La imagen mordió mi brazo

La imagen mordió mi brazo y se metió por debajo de la piel como un escarabajo. Al principio solo sentía comezón en la epidermis y me rascaba, pero las células muertas y las palabras viejas caían como polvo al piso.

Después sentí que se movió, como queriendo recorrerme a través del mundo clandestino de mis entrañas. La sentía caminando por el estómago con sus patitas pequeñitas, casi arrastrándose. En mis intestinos se comió todas las groserías y malas palabras que me sabía. Las tenía guardadas en lo más profundo para que nadie me las quitara. Y ya ven, engordaron a la imagen.

Mientras excavaba mis piernas perdí al tiempo. Yo no lo sabía, pero en ellas radican los pasos y las secuencias. Sin tiempo, intentaba narrar una historia y no podía: decía primero el final y luego el título.

Lo peor fue cuando la imagen llegó al cerebro. Al principio, parecía perderse en ese laberinto de neuronas sin poder escapar. Pensé que tal vez ocuparía el lugar de un recuerdo efímero. Siendo así la hubiera borrado después con una esponja. Pero no. Buscó mis palabras más hermosas, mordisqueó el latín y los aforismos de Nietzsche. No dejó mayor cosa de Góngora. Revolvió significados y vomitó signos vacíos.

Me creí perdido cuando la imagen-escarabajo se aproximó a mis ojos. La sentí saborear mi humor vítreo y el acuoso. Carcomer mi pupila, conos y bastones. No dejó nada. Si hubiera tenido con que pensar, hubiera pensado que estaba yo muerto. Pero extrañamente empecé a ver todo con otros ojos. O mejor dicho, a través de los ojos de esta imagen-escarabajo.

Mi cerebro tuvo que volver a aprender la gramática y el subjuntivo. Mis piernas gatearon otra vez para luego caminar. El tiempo regresó con ellas. Nuevas palabras crecieron junto a la flora intestinal.

Era otro. Cambió mi manera de ver el mundo y empecé a conocer el universo desde cero.

La imagen sigue ahí, hasta donde recuerdo.

*

Joseph Conrad: La paradoja del marino sedentario

No cabe la menor duda de existen tantas versiones de un libro como lectores del mismo. Se celebran los cien años de la publicación de El corazón de las tinieblas y leo algunos ensayos en El País. ¡Caray!, cada quién ha leído un libro diferente. Y por supuesto yo he leído a otro Conrad.

Siempre me ha parecido un tremendo acto de egoísmo menospreciar la representación de una novela en el cine o en cualquier otro medio. Desde las críticas que consideran que “el libro es mucho mejor que la película” o que “la película se queda corta” hasta aquellas que parten del principio erróneo de la no arbitrariedad del signo diciendo “el director utiliza la trama pero deja a un lado la reflexión filosófica” o “la lectura que hace de la historia es muy superficial“.

De si un libro es mejor que su película ya he escrito al respecto antes. Sobre la lectura que cada quién puede tener de un texto hay que poner algunos puntos sobre las íes. La lectura de Coppola es distinta de la de Orson Wells. Y la de ellos dos a la de los críticos literarios. Y la de los literarios a su vez de la de los cinéfilos. A estas alturas debería ser bastante obvio que nunca nadie va a leer lo mismo que el otro. Ni siquiera ese otro que uno ha sido y no volverá a ser.

Inicié la lectura de El Corazón de las Tinieblas a finales de los ochentas, todavía en tierra. La terminé de leer en altamar a principios de los noventas (algún día voy a dar un curso de lectura lenta, I promise). Terminada mi lectura –ni más ni menos válida que cualquier otra sino simplemente mía– llegué a la conclusión de que no hay escritor que conozca y entienda mejor los secretos del océano y a los hombres que “siguen el mar” que Joseph Conrad.

Cuando la novela todavía navega en el Nellie y éste sobre el estuario del Támesis, Conrad escribe lo que en ese entonces creí una contradicción provocativa: “la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria“. ¿Cómo se le ocurre decir que los marinos, encarnación del movimiento, sean sedentarios? Mi cabeza –que en ese entonces creía que dios no juega a los dados– no alcanzaba a comprender lo que este escritor inglés de origen polaco intentaba expresar.

