Un ángel en el café de la Calle Doce

No podía dejar de mirarla mientras se desnudaba ahí frente a todos los asiduos al café de la Calle Doce. Todos creo, mirábamos perplejos, como intentando comprender por qué se estaba quitando la ropa. Nadie se lo impedía. Los meseros estaban tan perplejos como el resto. Esperábamos algo. No sé, que mostrara que tenía algún bicho metido entre la ropa o que estaba bromeando o que había una cámara de televisión escondida o por lo menos algún signo de locura demencial que nos diera la tranquilidad de saber qué estaba sucediendo.

Pero esa perplejidad pasó a segundo término cuando empezamos a ver su piel y su cuerpo. Pasamos a la contemplación. Hombres y mujeres por igual ¡Qué belleza! Era como un ángel con dotes eróticas. Ya no importaban las razones, todos sentíamos como si hubiera que aprovechar la oportunidad de ver ese cuerpo porque es de esos fenómenos divinos (como dar a luz un bebé, los eclipses, las puestas de sol o los rompe olas en los despeñaderos al lado del mar) que cuando nos toca (porque literalmente sentimos que nos toca con sus dedos) ver uno hay que guardar silencio y disfrutarlos.

Una vez desnuda, el ángel hizo una ligera pausa, tomó toda su ropa del suelo y hecho a correr hacia afuera del café. Nadie se inmutó. Poco a poco empezamos a hablar y el murmullo del lugar regresó a su estado normal.

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