De lexias, mecanografías y palimpsestos

Lexia. Antes era la hoja de papel en blanco. Ahora es la pantalla en blanco. Incluso, a veces, es sólo un fragmento de esa pantalla.

Negro, blanco, cuadriculado o rayado, el espacio de lectura/escritura requiere de bordes que detengan a la mirada de nuestro pensamiento de empezar una lectura/escritura sin fin.

Una hoja de papel sin bordes, un monitor sin marco: leer o escribir ahí sería sinónimo de muerte.

Mecanografía. Antes era la tinta. Ahora son los pixeles. A veces esos pixeles se vuelven tinta. Pero ya no son una vez sino múltiples veces: el original a desaparecido.

Toda escritura es mecanográfica: hasta la pluma del ganso es una máquina. (O los dedos de la mano, si se les usa con cuidado.)
Otras lexias. Antes eran los pies de página o la bibliografía de referencia. Ahora son los hipervínculos.

Palimpsesto. Antes los borrones, tachaduras y correcciones quedaban registrados. Ahora desaparecen como si nunca hubieran existido. El camino que nos trajo aquí no existe porque hemos perdido el rastro que dejaron nuestros pasos.

Tú, lector, no sabrás nunca cómo llegue a estas palabras. Yo, escritor, acabaré olvidándolo.

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La termita

Descubrí una maldita termita alojada en una taza de madera que alguien me regaló y usaba de portalápices. El insecto la estaba devorando con gusto y yo no me había dado cuenta.

La he matado, por supuesto. Ahora tendré que revisar papeles y muebles de madera; estar atento a la posibilidad de que una de sus consanguíneas siga por ahí dando lata; poner insecticidas o trampas para termitas (¿qué se usa en estos casos?). Tengo dos paredes de librero que pueden ser un agasajo para estos animalillos. Además, entre lo archivado están manuscritos invaluables para mí y deliciosos para ellas.

Ahora nos preocupamos por los virus informáticos, pero estos seres no son muy diferentes. Por lo menos me provocan la misma sensación: ver hechas polvo las palabras que leo y escribo.

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Pasos de paloma: una vieja manera de hacer viajar al pensamiento

Hegel es el último filósofo sistemático. Es decir, el intento por construir un pensamiento filosófico que contestara todas las preguntas, o al menos orientara el camino para responderlas. Friederich Nietzsche es el primer filósofo que critica todo sistema. De hecho, renuncia él mismo a construir uno. Su filosofía, como la de Platón, comparte territorios con la narrativa, la literatura, la música y la poesía.

Nietzsche va de lo fragmentario a lo aforístico; de la autorreferencia a lo hipertextual; de un ligero cambio de opinión hasta la contradicción absoluta; de un pensamiento pequeño y profundo hasta la “idea más alta”; del apunte al margen de su diario hasta el “libro para todos y para nadie”.

En muy pocos temas y para muy pocos genios, la mera especulación es permisible. Nietzsche es uno de esos genios que se dedicó a uno de esos temas.

El siguiente aforismo lo tengo subrayado en mi ejemplar de Así habló Zaratustra desde la primera vez que lo leí. Todavía suelo darle vueltas y vueltas en mi cabeza. Tal vez es el aforismo el que me da vueltas. Lo cierto es que cada vez que lo leo me revela algo diferente.

En los últimos años he llegado a pensar que en este aforismo se encierra uno de los principios fundamentales de las sociedades organizadas en redes y de la autorreplicación de la información (las memes, Internet):

«Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensamientos que caminan con pasos de paloma dirigen el mundo.»

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El traje nuevo del emperador: ¿cuento o falacia?

El cuento “El traje nuevo del emperador” de Hans Christian Andersen ha sido explotado como alegoría política hasta el cansancio. Representa a la autoridad necia y estúpida; al pueblo, gente o sociedad que se deja llevar por lo que dicen los demás; a los políticos, burócratas o líderes que prefieren sostener una mentira antes de ser considerados tontos; a una combinación cruzada entre los sujetos y predicados de los enunciados anteriores.

