El escriba de los mil rostros

¿Quién soy yo? Soy el escriba, el escribiente. Soy quien espera sus últimas palabras. Soy el que escribe siempre parafraseando a los otros, a los que he leído, a los que he escuchado. Soy una hoja en blanco que espera el rastro de tinta sobre su piel. Soy la pluma, el lápiz, la plumilla, el bolígrafo, el teclado. Soy la palabra, soy la frase.

Soy quien piensa que todo texto puede ser escrito, reescrito, editado, retocado. “No tocar” dice en los museos. “No rayar” dice en los libros de modo latente a través de los maestros de escuela y los abuelos de la familia. “¿Y por qué?” pregunta el inocente, el filósofo. Los museos deberían ser para tocar o no ser. Los libros, los textos, deberían ser para rayar, sobrescribir, subrayar, tachar, completar, o no ser. ¿Para que ser si no se puede dejar de ser?
Soy quien escribe y no puede dejar de preguntarse por qué escribe. Soy quien escribe y se pregunta cómo escribe. Soy quien escribe y se pregunta quién escribe.

Soy el escritor que no lee. Soy el escritor que le interesa más la escritura que la lectura. Ni siquiera me leo a mí mismo. Mi trabajo ideal es escribir y enviar por correo mis textos a un editor o agente que reciba y publique. Dejemos a él la labor de leer, releer, editar, corregir y demás pasos que impliquen la lectura. A mi me interesa solo escribir. Si Borges se consideraba un buen lector muy por encima de ser un escritor, yo soy el opuesto del escritor borgiano.

Soy el escritor que antes de escribir, lee. Como Aquiles en carrera contra la tortuga, nunca llegaré a la meta del texto escrito porque antes que escribir siempre habrá algo para leer. Soy un lector que de vez en vez intenta dejar de serlo escribiendo.

Soy el que escribe sin escribir. El que planea toda su vida escribir una novela, un ensayo, un libro, y termina siempre escribiendo que lo va a escribir pero no lo escribe. Soy el que escribe índices, el que escribe escaletas, el que apunta frases, hace listas, registra personajes, apunta lugares, toma nota de ideas. Pero definitivamente nunca escribirá ese texto al que apuntan todos los planes.

Soy el escribiente lector. Soy el que no puede dejar de leer ninguna línea, incluidas sus propias líneas. Apenas termino de escribir una frase, un grupo de palabras, éstas me hechizan y me hacen leerlas. Las leo una y otra vez. Las pienso, las medito. A veces incluso corrijo. Al final, lo que escribo es mucho menos que lo que leo. Mi producción es lenta. Me cuesta trabajo avanzar en mis oraciones sin regresar a ellas como lector.

Soy el reescritor. Debería de hecho diferenciarse claramente a un escritor de un reescritor. Los reescritores no dejamos de corregirnos, de extendernos, de ampliarnos, de recortar, de resumir, de acomodar mejor nuestras palabras, de sacar uno y otro borrador sobre el mismo tema.

Soy escritor de un solo texto. Empezó con mis primeras letras hace ya una vida. Terminará con mis últimas palabras. No hay partes, no hay capítulos, no hay artículos, ensayos, cuentos independientes. Todo lo que he escrito es único e indivisible. De publicarse tendría que ser una enciclopedia. Habría que incluir exámenes y trabajos escolares, memos y actas del trabajo, cartas y recados. Ese será mi testimonio.

Soy el fragmentario. Cada pausa entre párrafos, cada cambio de página, cada ligero cambio en la historia narrada o en la idea expuesta, es para mí un texto diferente. No soy el mismo de ayer ni el mismo de hace un minuto. No seré yo idéntico al yo de mi futuro. Cada uno de los fragmentos que escribo pertenece a diferentes personas, son de autores independientes. Por lo tanto son textos sueltos, cada uno único e irrepetible.

Soy el escritor neurótico. Escribir es lo mejor y peor que me puede pasar. Vivo obligado a satisfacer un placer que reniego como mío plenamente. Creo que de algún modo este don me ha sido dado y con el su sino, su castigo. Es doloroso escribir pero vale la pena.

Soy el escritor erótico. No me cuestiono la escritura, simplemente la disfruto. Me llena, Cuando me doy cuenta ya estoy sintiendo y gozando las palabras que se rozan unas a otras para formar pequeños orgasmos que llevan a grandes clímax. Y luego otra vez, gustoso, vuelvo a escribir.

Soy un escritor aislado. Escribo para mí y yo soy mi primer y último lector. La publicación o el dar a conocer un texto es un mero accidente. Cuando escribo no pienso en eso. A veces ni siquiera pienso en ello cuando el texto está terminado. Simplemente un día alguien me pregunta sobre algo o me requiere algún material sobre algún tema o género. Si lo tengo se lo doy. No me importa que alguien más me lea pero no es mi interés.

Soy un lector que no puede dejar pasar una frase sin leerla en voz alta al amigo o a la amante. Escribir es comunicar, ¿sino, para qué? Doy a leer mis borradores, mis primeras versiones, busco la más amplia audiencia de lectores. Me interesa mucho su opinión, sus comentarios. Escribo para los demás.

Escribir no es para mí, comunicar. Es registrar, es dar seguimiento al pensamiento e impulsarlo. Escribir está más cercano al cálculo: requiere de un pizarrón de apoyo. No creo en el poder de comunicación del texto. Eso no es para mí.

Toda escritura es para comunicar. Toda escritura tiene un lector ideal o imaginario en la mente de quien escribe. Yo soy el escritor que tiene presente todo el tiempo a sus lectores. Desde una carta hasta un libro filosófico, todos tienen un lector a quien van dirigidos.

No soy un escritor, soy los escritores: mi nombre es legión.

