¿Reality Shows o Voyeurity Shows?

Es como la adicción a la pornografía. La tolerancia a mirar aumenta con cada nueva imagen vista. El aprendiz de pornógrafo se vuelve maestro y busca nuevos retos. Ya no le satisface lo que antes le atraía tanto. Necesita más imágenes y que cada imagen sea más explícita que la anterior.

Lo único que tienen de nuevo los reality shows es el nombre. Son simples programas de concurso o, si se prefiere, espectáculos deportivos. Son tan reales como un partido de fútbol o una partida de ajedrez. Igual que cualquier juego, en los reality shows se establecen reglas, un objetivo o meta, y un espacio para jugar —ya sea un campo, un tablero, una casa Big Brother o una Academia. Preguntarse si un reality show es real o no es como preguntarse si un juego es real o no. No es real en tanto que las reglas establecidas en un juego normalmente no se aplican en la realidad, y además, el espacio de juego suele ser una mera delimitación virtual. Es real en tanto que las piezas de ajedrez están hechas de madera, el futbolista se rompe una pierna “de carne y hueso”, y cuando se ve a alguien dormir en el reality show está durmiendo “de veras”.

Un reality show es un programa de concurso llevado al extremo. Ya no le es suficiente al espectador con ver sudar a un experto antes de dar respuesta a las 13 preguntas del 13. O con reírse al ver a un sorprendido transeúnte caer en una broma para Te Caché o Cámara Escondida. El espectador necesita más. Cada vez más. Y para eso está el aparato televisivo y sus hacedores, para darle más.

Lo esencial de los reality shows no es lo “reality”, no es lo real, es el voyeurismo. Más que reality shows, son voyeurity shows: el espectáculo radica en el placer de mirar, no en lo que se ve. Si hay diferencia con los programas de concurso y los de cámara escondida es una diferencia cuantitativa, no cualitativa. Diferencia cuyo peso se carga más hacia el público que hacia la pantalla. El mirón, la audiencia, quiere ver más porque cada vez puede ver más. Ya no le es suficiente con una cámara y unas cuántas reglas de juego. En cambio, lo que ve, el contenido, es básicamente lo mismo: un juego que busca provocar situaciones reales a partir de reglas y tableros virtuales.

La traducción correcta de reality show sería “espectáculo bajo condiciones reales” y no “espectáculo realista”. De lo contrario se llamaría realistic o realist show. La propuesta es voyeurity show o “espectáculo bajo condiciones voyeuristas”. Voyeurity no está registrado en el diccionario, es invención mía. Alguno podría objetar que todo espectáculo es voyeurista, y con razón. Lo que planteo aquí es que precisamente todo espectáculo también se presenta siempre bajo condiciones reales. ¿Qué tiene más peso en este tipo de espectáculos, las condiciones reales o las condiciones voyeuristas? Yo creo que las voyeuristas.

Algunos analistas, lectores y televidentes en general, han manifestado distintas preocupaciones en torno a la verdad o falsedad de hechos o eventos en los reality shows. De hecho, algunos artículos de prensa creen descubrir el hilo negro señalando alguna “anomalía” o “engaño” en la organización o producción de los mismos.

Entendámonos de una buena vez. Big Brother o La Academia no son documentales. Como espectáculo, su taxonomía es cercana a otro tipo de show que también solemos despreciar los analistas: la lucha libre. Es decir, Big Brother es primo del Santo y Blue Demon (famosos luchadores enmascarados mexicanos), no de George Orwell. La Academia es vecina del cuadrilátero de la Arena México, no de la escuela de Platón.

Roland Barthes, lucha libre y mitologías

Roland Barthes no vivió para ver Big Brother o La Academia. Sin embargo, no creo que le hiciera falta. Esa es la ventaja de un marco teórico sólido. En su libro Mitologías, Barthes nos dejó una serie de reflexiones sobre algunos mitos de la vida cotidiana francesa en la década de los 50. La lucha libre, el strip-tease, la publicidad, son algunos de los temas abordados a partir de distintos materiales como la portada de una revista, un artículo de periódico, un cartel, un noticiario. Revisemos algunos puntos de su lectura sobre la lucha libre y veamos si podemos aplicarlos a nuestro objeto de estudio, particularmente en la polémica sobre la falsedad de este espectáculo televisivo contemporáneo:

Aquellas personas se indignan porque el catch [lucha libre] es un deporte falseado (cosa que, por otra parte, debería liberarlo de su ignominia). Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve. [...] se puede apostar por el resultado de un combate de boxeo; en el catch [lucha libre], no tendría ningún sentido.