Tuvieron que pasar algunos años para entender el sentido de sus palabras. Me embarqué en el crucero Sky Princess una noche de diciembre de 1990. Entre las pocas cosas que llevaba en mi maleta (para no olvidar mis orígenes literarios y filosóficos) estaba el ejemplar de El Corazón de las Tinieblas en una edición prologada por Borges.

Al llegar al barco pensé que sería tragado por el vertiginoso remolino del cambio; de los diferentes puertos y diferentes países; de los rostros difíciles de descifrar por estar escritos en idiomas extranjeros; de la penumbra en las tabernas bebiendo el ron y la nostalgia; de todos los granos de arena que se incrustan en la planta desnuda de los pies; del recuerdo de una sirena que bajo la luz de un farol en una noche de invierno me dijo “no te vayas”…
Pero con el tiempo descubrí que el barco en realidad no se movía. La nave era un centro inmutable. Eran los puertos, las costas, las planicies, los recuerdos, las sirenas y los archipiélagos los que pasaban delante de nosotros. Y el mar de noche. ¡Ah!, el mar en tinieblas. Saber que en medio de la oscuridad Él está ahí, susurrando y al acecho.

Por supuesto, terminé de leer a Conrad. Él y Marlow fueron mis guías en alta mar. Y el texto –aquél que para un simple hombre de tierra era paradójico– tuvo sentido entonces:

«…la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar –el barco– va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es muy parecido a otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de cuanto los circunda, las costas extranjeras, los rostros extranjeros, la variable inmensidad de vida se desliza imperceptiblemente, velada, no por un sentimiento de misterio, sino por una ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que nada resulta misterioso para el marino a no ser la mar misma, la amante de su existencia, tan inescrutable como el destino. Por lo demás, después de sus horas de trabajo, un paseo ocasional, o una borrachera ocasional en tierra firme, bastan para revelarle los secretos de todo un continente, y por lo general decide que ninguno de esos secretos vale la pena de ser conocido. Por eso mismo los relatos de los marinos tienen una franca sencillez: toda su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez.»

Esta misma cita la escribí en un pedazo de papel que pegué en la pared de mi camarote. Conforme pasaron los días algunos mexicanos (muchos de los cuales nunca habían leído una novela completa y muy probablemente sigan sin hacerlo) se acercaron a leer ese pedazo de papel. Recuerdo que por lo menos uno de ellos copió esas palabras en una libreta y se fue releyéndolas y murmurándolas por los pasillos.

(Por supuesto que aún ellos, que tan sólo leyeron ese fragmento de la novela, habrán leído a su propio Conrad y a su propio Corazón.)
Kurtz, Marlow y el Nellie se reunieron con su destino, cada uno diferente. Yo regresé a México un año después. Para entonces había estado en casi todas las grandes islas del Caribe, cruzado el canal de Panamá, visitado la ribera mexicana y llegado hasta Alaska pasando por San Francisco, para luego regresar al Caribe nuevamente. Hasta hoy nadie me cree que el viaje en avión de Miami al aeropuerto de la Ciudad de México se me hizo muy largo y cansado. Me había vuelto un sedentario.

Este pequeño relato les podrá parecer de una franca sencillez. Pero que esperaban: “toda su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez“.

La escritura que piensa

Existe una relación entre el pensamiento y la escritura. No se cual es. No es fácil de dilucidar. Conforme pienso en opciones para definir o delimitar tal relación aparecen excepciones. Por ejemplo:
La escritura como herramienta del pensamiento. Afirmación demasiado general. Casi todo lo humano es herramienta del pensamiento. Ahora bien, si es herramienta del pensamiento, ¿en qué sentido lo es?
La escritura como expresión del pensamiento. Imposible. El pensamiento es demasiado desordenado, afásico, que no hay manera de que quede representado en un texto. Y vaya que si hay intentos. Intentos por lo demás respetables y que trazan un contorno, un borde. Es decir, el pensamiento no es del todo conciente. Hay aspectos del pensamiento que podríamos denominar inconciente que no es posible representar de manera “manifiesta”. Pienso mucho más de lo que puedo escribir.

