La escritura perdida

Al principio, no pasa de darte cuenta que estás escribiendo poco. Que en lugar de llenar dos o tres páginas de notas e ideas diversas en tu cuaderno de escritura ya nada más escribes un par de líneas. O que los archivos nuevos de texto en la computadora son cada vez más pequeños.

Poco después, al buscarle lugar a la libreta de hojas blancas y pastas negras que te gusta tanto, te percatas de que llevas ya un par de días sin usar tu pluma para redactar algún aforismo o bocetar un ensayo. O bien, te das cuenta que el botón o comando de “Archivo Nuevo” en tu procesador de textos favorito no ha sido usado en las últimas cuarenta y ocho horas.

La primera semana es difícil notarlo, pero la tinta de tu bolígrafo dura más de lo normal. El lapicero o portaminas no necesita recambio. Hasta las notas al margen del libro que estás leyendo son menos frecuentes. No te angustia salir a la calle sin traer algo en que anotar. Te detienes en la cafetería a tomar un café y nada más. De hecho, usas las servilletas de papel únicamente para limpiarte la boca y las manos, no para garabatear algo.

La carpeta de las cartas electrónicas recibidas y pendientes por contestar se empieza a volver bastante grande. Especialmente aquéllas que sabes que ameritan una respuesta más larga, más meditada, más pensada.

No es fácil tomar conciencia de lo que pasa porque hay otra actividad derivada del trabajo diario que engaña a los sentidos. Se llama escribanía, y pude confundirse sin problemas con la escritura. Haces una carta, redactas un memo, corriges un informe, buscas un sinónimo para usar en un instructivo o respondes a un correo electrónico de uno los proveedores. Claro, que ahí no está puesto tu estilo, tu pensamiento, tus ideas más íntimas, tus reflexiones más profundas. Eso no puede ser considerado escritura.

Al mes es demasiado tarde: una día de regreso a casa te das cuenta que llevas más de una semana sin cargar tu cuaderno, sin escribir una sola línea que sea tuya y sin contestar un sólo mensaje en tu buzón de entrada. La falta de práctica epistolar te empieza a causar la desaparición de amigos. Algunos insistieron enviándote algunos emails en repetidas ocasiones, pero aún los más insistentes ya abandonaron la tarea. A estas alturas se verán más sorprendidos de recibir una respuesta que de que les mantengas tu silencio.

¿Publicar? ¡Por favor! Para publicar no basta con escribir. Requieres de leerte, reescribir, releerte y volver a reescribir. ¡Olvídalo! Estás muy, pero muy lejos de lograr todo eso junto.

(Por ejemplo, la última fecha en tú blog es una verdadera vergüenza.) El momento más duro se da cuando lo sabes, cuando tomas conciencia del terrible padecimiento, cuando dejas de negarlo y tienes que aceptarlo. Ya no escribes. Así de simple.

Y a pesar de intentarlo no atinas en lograr volver a escribir. Antes de abrir el cuaderno encuentras un pretexto nuevo para no hacerlo. Das un clic en “Archivo Nuevo” pero no tecleas nada. El problema es mucho más profundo de lo que pensabas. El dispositivo se ha descompuesto desde el interior de su mecanismo. Sí, es grave y no sabes por donde está la puerta de entrada (¿o salida?).

Esta enfermedad es crónica, progresiva y mortal: se le conoce como la escritura perdida.