Un ángel en el café de la Calle Doce

No podía dejar de mirarla mientras se desnudaba ahí frente a todos los asiduos al café de la Calle Doce. Todos creo, mirábamos perplejos, como intentando comprender por qué se estaba quitando la ropa. Nadie se lo impedía. Los meseros estaban tan perplejos como el resto. Esperábamos algo. No sé, que mostrara que tenía algún bicho metido entre la ropa o que estaba bromeando o que había una cámara de televisión escondida o por lo menos algún signo de locura demencial que nos diera la tranquilidad de saber qué estaba sucediendo.

Pero esa perplejidad pasó a segundo término cuando empezamos a ver su piel y su cuerpo. Pasamos a la contemplación. Hombres y mujeres por igual ¡Qué belleza! Era como un ángel con dotes eróticas. Ya no importaban las razones, todos sentíamos como si hubiera que aprovechar la oportunidad de ver ese cuerpo porque es de esos fenómenos divinos (como dar a luz un bebé, los eclipses, las puestas de sol o los rompe olas en los despeñaderos al lado del mar) que cuando nos toca (porque literalmente sentimos que nos toca con sus dedos) ver uno hay que guardar silencio y disfrutarlos.

Una vez desnuda, el ángel hizo una ligera pausa, tomó toda su ropa del suelo y hecho a correr hacia afuera del café. Nadie se inmutó. Poco a poco empezamos a hablar y el murmullo del lugar regresó a su estado normal.

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Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros.

Rumiemos este aforismo. La figura o metáfora del laberinto está demasiado trillada, demasiado gastada. El minotauro incluido. ¿Qué es el laberinto? ¿Es una hermosa metáfora de la que olvidamos su referente? La imagen es demasiado sugestiva pero puede ser poco efectiva.

El laberinto es una estructura de conocimiento, compleja, intrincada, de la cual sabemos que está delimitada, su extensión es finita. El ejercicio de recorrer el laberinto consiste en recorrer la estructura, es decir, leer, releer, pensar y repensar los datos, información y conocimientos sostenidos en la estructura. Una estructura de la cual sólo sabemos que es compleja pero no tenemos un mapa.

Suena a una biblioteca. Tal vez por eso la asociación laberinto=biblioteca es tan fácil.

El laberinto, igual que la estructura, se dobla en sí mismo, es decir, un conocimiento está pegado a otro y un pasillo nos conduce de una información a un dato sin que lo sepamos de antemano. El conocimiento es hipertextual. Hay, entonces, una carga aventurera y romántica en recorrer el laberinto o, su analogía, el conocimiento.

Recorrer el laberinto es pensar (y escribir es una forma de pensar, ¿recuerdan?). Sabemos de antemano que hay un minotauro, un monstruo. Esto no quiere decir que no haya una expectativa sobre él y por ende una sorpresa de encontrarlo: no conocemos su rostro.

Es curioso, el laberinto sostiene y es sostenido por el minotauro. Sin minotauro no hay laberinto. Sin laberinto no hay minotauro. Esta característica del dúo laberinto-minotauro no necesariamente forma parte de la metáfora.

Aceptemos entonces cierta dosis de parecido entre el laberinto y el hecho de recorrerlo con el pensar o la escritura, pero ¿y que representa el minotauro en esta esta metáfora? ¿Los demonios, los monstruos del escritor-pensador? ¿Aquello que verdaderamente va a enfrentar? ¿Qué puede ser eso?
Creo que lo que finalmente representa el minotauro no es lo monstruoso, los demonios, o el mal. El minotauro de este aforismo representa lo fantástico. No funciona si al final del laberinto (o del recorrido del laberinto para ser más preciso) nos encontráramos con un hombre malo, demoniaco. Es más, si nos encontráramos con el peor de los villanos, peor que el peor de los minotauros, la metáfora dejaría de funcionar. El minotauro funciona porque representa lo fantástico, lo inesperado, lo impensable. Y no olvidar la carga erótica del minotauro: monstruo al que le entregan vírgenes en sacrificio. El minotauro es entonces un ser fantástico, misterioso y altamente erótico.

Escribir es recorrer laberintos en busca de minotauros (y de las vírgenes sacrificadas que suelen acompañarlos).

Inventario perdido

Hay una digresión dando vueltas sobre sí misma dentro de la caja de zapatos habilitada para las ideas sueltas.

Hay una teoría casi terminada sobre una tarjeta blanca del fichero que perdí una tarde con la mudanza.

Un pensamiento —o su inicio, no recuerdo— está esbozado en una servilleta del viejo restaurante donde comía con mi amigo ahora muerto.

Hay un modelo —algo feo, lo acepto— trazado en esa hoja de papel cebolla que me hizo llorar antes que se la llevara el barrendero.

En no sé que página de la moleskine de hace dos años hay un aforismo sobre lo terrible que es ver de noche a los elefantes del circo.

En el blog —creo que es ahí— hay un soneto que dejé como borrador por falta de métrica.

En el recoveco de mis pudores hay un sueño erótico que nunca será publicado porque no me atreví a registrarlo.

Muy cerca, abajo a la derecha, está un panfleto que tampoco escribí porque mi cabeza no se atrevió a pensarlo.

Un día lleno de intensidades, tuve mil conceptos atados a cada uno de mis respiros, pero un asma repentina los detuvo todos de golpe. Todavía los siento en mis pulmones.

En alguna playa está trazada la ruta de mis reflexiones sobre los marinos sedentarios. Tal vez una ballena suicida ya borró las huellas de mis pasos.

Y por si fuera poco, hay una lista —en algún lado, en alguna parte en donde he estado— con un largo inventario de pérdidas previas a éstas: ¡es tan poco lo escrito y tanto lo pensado!

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