La escritura como medio de comunicación. Mal, muy mal. Demasiado general. La mayoría de las palabras escritas no las lee nadie. No podemos confundir la publicación de un texto con la escritura del mismo. Los diarios personales, los apuntes para la clase, son ejemplos de escritura sin fin de publicación.

La escritura como medio para recordar. En un principio —históricamente hablando— así era. Sin embargo, en el acto de escribir hay un fenómeno de estructuración en el flujo de ideas (dicho tentativamente). Es decir, no pienso igual si solo pienso que si pienso y escribo. Cuando escribo mientras pienso, pienso diferente. También escribo diferente. ¿En qué radica esa diferencia?
Antes de continuar, retomemos algunos puntos anteriores. Escribimos para recordar, para plasmar una idea que previamente tenemos definida en nuestra mente, para registrar un acontecimiento, etc. Esos son usos de la escritura. En ellos si cabe ver a la escritura como herramienta del pensamiento. Roland Barthes distinguía al escribano del escritor. Los anteriores son ejemplos de escribanía.

Mi interrogante aquí es sobre la escritura ligada al pensamiento (atención, que ni siquiera he formulado una pregunta). Tengo entendido que esta experiencia sobre el acto de escribir no es desconocida para aquellos que se dedican al oficio de escribir pero tampoco para muchos académicos, investigadores, personas que escriben diarios, etc. Sin ser idéntico, a la escritura que me refiero es la del pintor cuando sin saber en que va a terminar lo que está pintando recorre los caminos que tanto su pensamiento como sus trazos le invitan a recorrer. No estoy hablando tampoco del mero dibujo de imitación o técnico. Estoy hablando del dibujo emanado de los bocetos.

El equivalente del boceto para el lenguaje verbal es el manuscrito. Esa escritura, la del manuscrito, es la que se escapa a una delimitación simple y de primera mano (valga la expresión). Actualmente es difícil llamarla “manuscrito” en tanto que con esta palabra no consideramos la computadora u ordenador sino el lápiz o la pluma estilográfica (incluso yo suelo imaginar una pluma de pato en la mano de Leonardo o Cervantes). Por supuesto es una mera convención porque en ambos casos existe una máquina intermedia entre la escritura misma y la mano, ya sea la pluma o lápiz y la computadora.

(Otro ejemplo podría ser la del músico frente a su piano.)
Recordemos o imaginemos este evento: Estamos ante un problema o una idea. Hacemos una aproximación al problema de manera muy general, bajo los ojos de una mirada que explora o escanea los datos e información que tiene enfrente. Después empezamos a “atacar” el problema. Lanzamos varias hipótesis pensando que tal vez la solución es fácil. Nos damos cuenta que no es así, sin embargo visualizamos rutas que podrían llevarnos a un final que aún desconocemos. Si mantenemos la calma nos percatamos que esas rutas nos pueden llevar a rutas nuevas. Este es un momento clave. Nos sentimos rebasados, desbordados. Interrumpimos para poner en papel el conjunto no definido de elementos que tenemos en la cabeza. Diagrama, postulados, mapa mental, texto, póngasele el nombre que se quiera. Aún no resolvemos nada. Prácticamente, este es apenas el inicio: escribimos.

Ésta es la escritura que se escapa fácilmente a una tipología: la del pensamiento que escribe o la de la escritura que piensa.

*

El perseguidor

A veces creo que necesito perseguir una idea.

Tomarme mi tiempo, acecharla y emboscarla.

Concentrarme en ella y nada más que en ella.

Al atraparla, deconstruirla, desensamblarla.

Una vez dominada, soltarla.

Verla libre y dejarla irse. 

Se que algún día volveré a ella.

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El paraguas olvidado de Nietzsche

Ni Charles S. Pierce, Jacques Lacan, Ferdinand de Saussure, o Sócrates —por citar sólo algunos— dejaron obras escritas con sus principales ideas plasmadas en ellas. Los últimos tres deben a sus discípulos o estudiantes la recuperación de su pensamiento. El primero a sus manuscritos.