Su uso como metáfora es sumamente eficaz para exponer una idea (todos conocen la historia), desacreditar a los interlocutores (son idiotas porque ven un traje donde no lo hay), y revelar la gran mentira: el traje nuevo del emperador no existe.

Pero, ¿no será que nos precipitamos en la retórica del discurso sin poner mayor atención al traje nuevo del emperador? ¿Y si Andersen nos ha engañado a todos y el traje realmente existe?
Lamento que un cuento tan bello sea usado de manera tan impune. En la historia original, a todos les da pena admitir que son estúpidos, por eso mienten. La mentira se vuelve colectiva por el efecto “de boca en boca” —como virus en la jerga de la memética— hasta que nadie quiere admitir que no ve la tela mágica. Ganan los sastres estafadores, que por otra parte no querían demostrar nada, sólo buscaban ganar dinero.

Me parece percibir una trampa en la lectura del texto y a la cual le corresponde una trampa equivalente cuando se usa el cuento en el discurso mediático.

“El traje nuevo del emperador” está escrito desde una mirada omnipresente y omnisapiente. El escritor lo ve todo y lo sabe todo. El lector se vuelve cómplice de ello. El lector, en cuanto se da cuenta del engaño, piensa, junto con el narrador, “¡qué estúpidos son todos!”. “¡No se dan cuenta que no existe tal tela!”. Esto es fácil para el lector porque conoce toda la historia.

Si en lugar de una narración tradicional leyéramos la misma historia desde el punto de vista de alguno de los personajes, conociéramos su vida y razones, y nos identificáramos con él antes de llegar al episodio en donde tiene que dar su opinión sobre el traje nuevo de su majestad, tal vez no pensáramos lo mismo. Es más, al final de la historia tal vez nosotros mismos nos sentiríamos idiotas. Reconocimiento imposible bajo la pluma del escritor danés.

En la retórica del discurso, el expositor usa la metáfora del cuento. Dice, sin dar mayor explicación, que hay algo que la mayoría ha tomado como una verdad y en realidad es mentira. Que si ha sucedido de ese modo es porque los estúpidos no quieren aceptar la verdad. Sólo los inteligentes se atreven a decir que el emperador no trae puesto nada encima.

A estas alturas el expositor ya se ha valido de dos falacias. Por un lado, distrae nuestra atención con aquello de “tonto el que no entienda”, para no dar razones, argumentos o pruebas de la mencionada inexistencia del traje nuevo. No debemos cuestionar esto porque no queremos parecer tontos, ¿verdad? Y por otra parte, el expositor se ha calificado a sí mismo como inteligente porque él si es capaz de ver desnudo al emperador.

De modo que ya son varias las verdades que tenemos que dar por ciertas: el que usa la “metáfora Andersen” es inteligente; el nuevo traje no existe; todos los que digan que sí lo ven, son tontos.

En el cuento, lo que he llamado trampa, es un recurso literario. La retórica del discurso es eso, literaria.

Al usar el cuento como metáfora o alegoría de un hecho político-social, lo que era recurso literario se vuelve una trampa sofística. Es una vil falacia. La retórica de este discurso es política.

Como lector del cuento debería preguntar: ¿y cómo sabe el tal Andersen eso del traje? ¿Estará el autor diciendo la verdad? ¿No será que el estafador es él? ¿No será que me quiere hacer tonto diciéndome que si no estoy de acuerdo con él soy estúpido? ¿Dónde puedo conseguir más datos? ¿Puedo consultar los periódicos de la época en la hemeroteca? ¿Los estafadores mencionados tienen antecedentes? ¿Se envió una muestra de tela al laboratorio?
¡Claro que no acostumbro hacer esas preguntas! Porque es un cuento. Me amargaría la vida si hiciera eso con todos los cuentos que leo.

Pero como lector de un discurso político, noticioso, periodístico o mediático en general si tengo que hacerme esas preguntas. Esos no son cuentos.

La próxima vez que alguien les diga que “tal cosa”, “tal decir”, “fulano de tal”, es como el traje nuevo del emperador, piénsenlo dos veces: tal vez si hay traje y los tontos son los que le creen al que cuenta el cuento.