La imagen mordió mi brazo

La imagen mordió mi brazo y se metió por debajo de la piel como un escarabajo. Al principio solo sentía comezón en la epidermis y me rascaba, pero las células muertas y las palabras viejas caían como polvo al piso.

Después sentí que se movió, como queriendo recorrerme a través del mundo clandestino de mis entrañas. La sentía caminando por el estómago con sus patitas pequeñitas, casi arrastrándose. En mis intestinos se comió todas las groserías y malas palabras que me sabía. Las tenía guardadas en lo más profundo para que nadie me las quitara. Y ya ven, engordaron a la imagen.

Mientras excavaba mis piernas perdí al tiempo. Yo no lo sabía, pero en ellas radican los pasos y las secuencias. Sin tiempo, intentaba narrar una historia y no podía: decía primero el final y luego el título.

Lo peor fue cuando la imagen llegó al cerebro. Al principio, parecía perderse en ese laberinto de neuronas sin poder escapar. Pensé que tal vez ocuparía el lugar de un recuerdo efímero. Siendo así la hubiera borrado después con una esponja. Pero no. Buscó mis palabras más hermosas, mordisqueó el latín y los aforismos de Nietzsche. No dejó mayor cosa de Góngora. Revolvió significados y vomitó signos vacíos.

Me creí perdido cuando la imagen-escarabajo se aproximó a mis ojos. La sentí saborear mi humor vítreo y el acuoso. Carcomer mi pupila, conos y bastones. No dejó nada. Si hubiera tenido con que pensar, hubiera pensado que estaba yo muerto. Pero extrañamente empecé a ver todo con otros ojos. O mejor dicho, a través de los ojos de esta imagen-escarabajo.

Mi cerebro tuvo que volver a aprender la gramática y el subjuntivo. Mis piernas gatearon otra vez para luego caminar. El tiempo regresó con ellas. Nuevas palabras crecieron junto a la flora intestinal.

Era otro. Cambió mi manera de ver el mundo y empecé a conocer el universo desde cero.

La imagen sigue ahí, hasta donde recuerdo.

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