de nosotros puede pensar en alguna muerte de celebridad o figura pública que haya sido impactante. Recientes, por ejemplo, Amy Winehouse, Whitney Houston, Steve Jobs, Carlos Fuentes, qué se yo. Quizás más de alguno se ha preguntado, ¿cómo es que me afecta tanto la muerte de alguien que no conozco a veces más que alguien que si conozco?

Y es que si pensamos simplemente en el tiempo que le dedicamos a relacionarnos con estas personas o personajes, a veces es más que aquellos parientes que vemos solo en las bodas y funerales.

El profesor Richard Harris pone de ejemplo la serie de Friends, que pasó al aire durante diez años. Muchas de nuestras amistades o conocidos duran menos tiempo en nuestras vidas.

Quien escuchó una y otra vez los discos de Amy Winehouse, por ejemplo, es normal que haya sentido su muerte, porque había convivido con ella, bueno, no con ella directamente, pero con sus interpretaciones, y por lo tanto nuestra mente, nuestro cerebro, tenía un lugar para Amy Winehouse igual que el que tiene para la tía Petra.

O por ejemplo, quienes han leído a Carlos Fuentes, en cierto modo escuchaban su voz internamente, la mente construye en el imaginario a un autor.

Con sus variantes, pero lo mismo pasa con un Steve Jobs, por ejemplo, o los personajes de una novela que hemos leído durante varios meses, pero que hemos conocido sus vidas a través de la literatura.

Y bueno, todo esto, además de aclararnos que en la muerte de una celebridad importante para nosotros existe un duelo que hay que superar y es como cualquier otro duelo, está la relación diaria no solo con las celebridades, sino con las figuras públicas.

¿Qué pasa cuando hemos visto o seguido durante tanto tiempo y de modo tan intensa la vida de un candidato? Si congeniamos con sus ideas, sabemos de su vida privada,  pues vamos formando mentalmente a un personaje en nuestro cerebro, es normal que se convierta en casi un pariente para nosotros. O más, si comparamos cuánto hemos convivido con los candidatos a la presidencia estas últimas semanas y cuánto sabemos de ellos, incluso cosas que a lo mejor no quisiéramos saber, hemos convivido con ellos mucho más que a esos parientes que vemos solo en bodas y funerales.

Esto nos puede llevar a entender el porque muchas veces la defensa de las ideas o acciones de un candidato puede ser un tema tan íntimo para las personas. Cuando critiquemos a una figura pública y veamos que alguien es sensible al tema, recordemos que no estamos criticando a un desconocido, sino tal vez al equivalente del tío Pepe de esa persona.

Liga del artículo: Seeking Solace: Celebrity Deaths Often Have Pronounced Effects On Their Audiences.

Tiempos muertos, tiempos vivos

Cómo explicarnos que hace no mucho tiempo había momentos durante el día en que no había nada que hacer. Absolutamente nada. Esos que llamábamos tiempos muertos.

Recordemos, muchas veces esos momentos nos sucedían esperando en la cola del banco, o en una esquina, en el cruce de una calle, mientras llegaba nuestra cita, que a diferencia de ahora, no tenía celular para avisarnos que venía retrasada, por lo que había que esperar y esperar, no fuera a ser que se le hubiera hecho tarde. O esos tiempos muertos afuera del consultorio médico, esperando turno, una vez que agotábamos las revistas viejas para leer que hay en toda sala de espera de consultorio médico. O esos momentos mientras íbamos sentados en el autobús, microbús o metro sin nada que hacer, la mirada perdida por la ventana.

Esos momentos son difíciles de explicar porque ahora son casi nulos. Y si no lo creen, fíjense bien. Cada que tenemos un momento así, ¿qué es lo que hacemos en automático? Sacamos el celular (si no es que ya lo teníamos afuera) y revisamos algo. Llamadas perdidas, mensajes de texto sin contestar, facebook, twitter, un juego pendiente, o hasta una página de internet o artículo que estamos leyendo ahí.

O sacamos el reproductor de mp3 para escuchar música, un podcast, o como tal vez estén haciendo muchos radioescuchas en este momento, a escuchar el radio.

O sacamos, si el lugar lo permite, la tableta electrónica y empezamos a revisar el periódico, el libro que estamos leyendo, en fin.

El colmo, se han fijado cuando va uno a un baño público y tiene que esperar a que se desocupe un WC que de repente se oye el ruido, el sonidito de alguien jugando Angry Birds o algún juego de moda.

O que se ponen a hablar por teléfono mientras están ahí encerrados y uno afuera esperando a que se desocupe. Y pasa en las mejores familias.

Y si no, levanten la vista y vean a los de al lado en el café, en la sala de espera del doctor, o en la cola del banco o trámite que vayan a hacer. Es más, en el conductor de al lado cuando estamos en un embotellamiento. Seguro está texteando.

Esos tiempo que antes considerábamos muertos y servían para estar con nosotros mismos, es decir, sólo con nosotros mismos, sin hacer nada.

Y cuando digo hacer nada es nada de nada, en un estado casi contemplativo, meditativo, son momentos que están desapareciendo poco a poco.

Pareciera que mientras más inteligente es el teléfono celular más tontos nos volvemos. Son tantas las funciones (útiles, por supuesto) con las que contamos en estos aparatos que vamos dependiendo de ellas.

Y claro que son funciones importantes, que nos van poniendo en ciertos ritmos de vida y atendiendo necesidades que se vuelven importantes. Y hay algunos trabajos… un vendedor no puede ya sobrevivir sin un teléfono celular. Con lo difícil que resulta moverse de un lugar a otro en las grandes ciudades, es normal que aprovechemos el celular y nos volvamos más productivos con ellos.

Leer noticias en tiempo real nos ayuda a evitar puntos de tráfico, pero también se nos hace necesario para sobrevivir a una convención social de saber qué está pasando con el fin de sostener una conversación.

Porque es importante decirlo una y otra vez. No estoy diciendo que el nuevo modo de vida sea malo, simplemente que entre las cosas que se pierden hay una que extraño.

Son esos tiempos muertos que solían estar llenos de vida, de recuerdos, de inspiraciones, de ideas, de trances, delirios, disertaciones, divagaciones, epifanías…
Si ahora cada uno de esos tiempos en los que sería posible, por que no decirlo, un espacio para la poesía, para el momento poético. Si ahora en lugar de eso reviso ya por hábito y en automático mi celular con todas las razones y opciones por las cuales puedo revisarlo, el momento poético estaría extinguiéndose.

Por eso, ojo, el próximo tiempo muerto que tengamos, antes de sacar el celular, el mp3, iPad o similar, tratemos de transformar ese tiempo muerto en un tiempo vivo y hagamos una pausa para no hacer nada.