Joseph Conrad: La paradoja del marino sedentario

No cabe la menor duda de existen tantas versiones de un libro como lectores del mismo. Se celebran los cien años de la publicación de El corazón de las tinieblas y leo algunos ensayos en El País. ¡Caray!, cada quién ha leído un libro diferente. Y por supuesto yo he leído a otro Conrad.

Siempre me ha parecido un tremendo acto de egoísmo menospreciar la representación de una novela en el cine o en cualquier otro medio. Desde las críticas que consideran que “el libro es mucho mejor que la película” o que “la película se queda corta” hasta aquellas que parten del principio erróneo de la no arbitrariedad del signo diciendo “el director utiliza la trama pero deja a un lado la reflexión filosófica” o “la lectura que hace de la historia es muy superficial“.

De si un libro es mejor que su película ya he escrito al respecto antes. Sobre la lectura que cada quién puede tener de un texto hay que poner algunos puntos sobre las íes. La lectura de Coppola es distinta de la de Orson Wells. Y la de ellos dos a la de los críticos literarios. Y la de los literarios a su vez de la de los cinéfilos. A estas alturas debería ser bastante obvio que nunca nadie va a leer lo mismo que el otro. Ni siquiera ese otro que uno ha sido y no volverá a ser.

Inicié la lectura de El Corazón de las Tinieblas a finales de los ochentas, todavía en tierra. La terminé de leer en altamar a principios de los noventas (algún día voy a dar un curso de lectura lenta, I promise). Terminada mi lectura –ni más ni menos válida que cualquier otra sino simplemente mía– llegué a la conclusión de que no hay escritor que conozca y entienda mejor los secretos del océano y a los hombres que “siguen el mar” que Joseph Conrad.

Cuando la novela todavía navega en el Nellie y éste sobre el estuario del Támesis, Conrad escribe lo que en ese entonces creí una contradicción provocativa: “la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria“. ¿Cómo se le ocurre decir que los marinos, encarnación del movimiento, sean sedentarios? Mi cabeza –que en ese entonces creía que dios no juega a los dados– no alcanzaba a comprender lo que este escritor inglés de origen polaco intentaba expresar.

Tuvieron que pasar algunos años para entender el sentido de sus palabras. Me embarqué en el crucero Sky Princess una noche de diciembre de 1990. Entre las pocas cosas que llevaba en mi maleta (para no olvidar mis orígenes literarios y filosóficos) estaba el ejemplar de El Corazón de las Tinieblas en una edición prologada por Borges.

Al llegar al barco pensé que sería tragado por el vertiginoso remolino del cambio; de los diferentes puertos y diferentes países; de los rostros difíciles de descifrar por estar escritos en idiomas extranjeros; de la penumbra en las tabernas bebiendo el ron y la nostalgia; de todos los granos de arena que se incrustan en la planta desnuda de los pies; del recuerdo de una sirena que bajo la luz de un farol en una noche de invierno me dijo “no te vayas”… Pero con el tiempo descubrí que el barco en realidad no se movía. La nave era un centro inmutable. Eran los puertos, las costas, las planicies, los recuerdos, las sirenas y los archipiélagos los que pasaban delante de nosotros. Y el mar de noche. ¡Ah!, el mar en tinieblas. Saber que en medio de la oscuridad Él está ahí, susurrando y al acecho.

Por supuesto, terminé de leer a Conrad. Él y Marlow fueron mis guías en alta mar. Y el texto –aquél que para un simple hombre de tierra era paradójico– tuvo sentido entonces:

«…la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar –el barco– va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es muy parecido a otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de cuanto los circunda, las costas extranjeras, los rostros extranjeros, la variable inmensidad de vida se desliza imperceptiblemente, velada, no por un sentimiento de misterio, sino por una ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que nada resulta misterioso para el marino a no ser la mar misma, la amante de su existencia, tan inescrutable como el destino. Por lo demás, después de sus horas de trabajo, un paseo ocasional, o una borrachera ocasional en tierra firme, bastan para revelarle los secretos de todo un continente, y por lo general decide que ninguno de esos secretos vale la pena de ser conocido. Por eso mismo los relatos de los marinos tienen una franca sencillez: toda su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez.»

Esta misma cita la escribí en un pedazo de papel que pegué en la pared de mi camarote. Conforme pasaron los días algunos mexicanos (muchos de los cuales nunca habían leído una novela completa y muy probablemente sigan sin hacerlo) se acercaron a leer ese pedazo de papel. Recuerdo que por lo menos uno de ellos copió esas palabras en una libreta y se fue releyéndolas y murmurándolas por los pasillos.

(Por supuesto que aún ellos, que tan sólo leyeron ese fragmento de la novela, habrán leído a su propio Conrad y a su propio Corazón.) Kurtz, Marlow y el Nellie se reunieron con su destino, cada uno diferente. Yo regresé a México un año después. Para entonces había estado en casi todas las grandes islas del Caribe, cruzado el canal de Panamá, visitado la ribera mexicana y llegado hasta Alaska pasando por San Francisco, para luego regresar al Caribe nuevamente. Hasta hoy nadie me cree que el viaje en avión de Miami al aeropuerto de la Ciudad de México se me hizo muy largo y cansado. Me había vuelto un sedentario.

Este pequeño relato les podrá parecer de una franca sencillez. Pero que esperaban: “toda su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez“.