A Sócrates lo conocemos principalmente a partir de los textos de Platón; él no dejó ni una palabra escrita.

Uno de los libros que marca el nacimiento de la semiótica y el post-modernismo, el Curso de lingüística general, debe su nombre al hecho de que es la recopilación crítica de los apuntes de clase de los alumnos de Saussure.

Si bien Lacan nos dejó algunos textos firmados por él, el corpus principal de su planteamiento sobre el inconciente estructurado como lenguaje está en conferencias, clases y programas de radio.

Pierce dejó cientos de páginas escritas con ideas y disertaciones en sus Cuadernos sobre física, lógica, matemáticas, semiótica, de lo cual la mayoría aún no ha sido publicado.

La labor de los hermenéutas a veces es apoteósica. Incluso para aquellos autores que, si bien publicaron en vida, dejaron una gran cantidad de apuntes y fragmentos dispersos. Tal es el caso de Friederich Nietzsche. La exégesis a veces requiere saber distinguir entre las palabras realmente significativas de aquellas que no lo son. El domicilio de casa de un amigo escrito en el borde de la página, por ejemplo. Sin embargo, en el caso de Nietzsche, cuyo estilo recurre tanto a analogías originales y alegorías simbólicas, distinguir lo significativo de lo que no lo es ha sido tan polémico como su propio pensamiento filosófico.

Para alguien que escribió "Nosotros los incomprensibles pues habitamos siempre más cerca del rayo!" en uno de sus libros publicados (La Gaya Ciencia), es prácticamente imposible saber qué quiso decir con esta anotación aislada en sus manuscritos:

«He olvidado mi paraguas»
¿Era una metáfora refiriéndose a una idea importante? ¿Tal vez una imagen tan reveladora como la del eterno retorno o el superhombre? ¿El incipit de una fábula reveladora? ¿Una cita textual de algún libro que estaba leyendo? ¿El primer verso de un poema que finalmente no le gustó?

¿O será que simplemente quiso decir que había olvidado el paraguas?
(Ésta es sólo la punta del iceberg, les recomiendo leer lo que dice Jacques Derrida al respecto.)

La problemática, como se podrán dar cuenta, tiene muchas vertientes. La más simple es si debe incluirse esta frase en una edición de sus Fragmentos Póstumos o no, cosa que creo es muy sencilla de resolver (recuerdo haber leído en una biblioteca de la universidad una edición bilingüe de los Cuadernos de Leonardo da Vinci en la que no sólo se incluye una transcripción de los manuscritos sino facsímiles de los mismos). La problemática que es crucial para la hermenéutica —y por lo tanto para cualquier lector— es con respecto a los alcances y limitaciones de la interpretación del texto (y, finalmente, a toda interpretación de cualquier signo).

Supongamos que la frase “he olvidado mi paraguas” no signifique nada “filosófico”. ¿Qué nos impide pensar lo mismo con respecto a todo el Zaratustra de la obra nietzscheana?
Nietzsche escribió en Ecce Homo una de esas frases que resultan siempre proféticas por atrevidas, aunque en su momento debió haber sonado un tanto pretenciosa:

«Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos. – Antes de hablar de ellos tocaré la cuestión de si han sido comprendidos o incomprendidos. Lo hago con la negligencia que, de algún modo, resulta apropiada, pues no ha llegado aún el tiempo de hacer esa pregunta. Tampoco para mí mismo ha llegado aún el tiempo, algunos nacen póstumamente. – Algún día se sentirá la necesidad de instituciones en que se viva y se enseñe como yo sé vivir y enseñar; tal vez, incluso, se creen entonces también cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra.»
Y efectivamente, poco más de cien años después hay cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra y el resto de su obra. ¿Y que tal si Nietzsche dejó a propósito la frase “he olvidado mi paraguas” inserta en sus manuscritos con el fin de burlarse de todos sus intérpretes, con el fin de hacer de la interpretación de sus textos una tarea inacabable?
El tiempo y la distancia son implacables con los signos y su significado. Quizás todo escrito esté condenado con los años a un destino similar al del paraguas olvidado de Nietzsche.