Legión

Es el instinto de sobrevivencia de la especie recapitulado en el individuo el que hace nacer al yo. Un yo es necesario para sobrevivir.

¿Qué es el yo? Yo: identidades reconocidas entre la memoria y el conocimiento. Esto que hago, de este modo que reacciono es como soy yo porque ya lo he hecho en otras ocasiones. Identifico un momento frente al otro y lo nombro. Construyo una identidad. Forjo un nuevo recuerdo al que acudiré otra vez ante conocimientos inéditos. La identidad se identifica a sí misma en tautologías interminables.
Pero, ¿por qué tendría ese yo que ser igual a este yo?
El yo es demasiado necesario que es difícil pensar en otra forma de existencia.

El esquizofrénico es un yo partido, decimos. Un yo fragmentado, partido en pedazos. Pero, ¿y si nunca hubo un yo? ¿Y si no son fragmentos de algo que fue sino multiplicidades perennes?
¿Y si el estado natural del individuo fuera el múltiple, el molecular, el caos, parte de otra estructura, la especie, igualmente caótica, múltiple y molecular? ¿Y si el esfuerzo versus entropía fuera el mantener unidos las multiplicidades construyendo un yo?
Soy legión antes que ser yo.

O, porque soy legión puedo ser yo.

Babel

Los recuerdos son una forma de olvido. Recordamos, construimos historias de nuestro pasado para darles una forma definitiva con la cual podamos archivarlas.

La verdadera memoria es caótica, dinámica, un proceso continuo de significaciones, resignificaciones y contra significaciones. La memoria es como un mercado, bazar o tianguis en la calle de una gran ciudad frontera: decenas de comerciantes y marchantes hablando al mismo tiempo sobre miles de mercancías, debatiendo sobre valores y precios, en diferentes idiomas, dialectos o caló. La memoria es un Babel que no termina.

Pero algo necesitamos reestructurar de todo ese caos para poder mantener un orden. Lo que llamamos comúnmente memoria es un mero ejercicio de mnemotecnia, de indexación. Cada que quisiéramos recordar algo tendríamos que hacer un gran esfuerzo por armar el rompecabezas de nuestro pasado. Por una economía de la mente o la conciencia, si lo hacemos una vez no lo volvemos a hacer otra. Por eso, una vez armado el recuerdo lo mantenemos así, igual. Fotografía en álbum familiar. "Así lo recuerdo, así pasó, ya no voy a cambiar ni a cuestionar nada", decimos.

Ser escritura

Quiero ser escritura. No, no quiero escribir, quiero que lo que soy sea escritura.

Mi caminar, por ejemplo, ya es escritura: deja un rastro.

Me encantaría que todo lo que hago dejara algún tipo de registro que finalmente fuera una escritura viviente.

El hombre borroso

Estoy imaginando un mundo que no puedo narrar. Un hombre cuya mente no es decifrable. Puedo describirle en un momento, en un instante, en un corte de tiempo, pero su dinamismo impide fijarlo y entenderlo.

Como intento de descripción fotográfico tendría un retrato que se vería "movido".

Imagínese, pues, un hombre borroso.

Su entorno parece en menor movimiento. A ratos, tal vez, casi suspendido. Pero al ser un mundo en torno a nuestro personaje, esa detención es muy engañosa. Pura ilusión.

Por limitaciones epistemológicas, la mente busca identificar aquello que permanece, aquello que no contradice al hombre a lo largo del tiempo. Al hombre y a su mundo. Eso de su yo que no deja de ser yo. Le pongo un nombre, le califico. Ese hombre es ahora bueno, malo, listo, torpe, hábil, o lo que vea en él.

Está bien. Sirva ello para poder avanzar en el conocimiento. Sirva, sobre todo como un mecanismo de sobreviviencia en el que mi instinto me obliga a medir el peligro en el otro, determinarlo, almacenar el conocimiento y no perder energía estudiándolo una vez más a cada
instante que lo vea.

Esto es, tomé una fotografía de mi personaje en donde sale borroso porque se movió durante el disparo del obturador, con un fondo un poco más claro pero borroso al fin y al cabo, y guardé la impresión en el archivero.

¿Cómo puedo esperar decir que lo conozco si la próxima vez que lo vea uso esa misma fotografía para identificar quien es?
Toda identificación, o mejor, todo proceso de identificación es astigmático.

Mi voz ha cambiado

Mi voz ha cambiado. La he escuchado diferente esta mañana. Creo que las cuerdas vocales a veces se tensan de más, a veces casi se revientan.

Por momentos creo que se oye más profunda, como si hubiera madurado.Pero a ratos es al revés: el niño que dejé de ser regresa a pronunciar un ritornelo.

Lo cierto es que no soy el mismo. Nunca se es es el mismo siempre. El trabajo formal de cuello blanco, los números, reportes y estadísticas, los horarios en punto, la bitácora y moleskine que quedan tan lejos,
esas charlas hasta altas horas que se han perdido. Todo eso daña las cuerdas del instrumento.

Aunque por otra parte, la vida en pareja, ella, los besos de mañana, las risas y pleitos de los diálogos apasionados, sus preguntas atentas, mi neurosis que se transparenta ante su querencia, el amor o como lo llamen, el sentirse más vivo. Todo eso saca de la voz al niño feliz que llevo dentro.

Mi voz ha cambiado. Eso es un hecho.