El Ojo de Medusa (fragmento)

Fotografía.

Humo de un fuego que consume todas las cosas; sombra de un árbol que ha cambiado; cicatriz de una herida que no recordamos; huella de un Viernes que todavía no nombramos; rostro que no reconocemos; signo afectado por la luz y el tiempo.

Fotografía.

Marca indicial única que refiere un objeto sólo suyo, íntimo, personal, singular. Si la fotografía nombrara, nombraría cada objeto con una nueva palabra. Cada objeto aparecido en la imagen fotográfica es único. Único como cada fotografía. Único como todo oscuro objeto de deseo.

La web existía antes de Internet

Platón sostiene en boca de Sócrates que la escritura provocará el olvido en las almas de quienes aprenden. Ese tema será para Platón, escritor y filósofo, una de las interrogantes que más lo atormentará durante sus últimos años. De hecho, podemos decir que no llegó a una conclusión tajante al respecto. Y si lo hizo, no dejó testimonio por escrito.

«Sócrates: … Pues este descubrimiento [la escritura] provocará el olvido en las almas de quienes aprenden, porque no usarán su memoria y se fiarán de los caracteres escritos externos y no recordarán por ellos mismos. (Platón en Fedro)»

Hoy se me ocurre pensar que tal vez no estaba tan equivocado. Como todos sabemos, después vino la imprenta, y la relación de los seres humanos con la memoria no mejoró mucho.

La gran disyuntiva entre el almacenamiento de información extrasomática (escritura, CD-ROMs, cómics) y la somática (memoria natural) abre un panorama de análisis y reflexión que abarca desde la tradición oral hasta la evolución y sobrevivencia de las civilizaciones, pasando por la poesía, las memex, los dichos populares, y los grandes sistemas educativos. La disyuntiva no es fácil de resolver, y espero que después la podamos abordar.

Antes del uso de la escritura en la vida cotidiana y, por supuesto, mucho antes del nacimiento de la imprenta, los hombres y mujeres usaban su memoria. Se apoyaban en muy diversas artes y técnicas para memorizar discursos de gran extensión. El verso, la musicalización y la repetición, son ejemplo de algunas de estos sistemas. Sin embargo una de las más bellas y efectivas es la de los mapas cognoscitivos (nombre moderno) también conocidos como teatro de las ideas o palacio de la memoria.

La técnica se puede reducir a algo como esto:

  1. Elige un espacio real o crea uno imaginario y visualízalo en tu mente: una casa, un palacio, una galería, un jardín.
  2. Recorre distintas rutas por el espacio elegido mentalmente: cada uno de sus cuartos, recintos, patios…
  3. Asocia a ese espacio los distintos elementos del discurso que tienes que memorizar: se forman lugares-tema.
  4. Recorre nuevamente el espacio virtual que has creado: los lugares-tema.

Esta técnica, ideal para el ya olvidado arte de la oratoria, permite diseñar rutas de recorrido por esos espacios memorizados o mapas cognoscitivos. No es necesario seguir siempre la misma ruta, e incluso es posible la improvisación o la caminata libre: esto evita los discursos o ponencias lineales.

Los estudiantes que se iniciaban en esta técnica usaban como espacios de asociación lugares conocidos, normalmente sus propias residencias. Los maestros de este arte eran capaces de diseñar cual arquitectos grandes palacios donde almacenaban el conjunto de datos, información y conocimientos que acumulaban en su vida.

Me imagino a los maestros de este arte de la memoria llegando a casa después de una larga jornada de trabajo, y a falta de computadora e Internet, entran y recorren estos espacios de información virtuales que su mente ha creado. Navegan una telaraña de información dentro de su propio cerebro por rutas diferentes cada día: la web exisitía antes de Internet.

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Camille Claudel o Las Formas del Deseo

Es ya de noche. Es el año de 1876. El Deseo, creador de todas las cosas, invade lentamente la habitación de una niña dormida, de catorce años apenas, llamada Camille Claudel. Penetra intempestivamente entre sus cobijas y recorre centímetro a centímetro la piel de su cuerpo. Explora cada uno de sus planos, ángulos y profundidades. Rastrea con su tacto cada uno de sus pliegues. Descubre volúmenes incipientes y curvas que apenas se forman. La invade toda.

Camille despierta y siente el Deseo. Se mira a sí misma mujer y no niña. No entiende aún de qué esta hecha la materia informe que la ha asaltado durante la noche. La intuye solamente. No sabe si escapar de ella o dejarse alcanzar. Sabe, si acaso, que tendrá que buscar darle forma en algún otro pedazo de arcilla o mármol. Sospecha, también, que el Deseo es una experiencia que no se olvida. Un extraño que a veces nos persigue y otras le perseguimos.

El Deseo ha encontrado a Camille Claudel. Camille Claudel le ha dado forma al deseo. Es tarde: el Deseo no dejará de perseguirle y ella no dejará de darle forma.

En Rodin, es prioritario capturar el “instante decisivo” (valga la expresión fotográfica) y plasmarlo en lo geométrico. En Camille ese instante esta dado en la expresividad y las emociones de los personajes que su arte crea y recrea. La imagen del joven rey hindú que aparece hincado pidiendo perdón frente a la madre de su hijo, no constituye un momento o instante esencial en el drama de Kalidasa. Es la escena culminante de un drama lleno de pasión y dolor. Camille Claudel lo entiende, y a su vez lo escenifica en la imagen tridimensional. El discípulo se aleja del maestro.

En 1895, Camille Claudel termina El Vals. Una escultura en bronce de la que logra arrancar un dinamismo sorprendente. La pareja de bailarines que la constituyen apenas se sostienen. Casi salen del espacio virtual de la escultura rompiendo sus ataduras con la roca para alejarse a danzar libremente por el salón imaginario. La tensión aumenta por el modo en que en un juego de ilusión perfecto los rostros de ambos amantes se entre tocan.

Pero el Deseo no conoce de lenguajes. Es Camille la que logra dar con ellos. Por momentos cree que controla ese Deseo que ocupa su cuerpo y es la causa de sus desvelos. Pulsión exigente en el pecho que busca hacerle el amor a sus imágenes.

Poco antes de hacer manifiesto el hecho de ser perseguida y de que los doctores la internaran en un “hospital para enfermos mentales“, Sakountala reaparece, pero esta vez sin ese nombre. Muchas cosas han cambiado. Ha roto con Rodin en lo sentimental, artístico y académico. Su Sakountala también ha roto con la creencia en la fidelidad conyugal y la abnegación. Ahora recibe otro nombre: EL Abandono.

Aunque el amante regrese y le pida perdón nada podrá liberarla de la certeza inexorable de saber que el Deseo nunca se acaba de consumar, que nos alejamos de nuestro primer encuentro con él sólo para que nos persiga una y otra vez. Sakountala, virgen y mártir, no lo sabía. El Abandono de Camille sí lo sabe: estamos ante una de sus piezas más significativas y simbólicas. La prueba irrefutable de que la escultura de Claudel nos revela la fragilidad de la vida humana. Fragilidad plasmada en roca sólida, en bronce inquebrantable. Deseo y fragilidad que ni el mismo Rodin pudo plasmar en su obra.

Auguste Rodin dijo de ella: “Yo le mostré donde encontrar oro, pero el oro que ella encuentre le pertenece”. Y Camille Claudel lo encontró… al lado del Deseo.