Tiempos muertos, tiempos vivos

Cómo explicarnos que hace no mucho tiempo había momentos durante el día en que no había nada que hacer. Absolutamente nada. Esos que llamábamos tiempos muertos.

Recordemos, muchas veces esos momentos nos sucedían esperando en la cola del banco, o en una esquina, en el cruce de una calle, mientras llegaba nuestra cita, que a diferencia de ahora, no tenía celular para avisarnos que venía retrasada, por lo que había que esperar y esperar, no fuera a ser que se le hubiera hecho tarde. O esos tiempos muertos afuera del consultorio médico, esperando turno, una vez que agotábamos las revistas viejas para leer que hay en toda sala de espera de consultorio médico. O esos momentos mientras íbamos sentados en el autobús, microbús o metro sin nada que hacer, la mirada perdida por la ventana.

Esos momentos son difíciles de explicar porque ahora son casi nulos. Y si no lo creen, fíjense bien. Cada que tenemos un momento así, ¿qué es lo que hacemos en automático? Sacamos el celular (si no es que ya lo teníamos afuera) y revisamos algo. Llamadas perdidas, mensajes de texto sin contestar, facebook, twitter, un juego pendiente, o hasta una página de internet o artículo que estamos leyendo ahí.

O sacamos el reproductor de mp3 para escuchar música, un podcast, o como tal vez estén haciendo muchos radioescuchas en este momento, a escuchar el radio.

O sacamos, si el lugar lo permite, la tableta electrónica y empezamos a revisar el periódico, el libro que estamos leyendo, en fin.

El colmo, se han fijado cuando va uno a un baño público y tiene que esperar a que se desocupe un WC que de repente se oye el ruido, el sonidito de alguien jugando Angry Birds o algún juego de moda.

O que se ponen a hablar por teléfono mientras están ahí encerrados y uno afuera esperando a que se desocupe. Y pasa en las mejores familias.

Y si no, levanten la vista y vean a los de al lado en el café, en la sala de espera del doctor, o en la cola del banco o trámite que vayan a hacer. Es más, en el conductor de al lado cuando estamos en un embotellamiento. Seguro está texteando.

Esos tiempo que antes considerábamos muertos y servían para estar con nosotros mismos, es decir, sólo con nosotros mismos, sin hacer nada.

Y cuando digo hacer nada es nada de nada, en un estado casi contemplativo, meditativo, son momentos que están desapareciendo poco a poco.

Pareciera que mientras más inteligente es el teléfono celular más tontos nos volvemos. Son tantas las funciones (útiles, por supuesto) con las que contamos en estos aparatos que vamos dependiendo de ellas.

Y claro que son funciones importantes, que nos van poniendo en ciertos ritmos de vida y atendiendo necesidades que se vuelven importantes. Y hay algunos trabajos… un vendedor no puede ya sobrevivir sin un teléfono celular. Con lo difícil que resulta moverse de un lugar a otro en las grandes ciudades, es normal que aprovechemos el celular y nos volvamos más productivos con ellos.

Leer noticias en tiempo real nos ayuda a evitar puntos de tráfico, pero también se nos hace necesario para sobrevivir a una convención social de saber qué está pasando con el fin de sostener una conversación.

Porque es importante decirlo una y otra vez. No estoy diciendo que el nuevo modo de vida sea malo, simplemente que entre las cosas que se pierden hay una que extraño.

Son esos tiempos muertos que solían estar llenos de vida, de recuerdos, de inspiraciones, de ideas, de trances, delirios, disertaciones, divagaciones, epifanías… Si ahora cada uno de esos tiempos en los que sería posible, por que no decirlo, un espacio para la poesía, para el momento poético. Si ahora en lugar de eso reviso ya por hábito y en automático mi celular con todas las razones y opciones por las cuales puedo revisarlo, el momento poético estaría extinguiéndose.

Por eso, ojo, el próximo tiempo muerto que tengamos, antes de sacar el celular, el mp3, iPad o similar, tratemos de transformar ese tiempo muerto en un tiempo vivo y hagamos una pausa para no hacer nada.