¿Qué significa, qué representa el espectáculo de la lucha libre? ¿Puede esto aplicarse a Big Brother o a La Academia?:

Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala. Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no.

¿Qué busca el público en la lucha libre? ¿Qué espera la audiencia de Big Brother o La Academia?:

Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. Nadie le pide al catch [lucha libre] más verdad que al teatro. En uno y en otro lo que se espera es la mostración inteligible de situaciones morales que normalmente se mantienen secretas.

Desde esta perspectiva de la semiótica, la aproximación al estudio de ambos espectáculos es en relación a la manera en que los ve-lee-significa-mitifica el público o audiencia. No estoy diciendo que la lucha libre y un reality show sean iguales. Digo que en tanto la producción y puesta en escena, el público o audiencia los ve-lee-significa-mitifica de la misma manera. Al menos esa es la hipótesis.

Tampoco estoy diciendo que los participantes al concurso de Big Brother o La Academia usen “máscaras” o sean actores. Tampoco Barthes afirma que los luchadores engañen al público que los ve. Lo que dice Barthes —y yo me sumo a su decir— es que eso no importa. Parte de la discusión en el caso de los reality shows es el cuestionamiento al qué tanto son influenciados los participantes por la situación límite que viven, por lo que les dijeron antes de empezar el show, la manera en que los seleccionaron, etc. En tanto una deconstrucción del mito, eso no es importante. El mito interesa al semiólogo en tanto sistema de comunicación, y eso incluye tanto al receptor y al mensaje. Si Quetzalcóatl o Zeus no existieron, ¿en que cambia al mito y sus lectores?

Jean Baudrillard: “Nuestra realidad se ha vuelto experimental”

En Dust Breeding, Jean Baudrillard —filósofo francés famoso por inspirar la película The Matrix— aplica algunos de los conceptos que caracterizan su discurso filosófico a un reality show exhibido en Francia. Podemos decir que Baudrillard parte de cuatro ejes fundamentales.

Primero. “Nuestra realidad se ha vuelto experimental”. La cultura occidental vive una época que tiende a simularlo todo, a hacer del experimento una cultura. Es decir, a cultivar lo experimental. Los reality shows nacen del “qué pasa si… “, del aislamiento del objeto a estudiar, del cambio de variables, etc. Se crean espacios para ser vistos, comentados, opinados…

Segundo. Como Disneylandia, el reality show da la ilusión de un mundo real. Mientras Disneylandia es el espejo del mundo de “afuera”, Big Brother o La Academia son el espejo del mundo de “adentro”. Hay un placer en ver al otro, ese otro que no es más que otro yo. (Y no olvidemos que el otro del otro soy yo: no hay voyeurismo sin narcisismo.)

Tercero. ¿Voyeurismo pornográfico?, se pregunta Baudrillard. “Lo que la gente desea profundamente es un espectáculo de banalidad”. En medio de tantas cosas que contar, en medio de tanta violencia que relatar, los medios están descubriendo la vida cotidiana. La gente está fascinada y horrorizada al mismo tiempo con la indiferencia del “nada que decir” o el “nada que hacer” o (en el caso mexicano) del vacío de significado en la muletilla “güey”.

Cuarto. La audiencia es cómplice porque es juez o verdugo. La audiencia tiene el control y el poder. La audiencia es envuelta en este ejercicio de transferencia. Es decir, el voto otorga cierta interactividad a la audiencia. Ya sea para afirmar “así somos” o “así no somos”. La audiencia es Big Brother o es el sinodal del examen profesional. Ya sea que levante el teléfono y marque, ya sea que simplemente espere a ver el resultado “para ver lo que la gente vota”.

Voyeurómetro: ¿otra definición para el rating?

En ambos casos, en el de Big Brother y La Academia, hablamos de nuevas marcas de rating para las dos principales televisoras del país, y en general, de dos fenómenos televisivos que han mantenido la atención de la audiencia. Igual sucedió con los buenos tiempos de decenas de programas de concursos (me vienen a la mente Sube, Pelayo, Sube o Juguemos a Cantar), la cámara escondida de Ciudadano In Fraganti, los clásicos Chivas-Guadalajara, algunas peleas de box y luchas del Santo.

Los reality shows hubieran sido intolerables para el público mirón en ese entonces. Ahora ya no le es suficiente con ellos y requiere segundas partes más radicales. El voyeurismo va en aumento y el rating parece ser un excelente instrumento para medirlo.

Referencias:

Mitologías de Roland Barthes lo encuentran editado por Siglo XXI. El artículo se llama "El mundo del catch". Dust breeding de Jean Baudrillard está traducido al inglés y publicado en Ctheory.net. La traducción de las citas entre comillas es mía.